Viejos libros de música de mano en mano

Para un músico una partitura es, sobre todo y casi exclusivamente, un medio para transmitir una creación artística desde el cerebro de un compositor a los sentidos de un oyente. De ello se ocupan los cantores, los instrumentistas y los analistas. Pero un libro de música también es un objeto que habla de ambiciones e intereses,  frustraciones y limitaciones, de quienes lo han fabricado (intelectual y materialmente), lo han leído (o interpretado), lo han poseído, o lo han olvidado.

Un libro de música también habla de ambiciones, intereses, frustraciones y limitaciones Clic para tuitear

Todo esto lo investigan los historiadores y los documentalistas. Por eso las partituras están tanto en los atriles de los escenarios como en los anaqueles de las bibliotecas.

 

Thomae Ludovici de Victoria

Missae, magnificat, motecta, psalmi et alia de Tomás Luis de Victoria (1600)

De pocos libros impresos con música polifónica española tenemos tanta información como del ejemplar de la edición de 1600 de Missae, magnificat, motecta, psalmi et alia de Tomás Luis de Victoria que se conserva en la Biblioteca Nacional y que en estos días puede verse en la exposición Barbieri. Música, fuego y diamantes. El dato más antiguo nos lleva al 1 de octubre de 1598. En esa fecha el capellán de la emperatriz María de Austria residente en las Descalzas Reales de Madrid, Victoria, tras seis años de silencio, concierta con el editor Julio Junti de Modesti la publicación de una antología de sus obras. El contrato, descubierto por Pérez Pastor en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, permite conocer la tirada prevista para la edición (doscientos juegos para entregar al autor y otros cien que podría quedarse el impresor) y un detalle técnico de sumo interés: se han de hacer «conforme y del tamaño de los que se imprimen en Venecia».

Matriti ex Typographia Regia anno M.DC

Matriti, ex Typographia Regia, anno M.DC.

Matriti, apud Ioannem Flandrum. Anno M.DC

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos años tardó en salir a la luz el libro, con pie de «Matriti, ex Typographia Regia, anno M.DC.» y colofón «Matriti, apud Ioannem Flandrum. Anno M.DC.» La impresión debió de ser muy complicada y dejó exhausto a Victoria. Al incluir obras a cuatro, ocho, nueve y doce voces, y decidir imprimirlo en partes sueltas o libretes o partichelas, se vio obligado a editar diez libritos. Como además quiso hacer un libro específico para el órgano y otro para los ministriles, tuvo que utilizar dos formatos diferentes («cuartilla» y «medio pliego»). Todo ello debió de constituir un quebradero de cabeza para los trabajadores de la imprenta, inexpertos en edición musical, y siguió siendo un problema para quienes realizaron inventarios de bibliotecas a lo largo de los siglos, o incluso para catalogadores profesionales, sin acabar de entender la multiplicidad del objeto, pero la unidad conceptual. Y ello ha conllevado el que no se conserve ningún juego completo en ningún archivo (la Biblioteca Nacional tiene ocho de los diez libretes); eso significa que, de cara a una edición, sea necesario completar lo que falta en un ejemplar con el de otro archivo o biblioteca, con todo lo que ello supone: en el caso de alguna variante tipográfica o de una corrección manual, no es posible comprobarla en todas las partes del mismo ejemplar.

Entre las peculiaridades editoriales de esta publicación de 1600 está la presentación de la parte de órgano en partitura con notación de canto de órgano (es decir, con notas y figuras sobre pentagrama) en lugar de en tablatura o cifra como era habitual en los libros de música instrumental españoles (las Obras de Cabezón, por ejemplo, también presente en la exposición dedicada a Barbieri).

Al poco de salir el libro de la imprenta el propio autor se encargó de la distribución de ejemplares tanto a diversas capillas de catedrales, como a nobles vinculados a la corte de la emperatriz María de Austria. Muestra de esa actividad, nos han llegado cuatro cartas firmadas por Victoria con interesantes detalles, tanto musicales como editoriales. Aparte de la novedad del libro para órgano, Victoria insiste en que «he traído la impresión a España», mostrando la implicación personal en esta empresa.

El ejemplar de la Biblioteca Nacional muestra otra intervención más de Victoria: la encuadernación. Los libros salían de las imprentas sin encuadernar y eran los libreros quienes tenían en sus tiendas talleres de encuadernación por si el comprador lo deseaba. Pero Victoria prefirió encuadernar unos cuantos ejemplares y distribuirlos de esta manera. Bastante follón ya eran los diez libritos, para que encima corrieran de mano en mano en pliegos sueltos. Varios de los que hoy se conservan muestran esa misma encuadernación en cuero colorado con hierros dorados dibujando flores de lis, elegida por Victoria.

De la imprenta a las manos del autor y de las de este (tras pasar por el encuadernador) a las de los maestros de capilla o a los coleccionistas. El primer poseedor de este ejemplar que sepamos fue don Juan de Borja, mayordomo de la emperatriz María y protector de músicos; uno de los pocos que hacía academias de música en Madrid, según Pietro Cerone. Puesto que vivía al lado de las Descalzas y era la mano derecha de la emperatriz, parece lo más lógico que el capellán de esta se lo entregara en propia mano (hubiera o no compensación económica).

Tras la muerte de Borja en 1606, sus herederos venden en almoneda sus libros de música y es el propio Victoria quien los tasa en 80 reales, pasando de nuevo por sus manos el 15 de enero de 1607.

n18El número 18 escrito a tinta en las primeras páginas en blanco de estos libros es justamente el del inventario de los bienes de don Juan de Borja. Junto a otros libros e instrumentos de música, compró este libro nada menos que el primer duque de Lerma para dotar materialmente la capilla de su fundación de la colegiata de San Pedro en Lerma (Burgos). En diversos inventarios de 1607, 1615, 1632, 1682, 1708, 1717, 1724, 1734, 1747, 1767 y 1784, conservados en el archivo de la ex-colegiata y dados a conocer por Luis Cervera Vera, aparece citado este juego de diez libros (ocho a partir de 1682).

Catálogo de obras imcompletas y de obras completas duplicadas que posee el Sr. Olmeda;Tras la desamortización eclesiástica el archivo musical de Lerma quedó sin ninguna utilidad y poco a poco se fue dispersando. En esos momentos pasó por allí el organista de la catedral de Burgos Federico Olmeda, compositor implicado en la reforma de la música sagrada. Sabedor de los intereses bibliófilos y musicológicos de Barbieri, Olmeda le informa en 1893 –en carta también conservada en la Biblioteca Nacional (Mss/14011/1/15) y publicada por Emilio Casares– de la posibilidad de obtener este ejemplar.

Así llega a las manos de Barbieri, quien, como es sabido, lo dona por su testamento a la Biblioteca Nacional junto con el resto de su colección de libros de música.

Son cuatrocientos años de la vida de un libro tocado, ojeado y estudiado por las manos de músicos, coleccionistas e investigadores que hoy lo consultan en la sala Cervantes.

 

Alfonso de Vicente

Musicólogo

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