San Isidro 1918: toros, zarzuelas y epidemia de ‘grippe’

Las aglomeraciones en Madrid con motivo de las fiestas del patrón de ese año provocaron que la enfermedad se propagase rápidamente por la ciudad.

 

La mal llamada gripe española de 1918, la pandemia más grave que sufrió el mundo en el siglo XX, comenzó en Madrid coincidiendo con las fiestas de San Isidro de ese año, aunque ya se había iniciado en otros países hacía algunos meses. Como la investigación ha probado ya de manera fehaciente, se le dio ese nombre por el simple hecho de que al no participar España en la guerra mundial no había censura y la prensa podía hablar de la enfermedad libremente, lo que llevó a creer que la gripe se había iniciado en territorio español.

Espigando en los periódicos en los días previos al día de San Isidro, se puede comprobar cómo la enfermedad había empezado a propagarse poco a poco por Madrid. Así, en La Correspondencia de España del día 5 de mayo, en la sección ‘Gran Mundo’, dedicada a informar de fiestas diplomáticas, bodas, natalicios, estado de salud y hasta viajes de la alta sociedad, podemos leer: Se encuentra enferma, padeciendo un ataque de grippe, la duquesa viuda de Terranova. (Se escribía entonces así, con dos pes, al ser una palabra de origen inglés).

Y el mismo periódico, el día 10, daba esta noticia: Desde hace tres días se halla en cama con un fuerte catarro el ex ministro Sr. Burell.

Y el mismo día, en El Globo podemos leer: El ministro de Marina no pudo asistir ayer a su despacho oficial por impedírselo una fuerte afección catarral. El de Fomento está bastante mejorado del ataque de grippe que le ha aquejado estos días.

Aunque con las estadísticas de la época no es posible reflejar con exactitud el alcance de la epidemia en ese momento, estos pocos casos de personas de alta relevancia política y social, que son los que recogía la prensa, pueden dar una idea del impacto seguramente mayor de la gripe en las capas populares a primeros de mayo.

Pero no había una preocupación especial todavía y el día de San Isidro de 1918 se celebró como todos los años a lo grande. El mismo 15 de mayo, el diario La Acción publicaba en portada: Llegó Mayo, y con él nuestro San Isidro, y con el santo la riada de forasteros que viene a visitarnos para agolparse y estrujarse por las calles, paseos, teatros, cafés y tranvías…Este año todo es júbilo para la fiesta de nuestro Santo Patrón. Hay dinero, sol, temperatura primaveral…

Ya Galdós, que retrató con maestría la sociedad y las costumbres madrileñas, había escrito en su artículo Mayo y los Isidros, publicado a finales del siglo XIX, cómo con motivo de la festividad del santo patrón venían a la capital gente de los pueblos de alrededor y de otras provincias. A todos estos visitantes se les llamaba los «Isidros».

Este es el relato que hizo El Globo al día siguiente de la celebración de la fiesta en la Pradera de San Isidro, la misma fiesta de majos y majas que pintó Goya en el siglo XVIII y que ahora era de chulapos y chulapas:

Los castizos no faltaron a la Pradera. Allí acudió un gentío inmenso, reforzado por el gran número de forasteros que, como todos los años, se asocian a nuestra fiesta. La animación fue en aumento, y al mediodía viéronse llegar muchos automóviles, coches (de caballos) y gentes a pie, que con sus meriendas iban a pasar el resto del día alegremente a orillas del tranquilo Manzanares. En la explanada de la carretera que conduce a la ermita del Santo aparecían instalados, según costumbre, los puestos de rosquillas, botijos, pitos y demás baratijas y chucherías, así como barracas-bares, columpios, fotografías instantáneas y modestos espectáculos, llamando la atención una barraca que ostentaba como rótulo el de «Bar de la Amnistía». No hubo, afortunadamente, que lamentar ningún incidente de importancia. Siguiendo su costumbre, Su Alteza la Infanta doña Isabel se asoció a la fiesta, siendo aclamada al llegar en automóvil, acompañada de la señorita Bertrán de Lis, y al recorrer a pie la feria.

