Richard de Bury (I) Alto funcionario, obispo y bibliófilo

Howard Pyle. Richard de Bury como tutor del joven Eduardo III. (1903) Delaware Art Museum.

Howard Pyle. Richard de Bury como tutor del joven Eduardo III. (1903) Delaware Art Museum.

En entradas anteriores hemos hablado de reconocidos bibliófilos bajomedievales, nada menos que un rey y un jurista pre-humanístico, respectivamente. Esta vez es el turno del británico Richard de Bury (1287-1345). Quien fuera sucesivamente Guardián del Sello Real, Lord del Tesoro, Obispo de Durham, Canciller de Inglaterra, además de hábil diplomático, es sin embargo más conocido por su notable pasión libresca y por ser el autor del Filobiblion, un muy hermoso tratado sobre el amor a los libros, lo que le ha valido ser considerado, en palabras del filólogo Gonzalo Santoja, “el protopríncipe de los bibliófilos”.

Richard Aungerville, más tarde llamado De Bury, nace en Bury St. Edmund (Suffolk, Inglaterra) en 1287. Su padre, un caballero homónimo de Leicester, muere siendo éste aún niño, por lo que hubo de criarse con su tío, John of Willoughby. Entre 1302-1312 Richard cursa estudios en la Universidad de Oxford, en donde es muy posible que coincidiera con personajes de la talla de Duns Scoto y Guillermo de Ockham. Tras su formación universitaria, Richard será ordenado monje benedictino, entrando inicialmente al servicio de Walter Langton -tesorero real y obispo de Lichfield-. Más tarde figura como empleado de hacienda de un jovencísimo Eduardo de Windsor -futuro rey Eduardo III de Inglaterra- llegando a chambelán del Condado de Chester. Se cree que De Bury también pudo ejercer como tutor del joven príncipe de 1323 a 1326. En marzo de 1325, Richard acompañaría a la reina Isabel y al heredero en su viaje a Francia, a fin de concertar un tratado con el hermano de aquélla, el vecino rey Carlos IV le Bel, logrando Richard como recompensa el cargo de Condestable de Burdeos (1326) –territorio por entonces bajo soberanía del reino inglés-.

Involucrado en la Revuelta de los Barones (1326-1327) contra Eduardo II de Inglaterra y el amante de éste, Hugo Despenser el joven, De Bury tomará partido por el bando de Isabel de Francia y el de su amante, Sir Roger Mortimer, a la postre ganador. El rey inglés será capturado, obligado a abdicar en favor de su hijo y, finalmente, ajusticiado. El recién entronizado Eduardo III dará sin embargo un golpe de mano contra la regencia materna, confinándola a ella en el castillo de Rising, y ajusticiando al amante. En cualquier caso el nuevo monarca no se olvida de los servicios prestados por su antiguo tutor, y le nombra Guardián del Sello Privado y del Tesoro Reales (1329-1333), obteniendo además múltiples prebendas eclesiásticas.

Por orden del joven rey de Inglaterra, en 1330 De Bury es enviado en misión diplomática a la Corte del Papa Juan XXII en Aviñón, a fin de negociar el apoyo papal al reciente golpe de estado. Richard no deja pasar la ocasión para conseguir una capellanía papal y la promesa de ser candidato predilecto al siguiente obispado que quedase vacante en Inglaterra. En esta Corte Pontificia De Bury conocerá a Petrarca, el cual nos le describe como “un hombre de mente viva y no ignorante de las letras, quizá demasiado inquieto por conocer los secretos del mundo que nos ha tocado vivir”. El poeta humanista italiano le inquirirá acerca de la mítica isla de Thule y Richard prometerá escribirle desde Inglaterra aportándole más información -cosa que finalmente nunca llevaría a cabo- (Petrarca. Epistole Familiari Libro III. Lettera a Tommaso Caloiro).

En 1333 regresará de nuevo a Aviñón y a París, en donde sabemos que cultiva su gusto por adquirir manuscritos. Este mismo año, habiendo quedado vacante la mitra de Durham, el cabildo de la catedral monástica escoge a uno de sus monjes, Robert de Graystanes, como su nuevo obispo, pero será por poco tiempo, ya que la suma de los poderes Real y Papal impone a De Bury en la cátedra episcopal (1334), regresando aquel pretendiente monacal “con gratitud” a su clausura. El mandato episcopal de Richard de Bury seguramente fuera bueno, aunque éste a menudo se vería obligado a ausentarse de su diócesis: y es que además de ser Lord del Tesoro, entre 1334-1337 De Bury también pasó a ejercer de Canciller de Inglaterra, a lo que hay que  sumar que el rey no dejaba de encomendarle nuevas misiones diplomáticas en Francia, Escocia, Flandes y Alemania.

A buen seguro, y a medida que fuera envejeciendo, Richard gustaría cada vez más de ejercer en su catedral y de gozar de la compañía de “sus mejores amigos”, los libros que éste compulsivamente coleccionaba. Como más adelante veremos, Richard de Bury adquiere libros por medio de obsequios a su persona, de compras y de préstamos (Philobiblion, Cap. VIII).

Las obras escritas por Richard de Bury -de las que tenemos hasta ahora conocimiento- son sólo tres: un Liber epistolaris quondam Ricardi de Bury (N.Denholm-Young ed.., 1950), un Orationes ad Principes y, sobre todo, su Philobiblion. Sólo a través de las abundantes referencias en él contenidas podemos llegar a esbozar qué autores y temáticas figuraban en su colección (Brechka, F.T., p. 308-310):

Entre sus volúmenes había, por supuesto, versiones de la Vulgata y de los Padres de la Iglesia -Ambrosio, Agustín, Gregorio, Jerónimo, Tertuliano y Orígenes-, pero también había sitio para la Teología mística de Dionisio Areopagita y la literatura esotérica del Hermes Trimegisto.

