Menores pero especiales: la Sección de Impresos Menores y los Varios Especiales de la BNE

De qué hablamos cuando hablamos de impresos menores

Si la frase de Raymond Carver “de qué hablamos cuando hablamos de amor” puede extrapolarse a cualquier contexto, quizá dos anécdotas (sobre el inventario del taller de un impresor en la tercera década del siglo XVI y sobre una Real Pragmática dictada un siglo más tarde) puedan dar una idea de la importancia que han tenido para la historia de la imprenta esas publicaciones de pocas hojas y con frecuencia de factura humilde que solemos llamar, a veces sin saber bien de qué hablamos exactamente, impresos menores.

La primera: En septiembre de 1528 moría Jacobo Cromberger, fundador de la célebre dinastía de impresores de origen alemán asentada en Sevilla y conocida, además, por haber llevado la imprenta a América. En el inventario de las obras que se conservaban a su muerte en su taller sevillano y que estudió el historiador del libro Clive Griffin se recogen las siguientes: 3.000 rosarios de nuestra señora en romance, 1.000 pliegos de rosarios, 50.500 pliegos de coplas, 21.000 pliegos de oraciones, 10.000 pliegos de cartillas, otras 914 cartillas, 8.000 pliegos de nóminas, 1.250 nóminas pintadas y más de 3.000 pliegos de imágenes, unas dobladas, algunas pintadas y otras por pintar. Cifras inesperadamente elevadas para una imprenta sevillana del primer tercio del siglo XVI y para el tipo de obras, con frecuencia insospechadas al imaginar el catálogo de un impresor de la época.

La segunda: La proliferación de publicaciones menores en la España de la primera mitad del siglo XVII y su descontrol por parte de las autoridades eran tales que, como nos recuerda Fermín de los Reyes, la Pragmática de Felipe IV del 13 de junio de 1627 les dedica varias disposiciones, entre las que destacamos aquella según la cual “no se han de imprimir relaciones, cartas, apologías, panegíricos, gacetas, nuevas, sermones, discursos, papeles en materias de estado y gobierno, arbitrios, coplas, diálogos, ni otras cosas, aunque sean muy menudas y de pocos renglones, sin que tengan previa aprobación del Consejo en la Corte, de Oidores y Ministros más antiguos en las ciudades con Chancillerías o Audiencias, y de las Justicias en los demás lugares”. Otra larga retahíla de obritas de muy variado tenor que aparentemente desbordaban las imprentas (y el mercado).

Antes de la prensa: avisos, nuevas o noticias

Antes de la prensa: avisos, nuevas o noticias

 

¿Qué se ha conservado de todo esto? Muy poco. Las hojas sueltas, pliegos sueltos, hojas volantes, folletos, efímeros, menudencias, publicaciones menores o impresos menores (entre otras denominaciones, a cada cual más equívoca) constituyeron en su momento uno de los conjuntos de productos editoriales más abundantes salidos de la imprenta manual. Sin embargo, a causa en gran medida de sus propias características físicas (encabezadas por su poca entidad material) y de la naturaleza de su contenido (publicaciones con frecuencia “utilitarias”, destinadas más al uso inmediato que a la permanencia), han sido también los más proclives a desaparecer con el paso del tiempo. Junto a ello, hasta fecha reciente no han suscitado un interés en las comunidades investigadora y bibliotecaria equivalente al de sus hermanos mayores, los libros.

