Un usuario de 1740 en la Real Biblioteca, hoy BNE

“La historia no se hace solo en los archivos. Hay perdidos en nuestras bibliotecas impresos que son más raros que muchos manuscritos, y yo quisiera con estas líneas llamar la atención hacia un libro casi desconocido que tiene un gran valor para conocer la vida madrileña en los años finales del reinado de Felipe V”[1].

Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor, marqués de la Villa de San Andrés, nació en Tazacorte, pequeña localidad de la isla de la Palma, en el año 1677. Durante su juventud realizó largos viajes por Europa que influyeron decisivamente en su formación intelectual: Londres, La Haya, Bruselas, Paris… Después de varias peripecias y problemas con la Inquisición se estableció en Madrid, ciudad donde escribió y publicó en 1740 la obra que puede consultarse en la Biblioteca Digital Hispánica: Carta del Marques de la Villa de S. Andres y Vizconde de Buen Passo, respondiendo a un amigo suyo lo que siente de la corte de Madrid …

Carta del Marques de la Villa de S. Andres y Vizconde de Buen Passo, respondiendo a un amigo suyo lo que siente de la corte de Madrid ...El planteamiento de esta obra, prohibida por la Inquisición en 1749, es tan estrafalario como debía ser su autor: aparte de la incongruencia de llamar carta a un volumen de 601 páginas, no tiene división en libros ni capítulos. A lo largo de estas páginas el marqués describe con un tono de crítica sarcástica escenas, monumentos y gentes del Madrid dieciochesco: no le gusta su clima, con violentas alternativas de frío y calor; no faltan las alusiones a las suciedad de las calles de Madrid; de los templos de la ciudad dice que son más de pueblo que de Corte; tampoco está de acuerdo con la frase “solo Madrid es Corte”, puesto que ni sus calles, ni sus monumentos, ni sus gentes tienen aire de Corte[2].

¿Pero Madrid tiene algo bueno? Reconoce el marqués que la ciudad también tiene “cosas en las que se deben solamente detener los ojos”. Una de ellas la Real Biblioteca (pág. 164):

“Y no porque de cinco salones se componga, y de 153 pasos cada salón, porque como ella, y puede ser que mayor, las he visto en otras partes, sino por lo singular de sus bibliotecarios, los que en mesas que cogen todo el medio de los salones, están todo el día dando a los curiosos los libros que les piden para copiar de ellos, con papel y tinta que hay siempre sobre las mesas, las autoridades, citas y cosas que necesitan”.

“Esta liberalidad del papel se quitó por un decreto justo del Rey, porque muchísimos y muchísimas veces iban a escribir allí sus cartas y fatigar los correos. Como asimismo el dar libros de comedias porque solamente a leerlas entraban en la Biblioteca pajes, mozos de soldada, zapateros, sastres; tal pasión hay por las comedias aquí”.

Más adelante (pág. 440), cuenta nuestro usuario que el contenido de su obra es fruto de las horas que  pasó en la Real Biblioteca consultando sus libros: “nada de lo que digo aquí es de mi cabeza, todo lo he sacado de la Biblioteca del Rey. Nada más hice que juntarlo y ordenarlo”.

La Biblioteca que describió Cristóbal del Hoyo fue creada en 1711 por Felipe V, el rey nacido en Versalles que inauguró la dinastía Borbón en España. La Biblioteca fue ubicada en el pasadizo que unía el Palacio Real con el Convento de la Encarnación, en la antigua Plaza de los Caños del Peral y actual de Oriente.

La “Real Cédula de la fundación y establecimiento de esta Real Librería”, firmada por el rey el 2 de enero de 1716, declaraba el carácter público de la Biblioteca: “abriendo una pública Librería […] y franqueando la puerta a todos los estudiosos”. Junto a la Real Cédula se aprobaron las  “Constituciones de la Real Librería” que describían los recursos humanos asignados a la Real Biblioteca estructurando su primer organigrama:

  • El Director de la Real Librería, el confesor del Rey, “para dar cuenta a S.M. de lo que se ejecuta en ella; y representarle lo que fuere necesario para su estabilidad y permanencia”.
  • Un Bibliotecario Mayor, superior de los demás bibliotecarios dentro de la Librería, “como tal mandará a todos en orden a lo conveniente en ella y todos le obedecerán, como tal superior”.
  • Cuatro bibliotecarios encargados de “sacar a los que viniesen a la Librería los libros que pidieren de su lugar y volverlos a él, sin permitir esto a los que entraren de fuera a leer en la Librería”.
  • Un administrador.
  • Dos escribientes.
  • Un portero y su ayudante.
[Alzado de la Biblioteca hacia la calle del Tesoro]