Entre las obras jurídicas tendríamos las Pandectas de Justiniano, pero también tratados de gobierno, como el Policraticus de Juan de Salisbury, o la epístola misógina De non ducenda uxore de Valerio a Rufino.

En cuanto a los tratados científicos, Richard poseyó la Técnica del médico Galeno, la Geometría de Euclides, la Historia Natural de Plinio o la Astronomía de Ptolomeo. Interesado por las lenguas latina, griega y hebrea, tuvo también las gramáticas latinas de Donato, Phocas, y Prisciano. La retórica clásica estaría representada por autores como Cicerón, Demóstenes, Isócrates y Valerio Maximo. También figuraría un “libro de libros”: Las Noches Áticas de Aulo Gelio, la Consolación de la Filosofía de su apreciado Boecio –autor de referencia en su Philobiblion– y múltiples obras líricas de autores como Lucrecio, Macrobio, Martiniano, Sidonio, Virgilio, Séneca y Casiodoro, junto a otros títulos, como el Arte Poética de Horacio, los Epigramas de Marcial, los Remedia Amoris de Ovidio, etc.

Entre sus volúmenes pertenecientes a historiadores romanos figurarían Catón, Flavio Josefo, Julio César, Tito Livio, Salustio y seguramente La vida de los doce césares de Suetonio. De autores griegos tendría a Homero, Partenio, Píndaro, Simónides y Sófocles, pero también obras de los filósofos Teócrito de Siracusa, Filolao, Platón, Pitágoras, Espeusipo, Teofrasto, Jenócrates, Zenón y por supuesto, Aristóteles –en palabras de De Bury, el “príncipe de los filósofos”, muy estudiado y apreciado en la Inglaterra de su tiempo-.

Como muestra del depredador modus operandi de Richard de Bury, en la Gesta Abbatum Monasterii Sancti Alban de Thomas Washingam (p. 200-201) su autor se lamenta de que, en 1330 -y a cambio de evitar una investigación del Rey en el monasterio- el abad Richard de Saint Albans le regalase, al por entonces Guardián del Sello Real, cuatro libros -un Terencio, un Virgilio, un Quintiliano y un Jerónimo contra Rufinum-, persuadiendo asimismo al capítulo monástico de venderle un total de 32 libros por la suma de 50 libras de plata -más tarde, siendo ya obispo, De Bury reintegraría al monasterio algunos de ellos-. A su muerte, y tras la subasta de su cuantiosa colección, retornarían a Saint Albans otros cuantos libros, incluidas unas Obras de Juan de  Salisbury, que llaman la atención por contener una glosa manuscrita testimoniando su recompra por el monasterio.

A través de una carta fechada en 1335, sabemos también que Anthony Bek, deán de Lincoln y más tarde obispo de Norwich, pide a De Bury que le fuera devuelta una copia del Liber Victorie contra Iudeos del cartujo genovés Vittorio Porchetto de Salvatici. (Cheney, 1973, p. 325-326).

Catalogue Of the Benefactors_St Albans COMPLETA

“Richard de Bury, obispo de Durham, muchos y variados nobles libros nos dio. Su abundante número nos deleita. Han vuelto al armarito que tenemos en la iglesia”. Miniatura y texto del Catalogue Of the Benefactors Of St. Albans Abbey (1380). British Library. Cotton MS Nero D VII, f. 87 r.

Su cuantiosa colección privada, estimada en unos 1500 volúmenes, era a todas luces la más numerosa de la Inglaterra del XIV: Tenía más libros que todo el resto de obispos ingleses juntos y, según la Continuación de la Crónica de las maravillosas gestas del rey Eduardo III de Adam Murimuth y Robert de Avesbury, “cinco enormes carros no bastaban para transportarla”. Sus estancias estaban tan llenas de manuscritos que era imposible dar un paso sin pisarlos.

Además de la compañía de sus amados libros, Richard se supo rodear de un nutrido círculo de intelectuales, en su mayoría eclesiásticos, que se mueven entre Oxford, Aviñón y Bolonia: Robert Holkot –su secretario personal-, Richard Kilvington, Richard Benworth, Walter Seagrave, John Maudit, Walter Burley, Richard Fitzralph y Thomas Bradwardine, entre otros. Por añadidura, De Bury también mantiene su propia plantilla de copistas, transcriptores, encuadernadores e iluminadores, preocupándose además por promover los estudios de las artes liberales. En el Cap, X. del Philobiblion declara por ejemplo que la ignorancia del hebreo dificulta el estudio de la Biblia, por lo que procurará conseguir gramáticas de griego y hebreo para sus escolares.

No tenemos evidencia de que lograra su objetivo de crear una biblioteca colegial en Oxford (Philobiblion, Cap. XVIII), dotada además de su propio reglamento de préstamos (Cap. XIX). Sabemos por el contrario que, un 14 de abril de 1345, y a consecuencia de sus cuantiosos y continuos dispendios, Richard de Bury fallece en medio de la penuria económica, y que sus libros hubieron de ser saldados para hacer frente sus deudas, dispersándose así toda su colección personal. En un inventario de Durham consta que, una vez fallecido, se procedió a la solemne ruptura de la matriz de su sello personal, siendo fabricado a continuación con los fragmentos resultantes un cáliz de plata para el altar de San Juan Bautista (Puigarnau, A., 2000). El 21 de abril sus restos mortales son finalmente sepultados ante el altar de Sª María Magdalena, en el transepto de los Nueve Altares de la Catedral de Durham.

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