Tiempo de hambre de libros y sed de lectura

En 1926 el Gobierno instituyó por primera vez en España la celebración del Día del Libro. A partir de ese año la divulgación del libro y el fomento de la lectura dieron un enorme paso. La creación de bibliotecas populares se aceleró por la obligación que tenían las diputaciones y ayuntamientos de promoverlas. Nació entonces la idea de dedicar un tiempo a leer trozos escogidos de clásicos españoles en las escuelas, las donaciones y los descuentos en la compra de libros, así como la costumbre de sacarlos a la calle, primero en mesas frente a las librerías y más tarde en los stands de la Feria del Libro.

Ya unos años antes, en 1919, el Ayuntamiento de Madrid, siguiendo en esto al de Sevilla, había acercado los libros a los lectores. En el parque del Retiro y en el parque del Oeste instaló una especie de armarios abiertos con estanterías llenas de ejemplares a disposición de los paseantes. En la revista Alrededor del mundo (27/3/1926) podemos ver esta iniciativa cultural:

Armarios con libros en el parque del Retiro, en los años 20, en la revista Alrededor del Mundo

Armarios con libros en el parque del Retiro, en los años 20, en la revista Alrededor del Mundo

 

No había vigilancia ninguna, al menos en los primeros años. Los interesados cogían un libro, se sentaban en un banco y cuando terminaban de leerlo lo volvían a dejar. En cada uno de estos armarios de obra había la siguiente inscripción: 

Estos libros que son de todos, al cuidado de todos se confían.

Había hasta 500 volúmenes en cada una de estas bibliotecas, con libros de los mejores autores españoles y extranjeros. Solo la del zoológico, en la casa de fieras que estaba en el parque del Retiro, era temática. Eran ejemplares de naturaleza para que los niños conocieran mejor a los animales que veían en las jaulas.

En los años 20 las bibliotecas circulantes, esto es, el préstamo de libros, era algo ya sólidamente asentado en las bibliotecas públicas, donde era gratuito. En las privadas había empezado mucho antes, aunque éstas funcionaban generalmente cobrando una tarifa por el préstamo. En España había varias librerías dedicadas a este negocio pero en 1926, aprovechando la expectación creada con la celebración del Día del Libro, una de ellas se hizo circulante de manera literal, porque puso una gran número de volúmenes sobre un automóvil para ofrecer sus servicios a domicilio.

En esta fotografía publicada por la revista La Esfera podemos ver el automóvil de la Librería Galán, que tenía su establecimiento en la calle Fernando VI, de Madrid:

El automóvil 'biblioteca circulante' de la Librería Galán, parado frente al establecimiento, en La Esfera

El automóvil ‘biblioteca circulante’ de la Librería Galán, parado frente al establecimiento, en La Esfera

 

La imagen no servía para elogiar esta iniciativa, sino para criticarla con un artículo que llevaba por título: ‘El negocio ilícito de las bibliotecas circulantes’. Estaba redactado por un escritor a cuya casa había llamado el librero para ofrecerle, entre otras, sus propias obras mediante el pago de una cuota mensual, lo que hace exclamar al escritor:

Esto quiere decir que mientras el autor de los libros vive – excepto excepciones rarísimas – lampando y enseñando los dedos por las botas, sus tomos van de un lado para otro en coche. Y el que los alquila, también.

En el diario el Sol había aparecido recientemente un artículo informando de la popularización en las ciudades españolas de este tráfico lícito y loable porque contribuía al fomento de la lectura, pese al daño que causaba al autor o al editor. De otra opinión era el escritor afectado, que pedía una regulación como la que se iba a aprobar en Francia promovida por la sociedad de autores para que éstos tuvieran su parte en el negocio, aunque era consciente de lo difícil que era lograr eso en España y se quejaba:

Puede más en el escritor español la tirria y ojeriza que siente por el compañero que su propio interés. Como los erizos, al agruparnos nos hincamos las púas. Y esta anarquía profesional nos deja inermes frente al despojo.

