Larra y la pasión por el Carnaval

Mariano José de Larra, padre del periodismo español, se suicidó pegándose un tiro un día de Carnaval, el lunes 13 de febrero de 1837. A punto de cumplir los 28 años, Larra gozaba ya de una gran reputación literaria, pero su amante fue a su casa para romper la relación y él no pudo soportarlo. Es el misterio de su muerte, de las pasiones humanas y de una época, la del Romanticismo, en que la idea de morir por amor se puso de moda y se representaba en el teatro.

Larra, cuyo artículo más conocido es el titulado Vuelva usted mañana, está relacionado con el Carnaval no sólo por su muerte. Dedicó varios artículos a glosar estos días de jolgorio popular, de disfraces y bailes, de bromas y comparsas callejeras. El más conocido lo escribió en El Pobrecito Hablador, revista satírica fundada por él mismo, con el título: El mundo todo es máscaras; todo el año es Carnaval.

En este artículo, Larra describe los disfraces de algunos bailes de máscaras de una noche de Carnaval, la confusión de identidades, el encuentro furtivo de amantes a espaldas de sus esposos/as, las intrigas, los malos entendidos… Sin embargo, es un artículo de costumbres a medias, porque también tiene su parte filosófica. El periodista acaba denunciando algo más universal e intemporal: la hipocresía, el hecho de que en realidad mucha gente no necesita ponerse careta porque la lleva puesta siempre; hay máscaras todo el año.

Más tarde, con el pseudónimo de Fígaro, Larra escribiría en otros periódicos artículos sobre el Carnaval que sí eran crónicas en sentido estricto. En ellos hablaba de la competencia de los dos teatros madrileños, el del Príncipe y el de la Cruz, por atraer al público a sus bailes de máscaras, la reventa de entradas, los bailes celebrados en salones y casas particulares, la calidad del ambigú, que es como se llamaba al bufé, la calidad de la orquesta, de los disfraces…

Uno de los salones de moda y que probablemente Larra frecuentaría era el Salón Oriental, o de Oriente, que llegaría a convertirse años después en el Teatro Real. Afortunadamente, hay una ilustración de este salón que publicó en su portada el Semanario Pintoresco Español.

Baile de máscaras en el Salón de Oriente, publicado en el Semanario Pintoresco

Baile de máscaras en el Salón de Oriente, publicado en el Semanario Pintoresco

Aunque la calidad de la imagen no es buena, dado que la técnica del grabado en prensa estaban en sus comienzos, sirve para darnos una idea de cómo eran los bailes de máscaras en tiempos de Larra. Precisamente este número se publicó el 5 de febrero de 1837, unos días antes de que el escritor se quitara la vida.

El editor del Semanario Pintoresco era otro gran costumbrista, Mesonero Romanos, quien firma con su pseudónimo, El Curioso parlante, el artículo  que acompaña al grabado y que nos informa de los disfraces utilizados por los asistentes al baile:

Colocados en medio del Salón veíamos indiferentes y con aire de estupidez el rápido movimiento, los encontrados giros de moros y valencianas, de beatas y dominós, de arlequines y capuchones

No se comprendería la pasión por el Carnaval de esos años sin tener presente su contexto, el momento histórico. Esta fiesta antiquísima de origen pagano, que sufría prohibiciones periódicas, reapareció con fuerza tras la muerte del rey  Fernando VII impulsada por su joven esposa María Cristina de Borbón, que quería el trono para su hija y se apoyó en los liberales en la lucha contra su cuñado don Carlos. En medio de la guerra carlista que devastaba varias provincias españolas, el Carnaval en Madrid y en otras ciudades gozó de un esplendor como pocas veces había conocido gracias al vendaval de libertad que trajo el régimen constitucional.

