Los aristocráticos baños de ola, origen del veraneo en la playa

Santander fue la primera ciudad que, a mediados del siglo XIX, anunció en los periódicos los baños de mar, también llamados entonces baños de ola o de oleaje. El Sardinero fue la primera playa de España a la que acudieron los madrileños y los habitantes de las ciudades del interior, lógicamente los miembros de las clases pudientes que eran las que podían permitírselo. Cuando empezó esta moda ni siquiera había ferrocarril. La gente acudía en verano en la diligencia. Fue la reina Isabel II quien inició la costumbre aconsejada por los  médicos, que veían muchos beneficios terapéuticos en el agua de mar. La reina, que tenía una enfermedad de piel, comenzó por ir a Barcelona y luego a San Sebastián, pero fue en Santander donde finalmente la moda arraigó.

En aquella época eran pocos los que sabían nadar, así que se echaba al agua un ancla atada a una maroma y los bañistas, agarrados a ella, se introducían en el agua para recibir los salutíferos embates de las olas. Por si acaso, una barca con personal entrenado andaba cerca por si alguien se soltaba. El encargado de la maroma en la orilla era el maromo, nombre que ha hecho fortuna  en nuestro idioma con otro significado.

Tras señalar que el Sardinero no tenía nada que envidiar a la playa francesa de Biarritz, así describía sus instalaciones la Gaceta Médica el 20 de julio de 1849:

En la orilla del mar hay un bonito templete de hierro fundido elegantemente dispuesto para recibir la gente que de media en media hora conducen los ómnibus desde la ciudad y viceversa. Hay además dos diferentes casitas de madera con varios cuartitos independientes. Estas casas están un poco distantes entre sí, y se hallan destinadas una para señoras y otra para caballeros, teniéndose además en ellas almuerzos y meriendas.

El ómnibus era también un carruaje tirado por caballos. En ese año de 1849 fueron a Santander desde el 15 de mayo al 26 de agosto unas tres mil personas, tomándose con dos meses de antelación los asientos de las diligencias desde Madrid. Estos datos estadísticos figuran en un número especial de la Revista de Santander de 1930, que publicó un amplio reportaje sobre la historia de la playa del Sardinero y que incluía también un dibujo de la caseta que utilizaba la reina Isabel II.

Dibujo de la caseta que utilizaba la reina Isabel II en la playa del Sardinero

Dibujo de la caseta que utilizaba la reina Isabel II en la playa del Sardinero

Los baños de ola se extendieron por toda la costa cantábrica y bajando desde Barcelona también poco a poco por el Mediterráneo. En el Sur fueron precoces los del Puerto de Santa María y más tarde los de Huelva, ciudad que se publicitaba como la población más sana de España para tomar los baños de mar y la playa de Torre Umbría como la más hermosa de Europa, como vemos en este anuncio en La Época (14/6/1884).

Claro que no se podía competir con el Norte, porque el clima era menos caluroso y la gente no iba todavía a la playa a ponerse morena. Del éxodo madrileño en verano, y ya haciendo el viaje en ferrocarril, da cuenta el periódico satírico El Motín (22/7/1899):

Allá a las costas cantábricas y a las playas francesas van en requerimiento de aire saturado de oxígeno para los pulmones todas las personas que pueden hacerlo; unas con desahogo, otras, a costa de sacrificios, y todas, o la mayor parte, más que por necesidad, por rendir culto a la moda. Hacen bien. Después del 15 de Julio todos los que quedan aquí van jadeantes por esas calles sudando la gota gorda, y sin tener más distracción que la de tragar polvo por las tardes en Recoletos, y llevan además un sello de pobretones y cursis que da miedo…La moda de veranear se ha impuesto de tal forma que hoy, desde el senador por derecho propio hasta el carbonero, desde la duquesa hasta la tendera de comestibles, van a tomar baños de ola como si les fuera imposible la vida sin ellos.

Los baños de mar o de ola a finales de siglo XIX, en la La Ilustración Española y Americana

Los baños de mar o de ola a finales de siglo XIX, en la La Ilustración Española y Americana

Para hacernos una idea de cómo eran los baños de mar o de ola a finales del siglo XIX tenemos esta doble página gráfica de la Ilustración Española y Americana (8/9/1882) con imágenes de varias playas, entre ellas la de la Concha de San Sebastián y la de Biarritz. Vemos las casetas donde se cambiaban de ropa, los decorosos trajes de baño, niños jugando en la arena y en el agua, hombres nadando y mujeres sujetas a la maroma.

