Tamayo y Baus en: una mudanza de tomo y lomo

Corría el verano de 1894. Hacía poco más de un año se había clausurado en el Palacio de la Biblioteca y Museos Nacionales de la Castellana la Exposición Hispano-Americana. Y el Museo Arqueológico empezaba a instalarse en su interior, aunque todavía la provisionalidad de las estatuas de yeso coronaba su frontón, en lugar de las figuras marmóreas que esculpía Querol.

Menos prisa parecía tener la Biblioteca Nacional para abandonar su antigua sede de la Calle de la Biblioteca (hoy Arrieta). El viejo caserón hacía tiempo que resultaba inadecuado, con libros hacinados en guardillas y sótanos o en el depósito construido en el jardín veinte años atrás (1874).

En el mes de agosto la prensa clamaba por la “traslación” de libros, que, finalmente, se inicia el 1 de septiembre de 1894: “y durante ella, todos los dignos empleados de aquella casa han trabajado mucho y con verdadera fe y entusiasmo a las órdenes del director de la Biblioteca, el eminente autor dramático D. Manuel Tamayo y Baus” (La Iberia, 19 de marzo de 1896). Según la misma fuente, 600.000 libros quedaron instalados en los depósitos de la Biblioteca. “Encerrados en cajones son conducidos los libros desde la vieja casa de la calle de la Biblioteca hasta el edificio nuevo, en los carros del tren de transportes de Administración Militar, generosamente cedidos por el ministro de la Guerra […]. En cuanto los cajones llegan a su destino, bajo la vigilante custodia de individuos del Cuerpo de Archiveros, son transportados al gran salón de lectura, donde se abren. Allí, el Sr. Tamayo, que todos los días llega a las seis de la mañana, y no descansa hasta las cinco de la tarde más que el tiempo indispensable para almorzar, procede a la comprobación de los libros que recibe, y auxiliado por varios archiveros y mozos de servicio, todos cubiertos de polvo, rectifica las signaturas, coloca tejuelos a los
volúmenes que no los tienen y son en gran número y lleva a cabo la obra magna de hacer un
catálogo completamente nuevo, y de poner las obras en los estantes y tablas que
definitivamente han de ocupar.

Es un espectáculo digno de verse el que ofrecen aquellos montones de libros […] y asombra
la suma de paciencia que requiere la tarea de catalogar tantos volúmenes.

El índice se dispone, no con arreglo a los antiguos sistemas de clasificación metódica de Arias Montano, Baillet, padre Marchand, Thiebaut, etc., es decir, por secciones de teología, jurisprudencia, ciencias y artes y bellas letras e historia, sino por el moderno procedimiento de numeración continuada. Y es de advertir que el Sr. Tamayo y Baus ha adoptado medidas tan acertadas, que ni por un solo instante, y a pesar de las operaciones que la traslación requiere, se ha suspendido el servicio de libros al público en la antigua Biblioteca, y no pasarán muchos meses sin que se abra la nueva, pudiendo acudir los lectores a una u otra según prefieran”. La Época, 17/09/1894. El 16 de marzo de 1896 la Biblioteca abría al público en su nueva sede.

Tamayo y Baus (1829-1898), el autor de Un Drama Nuevo, había sido nombrado director en 1884 por Alejandro Pidal y Mon, en contra del Reglamento de 1881, según el cual el Jefe del Cuerpo había de pertenecer a él. Falto de formación técnica o tal vez previendo la tarea que se le avecinaba, se resistió a aceptar el puesto. Sin embargo, las fuentes lo recuerdan como un gran director. Apoyado por grandes bibliotecarios, como Paz y Meliá, Barcia o Bretón, se cuenta que fue iniciativa suya la de recurrir a las imprentillas que fabricaban los billetes de tranvía para producir en poco tiempo los juegos triplicados de más de 500.000 tejuelos trepados y engomados que el traslado requería.

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