Sin embargo, en las últimas décadas ha surgido un nuevo interés por estas publicaciones que está dando lugar a interesantes trabajos y repertorios sobre el tema. Quizá las más afortunadas hayan sido las relaciones de sucesos, que cuentan con un grupo de investigación de alcance internacional, la Sociedad Internacional para el Estudio de las Relaciones de Sucesos (SIERS por sus siglas). En España contamos también con una base de datos elaborada por el Grupo de Investigación sobre Relaciones de Sucesos (S. XVI-XVIII) en que se están recogiendo todos los ejemplares que se localizan. Los pliegos poéticos, por su parte, también han despertado un gran interés: desde el clásico Diccionario bibliográfico de pliegos sueltos poéticos (Siglo XVI) de Antonio Rodríguez Moñino hasta el más reciente Catálogo de pliegos sueltos poéticos de la Biblioteca Nacional: siglo XVII. Otros productos editoriales, sin embargo, aún están poco estudiados. En cuanto a su tipología, probablemente el trabajo más importante de sistematización de la tipología documental salida de la imprenta manual sea la tesis doctoral de Silvia González-Sarasa Tipología editorial del impreso antiguo español, que establece una serie de categorías para agrupar estos documentos y hace una descripción de cada uno de ellos como producto editorial.

Y de qué hablamos cuando hablamos de Varios Especiales

¿Y de qué hablamos cuando hablamos de Varios Especiales? Si el lector es usuario de la Sala Cervantes, es posible que se haya topado en alguna ocasión con la denominación “Varios Especiales” (o con la signatura VE/) para referirse a una de sus colecciones: la de folletos. O puede haber encontrado un sello azul que hace mención a la “Sala de Varios”. O incluso habrá escuchado o leído por ahí otro término de lo menos ilustrativo: los “Reinados”. ¿Qué es todo esto? ¿Por qué “reinados” ¿Por qué “varios”? ¿Por qué “especiales”? ¿Merece la pena conocerlos? ¿Nos estamos perdiendo algo si no lo hacemos? ¿Se pueden consultar? Veamos:

Siglos de popularidad: pliegos poéticos

Siglos de popularidad: pliegos poéticos

 

En 1867 Jenaro Alenda y Mira (conocido por sus Relaciones de solemnidades y fiestas públicas de España, la gran obra de referencia sobre la materia) presentaba al Ministro de Fomento su Proyecto de una sala de varios en la Biblioteca Nacional, motivado por el Real Decreto de 2 de junio de 1866 según el cual debería depositarse en la Biblioteca Nacional un ejemplar de “todo folleto y hoja suelta que se dé a luz en España o sus posesiones de Ultramar”, lo que hacía prever la llegada de grandes cantidades de estos documentos a la institución. A ello se unía la colección histórica de lo que todavía no se conocía como publicaciones menores, sobre la que se expresaba del siguiente modo:

“Tenemos en nuestra Biblioteca crecida porción de folletos que andan confundidos con los libros ordinarios. Poseemos también papeles de corto número de páginas encuadernados en tomos, ahora singulares o en forma de colecciones, que hasta hace poco estuvieron esparcidos por todas las salas indistintamente; y los hay por fin de esta misma clase, que de antiguo yacen arrinconados y cubiertos de polvo, sin constar en ninguna suerte de inventarios, ni mucho menos en los índices del servicio. Para averiguar el número preciso de estas piezas, sería necesario un prolijo y muy escrupuloso reconocimiento; pero calculando que habrá cerca de 200.000, acaso no sea la cifra exagerada. Por lo que mira a su importancia, no cabe semejante vacilación…”

Ante la falta de control de la colección, equiparable a la de la mayor parte de las grandes bibliotecas (apenas algunas europeas, casi todas alemanas, habían comenzado a inventariar en la fecha este tipo de publicaciones), Alenda insistía en que la magnitud y la calidad de la colección de la Biblioteca Nacional justificaban sobradamente el tratamiento sistemático de estos fondos. En base a ello proponía la creación de una Sala de Varios independiente de los dos Departamentos que existían en el momento: el de Manuscritos y el de Impresos. Junto a ello, su proyecto incluía un modelo de clasificación de los documentos.