 Sobre esta polémica le preguntaron al director de la Biblioteca Nacional, Francisco Rodríguez Marín, quien se mostró tajante:

Creo que esas bibliotecas circulantes hacen mucho daño al editor y al autor del libro. Mire usted: en algunas naciones se llega a tanto en esto de proteger la propiedad del autor que no van sus libros a las Bibliotecas Nacionales hasta pasados tres ó cuatro años de su publicación.

Transeúntes rebuscando en un montón de volúmenes frente a la Librería Galán, en la revista Estampa

Transeúntes rebuscando en un montón de volúmenes frente a la Librería Galán, en la revista Estampa

Las quejas, sobre todo de otros libreros, lograron que la Librería Galán, que contaba con hasta 22.000 volúmenes para distribuir entre sus abonados, aparcara definitivamente el automóvil. Podía ofrecer el alquiler de su catálogo pero igual que sus competidores, desde su establecimiento y sin ir a captar clientes casa por casa. Todo lo más podía ofrecer su mercancía en la calle, como vemos en esta imagen publicada en Estampa (24/1/1931):

Cuando llegó la República en 1931 la difusión del libro y de la cultura en general se aceleró exponencialmente con la creación del Patronato de Misiones Pedagógicas, la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para Bibliotecas Públicas y otras iniciativas como La Barraca, el grupo que de la mano de Federico García Lorca llevó el teatro clásico por todos los rincones de España.

En 1933 se celebró la primera Feria del Libro de Madrid y al año siguiente, recogiendo una sugerencia hecha por el ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos, la Agrupación de Editores Españoles acordó financiar ‘camiones stands’ o bibliotecas ambulantes que llevaran los libros a los pueblos y aldeas, dado que hasta entonces la promoción se había circunscrito a las ciudades. Se trata del antecedente del Bibliobús, aunque de iniciativa privada.

En el Almanaque Literario de 1935 podemos leer el interés que despertó el primer viaje de esta biblioteca ambulante en el otoño anterior, cuando el ‘camión stand’ recorrió 15 pueblos de Extremadura en 23 días, En palabras del secretario de la Agrupación de Editores, Rafael Giménez Siles:

La expectación fue enorme. El camión se hizo popular por todas las carreteras que recorrió. Los chicos le aplaudían y vitoreaban; las personas mayores le saludaban con alegría; las gentes, en general, le llamaban el ‘camión de los libros ‘y también ‘el camión que habla’.

'Camión stand' de los editores españoles que recorrió los pueblos de España a partir de 1934, en El Heraldo de Madrid.

‘Camión stand’ de los editores españoles que recorrió los pueblos de España a partir de 1934, en El Heraldo de Madrid.

Lo del camión que habla se refiere al equipo de sonido que llevaba el vehículo para anunciar su presencia y publicitar su mercancía. Iba dotado además con un equipo de radio. Aunque las imágenes no son de mucha calidad en El Heraldo de Madrid puede verse el camión y cómo era su aspecto una vez que desplegaba su stand portátil.

Los libros no se daban gratis. La gente los compraba y la experiencia resultó ser un éxito de venta. Los editores sí donaban ejemplares a los ayuntamientos para crear bibliotecas, dado que en muchos pueblos no existían. El objetivo de esta iniciativa como de todas las emprendidas esos años iban dirigidas a conseguir lo que había expresado el gran patrono de las Misiones Pedagógicas, Manuel B. Cossío:

Sólo cuando todo español sepa no únicamente leer, que no es bastante, sino tenga ansia de leer, de gozar y divertirse, sí, divertirse leyendo, habrá una nueva España.

El 'camión stand' abriendo la cabalga y los Reyes Magos en una librería, en la revista Crónica

El ‘camión stand’ abriendo la cabalga y los Reyes Magos en una librería, en la revista Crónica

Un ‘camión stand’ abrió la cabalgata de Reyes de 1935 en las calles de Madrid. Lo podemos ver en estas imágenes publicadas por la revista Crónica en la que también se ve a los Reyes Magos en una librería.

Los Reyes iban en el camión, que iba blindado de cuentos infantiles y paraba de vez en cuando en frente de las librerías. Entonces los Reyes Magos bajaban, hablaban a los pequeños que les esperaban y recogían lotes de libros que eran donados con destino a los niños pobres. Terminado el recorrido el cortejo se dirigió al Ayuntamiento para entregar el cargamento libresco al alcalde, quien pronunció palabras de agradecimiento a las que contestó el Rey Melchor, que era el escritor Ramón Gómez de la Serna.