La caseta real que ocupaba la reina María Cristina en la playa de la Concha

La caseta real que ocupaba la reina María Cristina en la playa de la Concha

San Sebastián acabó ganándole la partida a Santander durante la minoría de Alfonso XIII, dado que su madre la reina regente María Cristina prefería la ciudad vasca por estar más próxima a Biarritz, localidad francesa donde veraneaba la realeza europea desde que la pusiera de moda la emperatriz Eugenia de Montijo.

En la revista La Lectura dominical (13/8/1899) podemos ver la caseta real en la playa de La Concha. Era de madera, se montaba cuando empezaba la temporada veraniega y, como se observa en la ilustración, disponía de raíles para acercar a la reina hasta el agua cuando la marea estaba baja.

Esta noticia de un accidente publicada en La Iberia es de unos años antes (1/9/1891):

Ayer ocurrió una desgracia en la caseta real de baños de San Sebastián. Era baja la marea y hubo necesidad de aproximar la caseta al agua por medio de la máquina, que la hace rodar sobre cuatro railes. Después del baño, y vestida ya S. M. volvió a subir la caseta hasta el pretil de la Concha, y al parar, una rueda de la máquina enganchó al maquinista por una pierna, llevándole contra otra rueda dentada que le destrozó completamente la pierna derecha en sus partes blandas.

Estos desgraciados accidentes no volvieron a ocurrir con el nuevo pabellón permanente y de piedra construido por el Ayuntamiento de San Sebastián para la familia real, fotografiado en la revista Nuevo Mundo (7/9/1911):

La nueva Caseta Real construida por el Ayuntamiento de San Sebastián para la familia real

La nueva Caseta Real construida por el Ayuntamiento de San Sebastián para la familia real

La misma publicación dedicó una de sus portadas los hijos de los Reyes en la playa:

Los hijos de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, en la playa de la Concha con su 'nurse', en Nuevo Mundo

Los hijos de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, en la playa de la Concha con su ‘nurse’, en Nuevo Mundo

En otra revista que llevaba el sugestivo título de Gran Vida podemos ver un número de agosto de 1911 dedicado a San Sebastián y a la playa de la Concha, que era a comienzos del siglo XX  la reina indiscutible de las playas españolas para la alta sociedad:

Yo no sé si existe en España otra playa que tenga e! agua más fresca o más salada o más verde que la Concha; tampoco quiero discutir si en aquélla se siente más calor o más frío que en esta de mis preferencias; lo que afirmo es que en San Sebastián veranea mi público, y a San Sebastián tengo que dedicar mis crónicas.

Panorámica de la playa de la Concha en la portada de la revista Gran Vida

Panorámica de la playa de la Concha en la portada de la revista Gran Vida

Poco después de su boda con Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia mostró su preferencia por Santander y la playa del Sardinero volvió al primer plano de la vida aristocrática. El Palacio de la Magdalena fue construido entre 1909 y 1911 para albergar a la familia real durante su estancia veraniega en la ciudad.

Se pueden ver las playas de Santander en esta página de Mundo Gráfico. En la foto de arriba El Sardinero y en la de abajo el palacio de la Magdalena recién construido y a su izquierda la casa del escritor Benito Pérez Galdós.

Miembros de la familia real practicando el 'aeroplage' en Santander, en la revista La Esfera

Miembros de la familia real practicando el ‘aeroplage’ en Santander, en la revista La Esfera

La familia real disfrutó en las playas santanderinas no sólo del baño sino también de la práctica deportiva, incluso de deportes tan raros como el ‘aeroplage’, carreras con vehículos con ruedas y velas para desplazarse por la arena, como se ve en esta imagen de la revista La Esfera (11/9/1926).

Aunque cada vez más extendida, la moda de ir a la playa a bañarse era todavía, como la de comer marisco, una costumbre de la alta sociedad o al menos de las clases medias en Madrid, donde el mar pillaba lejos. Solo si se vivía cerca del mar los baños estaban más democratizados. Un ejemplo de esta marca distintiva de clase lo vemos en este chiste político publicado en la Unión Ilustrada (2/12/1923):

Entre anarquistas: —¿Dónde vas con esa maleta ? —Voy a tomar baños de mar. —¡Hombre… tú, un libertario, esas costumbres aristocráticas! —Es que me lo ha recomendado el médico. Pero no creas que voy a ninguna playa de moda; voy al Mar Rojo.