La historia de primera mano: legislación

La historia de primera mano: legislación

 

Ese mismo año se creaba la Sección de Varios (o Sala de Varios), a cargo del propio Alenda, partiendo de unos 6.000 tomos de papeles que se conservaban sin catalogar. La ordenación propuesta en su Proyecto es muy similar a la que finalmente se adoptó, organizando los documentos cronológicamente por reinados (comenzando por los Reyes Católicos y finalizando con Isabel II), dentro de cada reinado por formatos (folio, 4º, 8º) y dentro de cada formato según una clasificación por materias inspirada en la propuesta por Jacques-Charles Brunet en 1810 que dividía el saber en cinco ramas (teología, jurisprudencia, ciencias y artes, literatura e historia). Una vez clasificados, los documentos se organizaron en paquetes o legajos. Existe un inventario de esa primera colección, el Índice manuscrito que se conserva en la BNE con la signatura Mss/21887 y sobre cuyas reproducciones se ha trabajado con posterioridad.

Esta primera organización se deshizo a partir de 1897, tras la muerte de Alenda. Manuel Flores Calderón, que lo sucedió al frente de la Sección, ordenó en unas 600 cajas todos los folletos de los siglos XV al XVIII (hasta el reinado de Fernando VII) y los clasificó según su ordenación con una signatura de tres cifras conocida desde entonces como “signatura azul”, ya que se consignaba con lápiz azul en todos los folletos. La “signatura azul” consta de un 1 (referido a la Sala I de Varios), una cifra correspondiente a la caja en que se encuentran los folletos, y otra cifra relativa al número del folleto dentro de la caja. La Sala I de Varios se cerró en 1897 y los folletos que ingresaron a partir de esa fecha  fueron a parar a la llamada Sala II, donde se conservó lo que actualmente son los Varios Caja. Estos últimos pasaron al Depósito General en los años 50 del pasado siglo, cuando se produjo la reestructuración del edificio.

En la década de 1960 se creó la actual sección de Varios Especiales con las 600 cajas de la “signatura azul”, a las que se han sumado muchas otras desde entonces. En ella, bajo la signatura VE/, dependiente del Departamento de Manuscritos, Incunables y Raros, se conserva el grueso de los folletos históricos albergados en la BNE (aunque hay abundantes ejemplares dispersos en otras signaturas del Depósito de Fondo Antiguo y el Depósito General). Se trata de una colección de una gran riqueza dentro de la tipología documental que alberga: legislación civil y eclesiástica, pregones, ejecutorias, memoriales, alegaciones en derecho, reglas de órdenes religiosas, sermones, villancicos, pliegos poéticos, relaciones de comedias, relaciones de sucesos, bandos, almanaques, calendarios, cartillas, y un sinfín más de documentos que repasan nuestra historia desde distintos ángulos.

Y es que, al igual que se ha dicho que son los autores de segunda fila los que mejor reflejan el gusto literario del momento, y que nada como una buena colección de ephemera para retratar una sociedad, también los impresos menores nos permiten conocer (a veces mejor que los libros contemporáneos) el mundo en el que nacieron y al que estaban destinados: desde la legislación que reguló la imprenta, la moneda o los vehículos a la que determina las expulsiones de los jesuitas o los gitanos, desde las coplas populares a las relaciones de batallas, fiestas reales, terremotos, eclipses o terribles monstruos atisbados en lugares recónditos, pasando por los villancicos cantados cada Navidad en cientos de iglesias, los pleitos que se llevaron a cabo por infinidad de motivos, los bandos que se emitieron para informar a la población de numerosos asuntos o las cartillas en las que los niños aprendían a leer, estos documentos son parte viva de nuestra historia. Y sí, se pueden consultar.

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Excelente artículo, enhorabuena. Desde el punto de vista musical tuvo enorme importancia un tipo de publicación menor muy abundante y que contenía las letras cantadas en los villancicos polifónicos. Desde el siglo XVI al XVIII se vendían por miles en forma de hojas sueltas en las puertas de las iglesias, conventos y catedrales, y tenían la función de los modernos programas de mano en representaciones de ópera: servían para que los asistentes a las ceremonias religiosas pudieran seguir las letras (generalmente en castellano y de autores anónimos) que se interpretaban en todas las festividades. Fue un género muy popular y la BNE cuenta con una excelente colección, de la que hay dos catálogos impresos. Muchas letras cantadas en España se utilizaron también en la América colonial.

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