Las exposiciones históricas de 1892

Correspondían a nuestra patria los honores del Certamen Histórico-Americano: españolas eran las naves que anclaron en las costas americanas por vez primera, y el estandarte de Castilla ondeaba en las carabelas Santa María, Pinta y Niña. Natural era, por consiguiente, que al solemnizar el cuarto Centenario de tan fausto suceso para la historia del mundo, España presentase en el certamen conmemorativo las maravillas que recuerdan el glorioso hecho de la historia del reinado de Isabel y de
Fernando.

(La Época, 8 de octubre de 1892)

Con esta prosa y este tono recibía la prensa del XIX la primera exposición celebrada en la Biblioteca. Lo curioso es que fue cuatro años antes de su apertura al público: en el año 1892 las obras habían concluido pero no habían comenzado a trasladarse los libros de la Biblioteca a su nueva sede. Al estar vacío, el Palacio de Biblioteca y Museos pudo utilizarse como sede de las Exposiciones Histórico-Europea e Histórico-Americana, inauguradas el 11 de noviembre de 1892 con motivo del Cuarto Centenario del descubrimiento de América por Colón.

España en la Exposición Histórico-Americana

Sala de España en la Exposición Histórico-Americana

El Delegado español (cada país participante envió a uno, nombrado por su respectivo gobierno, así que no existió un comisario único) fue Juan Navarro Reverter, posteriormente Ministro de Hacienda y Pe mayúscula de la Real Academia Española. En la sección española se pudieron ver diversas piezas traídas de América a lo largo de los siglos: sombreros, canoas, etc., pero también documentos de valor incalculable: cartas de Colón, su retrato, recién descubierto entre los fondos de la Biblioteca Nacional, o el incunable de la Cosmographia de Ptolomeo con anotaciones manuscritas de Colón, actualmente en la Real Academia de la Historia.

También se expusieron mapas, cartas de marear, ¡incluso cabezas reducidas! Para reunir todo el material se contó con la colaboración de varios museos históricos y arqueológicos de toda España, además de solicitar la ayuda de países extranjeros, europeos y americanos. Gracias a ello la exposición pasó de ser Americana a dedicarse también a nuestro contienente.

Se utilizó para esta exposición toda la planta baja del edificio: La nave y parte central de la Exposición contendrá este grupo coetáneo del descubrimiento de que acabamos de hablar, mientras que en las dos secciones laterales se agruparán los objetos anteriores y posteriores á dicho descubrimiento. Una sección mostrará las dos series primeras, es decir, la protohistoria americana y la de los tiempos conocidamente históricos.

(La Ilustración española y americana, 26/09/1892)

Dinamarca en la Exposición Histórico-Europea

Sala de Dinamarca e Islandia en la Exposición Histórico-Europea

Lo malo es que una exposición de semejante envergadura produjo algunos problemas. No por el edificio, sino por la organización. Desde México debería haber llegado una reproducción de un calendario azteca,  «en un carro que tardó diez dias en llegar desde Santander». La gigantesca caja estuvo «a la puerta del Palacio de Biblioteca y Museos, mientras se ideaba el medio de poder entrarla en la sala donde se halla instalada la sección de Méjico». Para lograrlo, «30 obreros, escogidos entre los más forzudos, trasladaron la caja a los almacenes, la abrieron, y no había Calendario». (La Época, 30/09/1892). La reproducción, hecha en cartón, quedó destrozada en el viaje a causa de un temporal. Hubo que esperar más de un mes a que se fabricara una nueva.

Sala de la Exposición con el calendario azteca de repuesto

Casi hay disturbios el mismo día de la inauguración: ante la aglomeración de gente, la verja de entrada se cerró en cuanto entró la regente María Cristina y el público quedó fuera, suponemos que no muy contento. Una vez inaugurada la exposición, diversos problemas con las invitaciones obligaron a hacerlas personales e intransferibles (Correspondencia de España, 30 de noviembre de 1892). Además, la Junta de la exposición declaró no válidos 300 billetes de entrada emitidos sin autorización pero con buena voluntad, por el Ministro de Fomento, Linares Rivas (La Época, 21 de noviembre de 1892).

Como detalle curioso, la Infanta Isabel, conocida popularmente como La Chata, fue una asidua de esta exposición, hasta el punto de que la prensa comenta sus continuas visitas con un punto de ironía. La visitó en su inauguración y otros muchos días, hasta que la prensa dejó de contar: «La Infanta doña Isabel ha hecho esta tarde su sexta o séptima visita…», decía El Día el 3 de diciembre. Era tan omnipresente que los expositores americanos terminaron por regalarle toda clase de folletos, catálogos y muestras. Tras aquélla hizo aún más visitas al Palacio de Biblioteca y Museos hasta bien entrado el año 1893, así que la cifra bien pudo ser el doble.