En unos años en que los héroes de la aviación cruzaban el océano Atlántico tampoco faltaban chistes refrescantes como éste publicado en la revista Buen Humor (21/8/1927):

¿Quién irá en tren dentro de pocos años a San Sebastián o al Sardinero?… Lo difícil será no pasarse. ¡A lo mejor, el avión enfila el Atlántico y, acostumbrado a atravesarle, se lanza de dirección Norte, dejando a ustedes junto a las «casetas» de alguna playa canadiense!… Pero no hay duda: para los baños de mar, lo mejor es un «hidro-avión»… ¿Que llegan ustedes al final del viaje?… Se bañan. ¿Que se caen en plena travesía?… ¡El gran chapuzón!… No tiene quiebra.

Doble página del diario Ahora dedicada a 'Júcar Beach', la playa de los campesinos valencianos

Doble página del diario Ahora dedicada a ‘Júcar Beach’, la playa de los campesinos valencianos

La masificación de las playas españolas, sobre todo con el turismo europeo, se produjo avanzada la segunda mitad del siglo XX, pero en la década de 1930, antes de la Guerra Civil, ya se originaron algunos de los rasgos que serían corrientes tiempo después, como billetes de tren a precios baratos para desplazarse en verano de Madrid a Valencia, Alicante, Gijón o A Coruña. Eran llamados ‘trenes-botijo’, lo que da una idea de los pocos lujos que tenían estos vagones de tercera clase.

Pero quien vivía junto al mar, aunque fuera pobre, tenía los saludables baños de ola a su entera disposición. El diario Ahora (13/9/1935) hizo un curioso reportaje de una de las playas de moda en el Levante español, situada en Cullera junto a la desembocadura del río Júcar. Era llamada ‘Júcar Beach’ para darle ese toque internacional que era de buen tono y que anticipaba con décadas de antelación el poderoso atractivo que iban a tener las playas levantinas para el turismo, con Benidorm como ejemplo señero.

Así lo contaba el reportero:

Como otras de Levante, Júcar Beach es la playa de moda de gente que no suele frecuentar las playas de lujo, pero que tiene una verdadera pasión desinteresada por el mar y los baños. Júcar Beach, como mucha s otras playas desconocidas, es una de las «otras » playas sin ningún confort moderno, pero con todas las comodidades de la vida al aire libre, al sol y al mar.

Los bañistas eran labradores y campesinos de la Ribera valenciana que bajaban a la playa a disfrutar del mar después de trabajar todo el año. Y el autor del reportaje precisaba:

A mitad de julio recogen los melones y las sandías de sus huertas que dan hasta cuatro cosechas al año, y cierran la temporada de verano con un legítimo descanso de quince, treinta o cuarenta días, hasta el mes de septiembre que inaugura la temporada de trabajo de otoño con la siega del arroz. De mitad de julio a fines de agosto, labradores y campesinos bajan al mar y crean pueblecitos efímeros y pintorescos, pueblecitos hechos de «tartanas » y tiendas, de casitas construidas con cañas verdes.

El 12 de julio de 1936, y la fecha es relevante porque faltaban solo unos días para que se desencadenase la tragedia de la guerra, la revista madrileña Crónica publicó una página con imágenes de vecinos de Barcelona disfrutando de la playa.

Ciudadanos-de-Barcelona-disfrutando-de-la-playa-en-el-verano-de-1936,-en-la-revista-Crónica

Ciudadanos de Barcelona disfrutando de la playa en el verano de 1936, en la revista Crónica

El título del reportaje no puede ser más elocuente: ¡Felices los barceloneses, que tienen el mar junto a sus casas!

Y acompañando las fotos de la playa atestada de gente, este pie:

¡Con qué envidia contemplamos los que sufrimos los rigores del verano en plena estepa castellana estas escenas de las playas de Barcelona, donde los ciudadanos y las bellas ciudadanas de la capital catalana pueden solazarse diariamente al terminar su trabajo!

Pese a los años transcurridos, la envidia de los madrileños y del resto de los habitantes del interior de España sigue siendo la misma.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. ¡Veraniego y refrescante artículo!
    Dan ganas de coger el «aeroplage» y darse una vuelta por la playa.

    Gracias por esta lectura tan amena e ilustrativa

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