[Alzado de la Biblioteca hacia la calle del Tesoro]

También aparecen reflejados en la Real Cédula los recursos económicos asignados por el rey a la Real Biblioteca: “para cuya subsistencia y manutención la he dotado con ocho mil pesos de renta al año, asignándolos en las de tabaco y naipes del Reino”. De estos ocho mil pesos, cuatro mil trescientos se destinaban a pagar los sueldos del personal y los tres mil setecientos restantes se asignaban a la compra de libros y demás gastos ordinarios de la Biblioteca.

Dentro de la Real Hacienda del siglo XVIII las rentas de tabaco y naipes pertenecían a la categoría de rentas estancadas, un conjunto de ingresos que obtenía la Corona gracias al monopolio fiscal de los derechos sobre la extracción, manufactura y comercio de diversas mercancías o servicios como el tabaco, la sal, la pólvora, el papel sellado o los naipes. En concreto, el monopolio del tabaco proporcionó a la Corona una parte muy considerable de los ingresos fiscales durante el siglo XVIII, y por ello fue objeto de una atención política especial[3].

Respecto a las vías de ingreso de las obras en la Real Biblioteca,  la Real Cédula mencionaba tres vías: la donación de libros y otros materiales que hizo el rey a la Librería; la compra: “cuando se compraren nuevos libros, el bibliotecario mayor hará que se escriban en los índices y catálogos”; y por último, el canje: entre las funciones del bibliotecario mayor se decía que este debía dar orden de “trocar los libros duplicados que hubiere”.

Pero en aquellos tiempos, una vía de ingreso de los  fondos tan importante como la donación, la compra o el canje era la incautación de los libros que pertenecían a los nobles que apoyaron al bando enemigo en la Guerra de Sucesión, el de los Austrias. De esta forma ingresaron en la Real Biblioteca  los libros del marqués de Mondéjar y del duque de Uceda.

Felipe V  estableció una nueva vía, el depósito legal, que convertiría a la Real Biblioteca en centro depositario. Fue en 1716, por medio del Decreto del 15 de octubre, antecedente de la actual legislación sobre depósito legal[4],  cuando se reguló la obligatoriedad de depositar en la Biblioteca un ejemplar encuadernado de todo lo que se imprimiese en el Reino. La figura del depósito legal haría posible la creación, preservación y difusión de la colección de obras publicadas en España, reflejo de su historia, literatura, pensamiento, arte, música,  tecnología y ciencia.

¿Cuántos y qué tipos de usuarios  consultaban esos fondos ingresados en la  Real Biblioteca?

El perfil del usuario Cristóbal del Hoyo Sotomayor se puede describir con detalle: aristócrata, cosmopolita, erudito; escritor que cultivaba la poesía, la sátira y la autobiografía; apasionado lector de los clásicos griegos y latinos que pasaba muchas horas en las bibliotecas consultando sus libros. Además de la Real Biblioteca de Madrid, frecuentó las bibliotecas de  Paris[5].

Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor

Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor[6]

Así pues, el marqués pasaba largas horas en los salones de lectura de la Real Biblioteca donde coincidía con otros usuarios anónimos a los que denomina “curiosos”. ¡Acertado calificativo para describir a  los usuarios de  las bibliotecas de cualquier época! Pues el Diccionario de la Real Academia Española define el adjetivo curioso como: “inclinado a aprender lo que no conoce”.

Cristóbal del Hoyo mencionaba otros usuarios que, también como el marqués, acudían a los salones de lectura a leer sus obras preferidas, en este caso las comedias: pajes, mozos de soldada, zapateros, sastres. Profesionales todos englobados dentro  del porcentaje de la población alfabetizada de Madrid en el siglo XVIII, dedicada predominantemente a actividades de administración, servicios (incluido el servicio doméstico), junto con oficios artesanales.