Sala de la Exposición Histórico-Etnográfica

La inauguración fue una celebración solemne a la que asistieron los reyes de España y Portugal:

Desde mucho antes de la hora anunciada para el acto oficial, estaban literalmente llenas de selectísima concurrencia el vestíbulo y escaleras del palacio donde la exposición se verifica. Multitud de damas, que descollaban, más aún que por la elegancia de sus tocados, por la gentileza de sus figuras; variedad de uniformes de todos los países cultos del mundo, representantes de todos los elementos oficiales. Tal era público. En el descanso [de la escalera] esperaban la llegada de los Reyes los Ministros de la Corona, el Delegado y alto personal de la Exposición y otras varias autoridades, entre ellas el Gobernador civil, Sr. Cárdenas. Los representantes extranjeros eran acompañados por el Sr. Navarro Reverter hasta el salón de actos (…)  El amplio y hermoso salón de actos resultaba pequeño para contener la concurrencia, que llenaba la tribuna, las sillas y el pasillo central. Algunas señoras sufrieron ligeros síncopes.

(Heraldo de Madrid 11/11/1892)

El efecto que presentaba en aquel instante la monumental escalera del Palacio, ocupada por las comitivas con sus brillantes uniformes y con los alabarderos que daban guardia de honor, no podía ser más hermoso. Fuera de la verja se agrupaban más de seis mil personas, deseosas de saludar á su paso á los Soberanos españoles y portugueses.

(La Época, 11/11/1892)

Aún hubo más celebraciones: el 1 de diciembre se realizó un banquete en el Palacio de Biblioteca y Museos al que acudieron todos los embajadores y representantes de los países que participaron en la exposición:

Sobre los peldaños de la amplia escalinata que da acceso al edificio, habíase extendido una alfombra. Los salones estaban perfectamente alumbrados con luz eléctrica y llenos de exóticas plantas, cuyo vistoso ramaje y cuyas apropiadas combinaciones constituían el mejor adorno de aquel recinto. Cubrían además los muros de tan hermosas estancias variadas series de magníficos tapices. El banquete que debía dar principio á la fiesta fue verdaderamente espléndido y se sirvió en uno de los salones inmediatos al gran salón de actos

(Archivo diplomático y consular, diciembre de 1892)

Pero, pese a los contratiempos, la exposición fue todo un éxito: rivalizó con las Universales más espectaculares celebradas hasta la época y fue objeto de elogios en la prensa nacional e internacional. Es más, tuvo una especie de continuación en la Exposición Universal de Chicago (1893), dedicada también al Descubrimiento. De hecho gran parte de los expuesto aquí tuvo que ser enviado al otro lado del Atlántico para que aquélla pudiera iniciarse. Al hacerlo así, la exposición madrileña se clausuró el 5 de febrero de 1893 con un suntuoso banquete en Lhardy, quedando abierta únicamente la Exposición Histórico-Europea, aunque se temió que ambas cerraran simultáneamente.

El Salón de Lectura, convertido en auditorio

Los organizadores, con muy buen criterio, solicitaron mayor colaboración de los países participantes y ampliaron la Exposición Europea. Se mejoraron los catálogos, se instaló un libro de firmas en la Sala XI, se hicieron ciclos de conferencias, conciertos en el Salón de Lectura y se pensó en crear una revista sobre la muestra. La avalancha de público (algunos días hasta 6 mil personas aunque, como siempre, depende del periódico que uno mire) fue retrasando la fecha de clausura: de diciembre a marzo y de allí a junio. Y entre el público, cómo no, la infanta Isabel, que regresó aún algunas veces más.

La nueva exposición creció hasta ser reinaugurada como Exposición Histórico-Etnográfica y continuó abierta hasta el 30 de junio de 1893. Para hacernos una idea de su tamaño baste decir que cuatro meses después todavía seguían enviándose obras prestadas a sus países de origen.

Uno de los panegíricos más elocuentes para estas exposiciones fue escrito por la mismísima Emilia Pardo Bazán (podéis ver el texto completo al final del artículo):

Las Exposiciones históricas son aplastantes de puro magníficas, y para hacerse cargo solamente de lo más raro y hermoso entre tanta rareza y hermosura, se necesita frecuentarlas asiduamente un mes ó mes y medio (…) Para probarlo con sólo un ejemplo, citaré el de los cuatro soberbios Ticianos que he oido decir que adornan el comedor de los duques de Alba, y el de otro Ticiano maravilloso que admiré en casa de los duques de Hijar. Pero la Exposición americana es acaso la nata y flor de las curiosidades que nos legaron civilizaciones ya extinguidas.

(El Día 10/12/1892)

Por si la importancia cultural no es suficiente, se sabe, además, que salió rentable: recaudó 400.244 pesetas con una inversión de 346.012. Y también «ganamos» algunos objetos que no fueron recogidos por sus propietarios:

Un cuadro, grabado en metal, que representa «La degollación de los Inocentes.» Otro cuadro, en tabla, que representa «La Virgen amamantando al niño.» Cruz de madera labrada, en la que se lee: San Pedro de Alcántara (…)

(El Día 26/10/1893)

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  1. En un contexto histórico como el europeo del XIX, donde las Exposiciones Internacionales tenían gran peso (Londres, París 1889, 1900, Barcelona 1888…), Madrid estaba un poco distante de estas muestras.

    Esta Exposición Histórico-Americana de 1892, por lo menos es una muestra de que Madrid también quiso participar de este espíritu de las Exposiciones.

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