Mundo gráfico (22 de mayo de 1918)

Mundo gráfico (22 de mayo de 1918)

Imágenes de la gente merendando en la Pradera de San Isidro el día del patrón pueden verse en el reportaje que hizo Mundo Gráfico, publicado el día 22.

Ese día, como durante todo mayo como era costumbre, hubo corrida de toros. Había en Madrid entonces tres plazas, la mayor era la situada en Goya, donde está ahora el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid (WiZink Center), que fue sustituida en 1934 por la actual de Las Ventas. Y luego estaban la de Vista Alegre, en el todavía municipio de Carabanchel, y la plaza de Tetuán de las Victorias, en los arrabales de la ciudad. Podía darse el caso de haber corridas, de toros o novillos, en las tres plazas el mismo día.

El fútbol todavía no movía masas en España. Eran los toros junto con el teatro y la zarzuela las diversiones favoritas de los madrileños. Y el cine, aunque mudo, iba ganando el favor del público. Precisamente a principios de ese año se había estrenado en el teatro Odeón (hoy teatro Caser Calderón) la película La hija de los dioses, una superproducción de la Fox protagonizada por la nadadora australiana Annette Kellerman, que hizo el primer desnudo femenino del cine.

Madrid estaba a rebosar y las aglomeraciones en la calle y en los espectáculos públicos permitieron que el virus se propagase durante días. La voz de alarma la dieron al mismo tiempo el miércoles 22 de mayo varios periódicos. En una noticia titulada Una epidemia en Madrid, El Sol informaba de una enfermedad muy extendida todavía no diagnosticada. En un regimiento de artillería habían caído enfermos 80 soldados y había más casos en otros cuarteles. Ocho soldados de la guardia del Palacio Real también estaban de baja. El periódico señalaba que la dolencia en los militares era la misma que afectaba desde hacía días a todo Madrid:

No se trata de una enfermedad grave pero la epidemia aparece tan extendida que ha llegado a sentirse su peso. Es rara la familia no visitada por el mal, y no hay fábrica, talleres, oficinas, etc, donde no perturben las numerosas bajas.

El diario La Época también hablaba de una epidemia benigna desconocida pero semejante a la grippe y describía la situación así:

Rara es la casa donde no hay un enfermo. En los teatros no hay día en que no se altere el programa por indisposición de algún artista; muchas redacciones de periódicos están en cuadro y lo propio acontece en los ministerios.

Y en La Nación, un periodista parlamentario Jesús J. Gabaldón, empezaba así su crónica:

Estoy atacado de la epidemia de moda, lector; me duele la cabeza, me duelen las articulaciones, y espero que, dada la hora de ayer, vuelva a mí la violentísima fiebre grippal que tiene a la mitad de Madrid confinada en el lecho… AI asomar ayer a la tribuna de la Prensa, yo trataba de resolver una duda cruentísima. Dos médicos amigos me habían dicho: “Tome usted tabletas de aspirina. La bromoquinina no sirve para nada”. Y otros dos me aseguraron con igual aplomo: “No haga caso alguno de la aspirina, es cosa inútil. La bromoquinina acaso le mejore”. ¿Qué hacer Señor frente a los dos dilemas medicinales?

Unos días después, el 26, el diario La Acción hacía chistes malos sobre la epidemia, que había alcanzado también a las cantantes de zarzuela:

—¿Ha visto usted lo de la enfermedad que anda? Entre las segundas tiples del Reina Victoria hay tres bajas.

—Sí pero no mucho; casi todas son de estatura regular

Nuevo mundo (7 de junio de 1918)

Nuevo mundo (7 de junio de 1918)

La temporada teatral quedó interrumpida en algunas salas debido a la epidemia. Así ocurrió en el Gran Teatro con la opereta La Reina del Carnaval, como titulaba Nuevo Mundo el 7 de junio.