Se ha estimado que prácticamente la mitad de la población de Madrid (un 48,41%) estaba ya alfabetizada a finales del siglo XVIII. Hay que señalar que la diferencia por géneros era muy notable ya que mientras el 68,60% de los hombres habían alcanzado la capacidad de leer y escribir, en el caso de las mujeres este porcentaje se reducía a apenas el 28,49%. En conjunto, la población masculina madrileña presentaba una tasa de alfabetización comparable a la de los parisinos del mismo periodo[7] .

Los bibliotecarios singulares que llamaron la atención del marqués, ”los que en mesas que cogen todo el medio de los salones, están todo el día dando a los curiosos los libros que les piden”, no tuvieron la oportunidad de servir libros a ninguna usuaria durante el siglo XVIII. Pues las mujeres tendrían que esperar hasta el año 1837  para que se les reconociese el derecho a  consultar los libros en los salones de lectura de la Biblioteca y poder  “copiar de ellos […] las autoridades, citas y cosas que necesitan”, o solo leerlos, hojearlos contemplando sus imágenes, o el derecho a utilizar estos libros para sus estudios o investigaciones[8].

La Real Biblioteca Pública pasó a denominarse Biblioteca Nacional en 1836  y, a partir de 2009, Biblioteca Nacional de España.

[1] Domínguez Ortiz, Antonio. “Una visión crítica del Madrid del siglo XVIII”, en Hechos y figuras del siglo XVIII español. Madrid: Siglo XXI, 1973, p. 89.

[2] Domínguez Ortiz, Antonio. Hechos y figuras del siglo XVIII español. 1ª ed. rev. Madrid: Siglo XXI, 2009.

[3] González Enciso, Agustín. “Tabaco y Hacienda, 1680-1820” en Actas del VIII Congreso de la Asociación de Historia Económica. Santiago de Compostela: Asociación Espa­ñola de Historia Económica, 2005. (http://www.aehe.es/wp-content/uploads/2005/10/b2_gonzalez_enciso.pdf )

[4] Ley 23/2011, de 29 de julio, de Depósito Legal y Real Decreto 645/2015, de 10 de julio, por el que se regula el depósito legal de las publicaciones en línea .

[5] Hoyo Solórzano y Sotomayor, Cristóbal del. Madrid por dentro. Edición, introducción y notas de Alejandro Cioranescu. Tenerife: Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife, 1983.

[6] Academia Canaria de la Lengua http://www.academiacanarialengua.org/archipielago/cristobal-del-hoyo-solorzano-y-sotomayor/

[7] Soubeyroux Jacques. “L’alphabétisation à Madrid aux XVIIIe et XIXe siècles,” In Bulletin Hispanique, tome 89, n°1-4, 1987, pp. 227-265; doi : https://doi.org/10.3406/hispa.1987.4618 https://www.persee.fr/doc/hispa_0007-4640_1987_num_89_1_4618

[8] Hernández Carralón, Gema. Eva en la BNE. En Blog de la BNE: https://blog.bne.es/blog/eva-en-la-bne/

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Esta entrada tiene 10 comentarios

  1. Agradable y muy ameno el recorrido por la historia de usuarios de las bibliotecas.
    Muy buena Labor de investigación y difusión. Enhorabuena Concha

  2. Muy interesante este post. Felicidades a la autora. Me viene a la memoria otro insigne canario, Juan de Iriarte, muy vinculado a la Biblioteca Real, pues fue bibliotecario escribiente en la misma más o menos por la misma época. Por su propia iniciativa redactó el primer catalogo de la Biblioteca, el «Regia Matritensis Bibliotheca Geographica et Chronologica», un texto manuscrito con una preciosa portada orlada dibujada por él mismo. Un bibliotecario dieciochesco con talentos múltiples, acreedor a un post por méritos propios.

    1. Muchas gracias, Daniel.
      Como tú dices, Juan de Iriarte tiene méritos más que suficientes para protagonizar otro post.
      En 1729 fue nombrado oficial escribiente en la Real Biblioteca donde ocupó, tres años más tarde, una plaza de bibliotecario.
      En la Biblioteca Digital Hispánica pueden consultarse varias obras suyas, entre ellas el catálogo de la Biblioteca: “Regia Matritensis Bibliotheca Geographica et Chronologica».

  3. Concha es precioso. Me ha encantado y me ha hecho retroceder en el tiempo cuando investigaba en historia. Enhorabuena!!

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