Ese mismo año el director de la Biblioteca Nacional, Miguel Artigas, dio testimonio del avance que había experimentado la lectura, al menos en Madrid, y los problemas de no atender la creciente demanda en un artículo publicado en La Libertad (12/10/1935):

El Ayuntamiento de Madrid ha abierto ayer su Sección de la Biblioteca Circulante y en el primer día se han llevado en préstamo los lectores todos los libros de que disponía. La Nacional, con sus 11.000 tarjetas de lector y con la Sección general pública de 300 plazas siempre llenas, ha llegado al limite de sus posibilidades. En las siete Bibliotecas Populares rara es la noche en que los lectores no formen cola a la entrada, y en las Universitarias, es tal la afluencia de lectores que tienen que repartirse por otras Bibliotecas en busca de libros. Es evidente, ante esta realidad, que los deseos y las necesidades de estudio son tales, afortunadamente, que han superado con mucho a los medios de que hasta ahora disponen las Bibliotecas públicas. El Estado, la Provincia y el Municipio, las sociedades y empresas privadas tienen la obligación de ayudar a resolver este problema, que cada día será más grave.

Esta hambre de libros no cesó cuando llegó la Guerra Civil ni tampoco durante la posguerra. El afán por la lectura fue paulatinamente creciendo también en el mundo rural gracias a iniciativas propagandísticas pero que perseguían elevar el nivel cultural de la gente.

Un camión de Cultura Popular repartiendo libros y prensa por los pueblos durante la Guerra Civil, en Estampa

Un camión de Cultura Popular repartiendo libros y prensa por los pueblos durante la Guerra Civil, en Estampa

En los años de la guerra funcionó en el bando republicano el servicio de Cultura Popular, que llevaba libros, revistas y periódicos a los lugares más lejanos y desasistidos. En este reportaje publicado por la revista Estampa (17/10/1936) con el título ‘El pueblo tenía sed de leer’ podemos ver cómo un camión repartía libros y prensa entre los mineros de Despeñaperros y pueblos de la comarca y cómo la gente acudía con entusiasmo a recoger el preciado cargamento.

 

En el reportaje podemos leer que:

Cultura popular cuida principalmente de la organización de bibliotecas en todas partes: hospitales, cuarteles, guarderías, batallones de milicias, centros políticos, puestos de guardia, frentes…

 Al acabar el conflicto el bando ganador también se cuidó de aumentar los niveles de lectura en los pueblos con la iniciativa de las bibliotecas viajeras. Aparte de las obras de propaganda política llevaban todo tipo de libros para alimentar el deseo de cultivarse y de ocio. Novelas rosas, cuentos y libros de Historia, Geografía y otras materias era lo más solicitado. La sección femenina de Falange dejaba lotes de libros durante un mes en cada pueblo. Destacó el pueblo de Chozas, antigua denominación de Soto del Real, donde algo más de 600 vecinos leyeron 205 volúmenes en el mes.

Se puede ver actuando estas bibliotecas viajeras en el reportaje que hizo la revista Medina (17/4/1941) durante una visita al pueblo de Getafe:

La Biblioteca viajera después de la guerra en la visita al pueblo de Getafe, en la revista Medina

La Biblioteca viajera después de la guerra en la visita al pueblo de Getafe, en la revista Medina

Como vemos, el ansia por la lectura de los españoles no cesó ni en la peores circunstancias de nuestro país, la horrible guerra y la no menos horrible posguerra.

En el siglo XXI nadie duda del beneficio de la lectura y del bien que proporciona un libro, que para el poeta García Lorca era la mayor obra de la humanidad. Merece la pena recordar las palabras de espíritu evangélico que pronunció el poeta en septiembre de 1931 cuando inauguró la biblioteca pública de su pueblo, Fuente Vaqueros:  

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

    1. Un artículo muy interesante, desde hace 10 años me dedico a investigar sobre mujeres en Fuenlabrada. Este artículo me descubre cómo se empezó con la necesidad de conocer la historia. Gracias

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