El 28 de mayo, El Sol informaba en portada a dos columnas que en Madrid había ya 80.000 atacados y que incluso el Rey Alfonso XIII estaba enfermo y había tenido que guardar cama. Contaba también este periódico lo que estaba ocurriendo con el precio del tubo de aspirinas, que antes de la guerra mundial valía cinco reales, luego a causa de la escasez producida por el conflicto bélico subió a dos o tres pesetas, y ahora a causa de la epidemia se vendían en las boticas ¡a dos duros! (diez pesetas).

Mundo gráfico (5 de junio de 1918)

Mundo gráfico (5 de junio de 1918)

En el mundo de los toros también hubo bajas. En la corrida del día del Corpus, según podemos leer en la revista La Lidia del 3 de junio, uno de los tres matadores, ‘Varelito’, se cayó del cartel por haber sido atacado por el bizarro y valiente Soldado de Nápoles, que le cogió a él como una de sus nuevas víctimas.

Se comenzó a llamar Soldado de Nápoles a la gripe porque era tan pegadiza como esta canción de zarzuela entonces de moda. Era uno de los números musicales de La canción del olvido, obra que se había estrenado en marzo con gran éxito en el Teatro de la Zarzuela.

Pese a que empezó siendo suave y sin apenas fallecidos, lo que motivó que se tomara al principio un poco a broma, el número de muertos por la gripe empezó a crecer la última semana de mayo y continuó alto los diez primeros días de junio para ir poco a poco decayendo. Durante el pico de la epidemia fallecieron cada día en Madrid algo más del doble de personas que la mortalidad media de años anteriores en las mismas fechas.

Cuando llegó el 13 de junio, festividad de San Antonio, la preocupación parecía haber cesado y la tradicional verbena en el barrio de la ermita de San Antonio de la Florida estuvo tan concurrida como todos los años. Pero ya antes la procesión del Corpus había recorrido las calles de Madrid con asistencia multitudinaria sin que se tomara ninguna medida para evitar el contagio, según vemos en un reportaje de Mundo Gráfico del 5 de junio.

España médica (10 de junio de 1918)

España médica (10 de junio de 1918)

En su número del 10 de junio, la revista La España Médica publicó bajo el título Discusión en la Real Academia de Medicina una amplia encuesta con la opinión de reputados doctores sobre lo que se llamaba la epidemia reinante. Podemos leer ahí la opinión de un entonces joven Gregorio Marañón, quien afirmaba rotundamente que por los síntomas se trataba de una epidemia de gripe. Es absurdo pensar en otra cosa, decía.

En esta misma publicación médica podemos comprobar cómo todavía la epidemia era objeto de chistes y caricaturas.

Sobre la enfermedad reinante (todavía había dudas de si se trataba de la gripe), la revista España y América publicó el 15 de junio:

Lo único que nos consta es que no ha respetado clase alguna y que sólo en Madrid se cree hayan caído bajo la influencia de ese díptero, microbio o lo que sea, más de 200.000 personas, y que, a pesar de ser benigna, no han sido pocos los que se llevó al sepulcro. Sabemos también que lo mismo ha penetrado en los regios alcázares que en los humildes tugurios; que se cebó en la juventud, por ser, sin duda, ésta la más esclava de la moda, y que su benignidad es bastante discutida y sus maleficios harto duraderos.

La Hormiga de Oro (16 de noviembre de 1918)

La Hormiga de Oro (16 de noviembre de 1918)

Para comienzos de julio la epidemia se daba por terminada pero volvió en el otoño con más virulencia en Madrid y en toda España. Se probaron varios remedios y hasta una vacuna que no funcionó. En una imagen de La Hormiga de Oro del 16 de noviembre vemos como le es inoculada esa vacuna al doctor Chicote, director del Laboratorio Municipal de Madrid.

Desgraciadamente, este rebrote de la epidemia fue mucho más letal que el primero, tanto en España como en todo el mundo.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Muy interesante esta recopilación.. No sabía de esta pandemia más que el nombre. Así que esta publicación me ha informado muy bien. Se ve que lo mismo en 1918 que en 2020….. la gente en Madrid es gente muy de calle…no importa lo que pase.
    Gracias

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