De hecho, aunque estrictamente los días de Carnaval con comparsas callejeras eran los tres anteriores al miércoles de Cuaresma, los bailes de máscaras se empezaban a celebrar desde comienzo de año. No hay nada como mirar esta página del Diario de Avisos para constatar por los numerosos anuncios que los bailes de disfraces eran una auténtica fiebre:

Página del Diario de Avisos con anuncios de bailes de máscaras en el Carnaval de 1837

Página del Diario de Avisos con anuncios de bailes de máscaras en el Carnaval de 1837

Eran varios los locales que se disputaban el favor del público, que hacía cola y se apretujaba para bailar la mazurka, el fandango, el rigodón y otros bailes. Un bastonero marcaba el ritmo para que las parejas no perdieran el compás.

Uno de los anuncios corresponde a la plaza de toros. Por primera vez los cosos taurinos de Madrid y otras ciudades fueron habilitados para los saraos. Miles de personas de las clases populares acudían a los bailes, que se habían democratizado. En la publicidad de la plaza de toros se da además noticia de un curioso detalle:

 Cuando la autoridad lo ordene se permitirá la subida a dos cucañas, que contendrán la una un jamón y un bolsillo con 100 reales y la otra cuatro docenas de chorizos y otros 100 reales que servirán de premio al que tenga la destreza de llegar a tocarlo; advirtiéndose que estarán mas bajas que en el año anterior, y de ningún modo untados los palos…

El mismo anuncio continúa con la apoteosis del himno de Riego, el mártir liberal:

El baile finalizará al ponerse el Sol, anunciándolo las músicas tocando todas el himno de Riego. El todo de la función se concluirá echando un magnífico globo aerostático, y con una muy vistosa de fuegos artificiales…

Larra escribió en enero de 1834 una serie de artículos sobre los bailes de máscaras en La Revista Española, en la que firmaba con el pseudónimo de Fígaro. El día 17 habla del celebrado en el salón del café de Santa Catalina como el mejor baile de los habidos hasta entonces, y el día 19 publica otra crónica remarcando que los bailes en este salón son mejores que los del Teatro del Príncipe en cuanto a concurrencia y lujo.

   Curiosamente, un crítico de otro periódico había publicado que no estaba de acuerdo con esa apreciación y Larra le dispara con su característica ironía mordaz:

Tenemos el mayor placer en saber que D. Manuel Puig está contento en los bailes del teatro. Damos la enhorabuena a D. Manuel Puig. La verdadera filosofía es contentarse con poco.

Precisamente, el Teatro del Príncipe, donde se celebraron bailes en la segunda mitad del siglo XVIII, es escenario de la pintura española más espectacular de esta costumbre de Carnaval. Se trata del cuadro realizado por Luis Paret conservado en el Museo del Prado del que la Biblioteca Nacional posee el grabado que hizo Salvador Carmona:

Grabado del cuadro de Paret del baile de máscaras en el Teatro del Príncipe

Grabado del cuadro de Paret del baile de máscaras en el Teatro del Príncipe

 

Baile de disfraces en el Teatro Real, publicado en El Mundo Pintoresco

Baile de disfraces en el Teatro Real, publicado en El Mundo Pintoresco

Aunque para hacerse una idea mejor de cómo eran estos saraos en la época de Larra, es mejor ver un grabado de unos años posterior a su muerte, como el publicado en El Mundo Pintoresco (13/3/1859) en el que se aprecian con claridad los disfraces de la época en un baile en el Teatro Real, coliseo que se había inaugurado hacía poco.

Una comparsa callejera de carnaval, en la Revista de Teatros

Una comparsa callejera de carnaval, en la Revista de Teatros

Es curioso comprobar cómo según pasaban los años y con la consolidación del régimen constitucional la fiesta del carnaval fue normalizándose y la intensidad con la que se vivió  en la década de 1830 fue atemperándose en la siguiente. En la Revista de Teatros (2/2/1845) se puede leer como cada vez había más gente que iba a los bailes sin máscara, aunque los disfraces callejeros no habían perdido fuerza, como refleja la comparsa que acompaña al texto:

  Las máscaras han perdido una gran parte de la animación que tenían hace algunos años… El entusiasmo con que fueron inauguradas en los salones de Santa Catalina y los teatros fue en aumento con los magníficos salones que se le ofrecieron en Oriente y Villahermosa. Entonces se hacia notablemente risible la persona que se presentaba en estos bailes con la cara descubierta…

Larra vivió pues unos años muy especiales de auténtica fiebre por el Carnaval, consecuencia lógica tras la represión que, junto con las ideas liberales, había sufrido la fiesta bajo el régimen absolutista del rey Fernando VII. Se puede comprobar en este bando del año anterior a la muerte del monarca en el que se prohíbe ir con máscaras por la calle y vender o alquilar caretas.

Una vez los liberales en el poder la cosa cambia por completo. Así, en 1834 vemos cómo el periódico El Mensagero de las Cortes saluda alborozado el primer baile en el Teatro del Príncipe y alude al tiempo de libertad permitido a las mujeres, insinuando las intrigas amorosas que se producían y que describió Larra:

Llegó por fin el Carnaval, llegó el tiempo con que por diez meses del año sueñan las muchachas, que las mujeres esperan con ansia y los maridos miran con el mismo santo horror y miedo que pudiera un inquisidor al aquelarre de Zugarramurdi…

Ilustracicón del Entierro de la Sardina en el Museo de las Familias

Ilustracicón del Entierro de la Sardina en el Museo de las Familias

Una fiesta de Carnaval no estaría completa sin el Entierro de la Sardina, el acto popular que le pone punto y final antes de la llegada de la triste Cuaresma. De aquella época hay un simpático grabado que publicó el Museo de las Familias (25/2/1847):

En el amplio reportaje que acompaña a la ilustración se detalla en que consistía entonces esta irreverente procesión lúdica:

Porción de parejas de gentes de la plebe se disfraza de frailes, curas y demás gentes de iglesia, llevando pendones, estandartes y mangas parroquiales estrañas, con escobones o geringas por hisopo, orinales por calderilla y otras insignias burlescas. Todas estas turbas conducen en una caja de muerto o en unas angarillas que llevan al hombro cuatro robustos mozos, un pellejo o bota de vino con una careta, o un pelele en cuya boca ponen una sardina, y de este modo precedidos de un tambor o de clarines y bocinas, recorren muchas veces la pradera cantando lúgubremente imitando a los cánticos de los entierros y aspergeando a los circunstantes en sus fingidos responsos con los escobones llenos de agua. Luego que se cansan concluyen por enterrar en un hoyo la sardina, y ponerse a merendar y beberse el vino del pellejo que hizo de muerto.

Se podía pensar que llegado el Miércoles de Ceniza se acababa todo y llegaban los días de ayuno y penitencia. Pero si en la década de 1840 el Carnaval al normalizarse había perdido algo de intensidad respecto a los años anteriores, por contra el tiempo de jolgorio se había prolongado y los saraos habían invadido hasta el primer domingo de Cuaresma.

El periódico El Laberinto (1/3/1844) dejó constancia de ello con este grabado del conocido como El Baile de Piñata, una costumbre que aún conservamos reconvertida en fiesta infantil.

El Baile de Piñata en el periódico El Laberinto

El Baile de Piñata en el periódico El Laberinto

Tras quejarse por el hecho de que la Piñata se había convertido en un negocio para las empresas que organizaban en locales sorteos y rifas, el periodista cuenta que en su origen era una diversión doméstica:

   Consistía en reunirse media docena de familias, gente de casa, hacer un globito de papel, llenarle de dulces y pájaros y romperle: para cuya última operación, vendaban los ojos a la joven mas decidida; si esta no atinaba a otra; e idem, idem con todas las presentes; comíanse los dulces en buena paz, antes de las doce para no quebrantar el ayuno del lunes, y al poco rato se disolvía la reunión.

Con motivo del centenario del nacimiento de Larra, la Ilustración Artística le dedicó su portada y un amplio reportaje (22/3/1909). Se asistía entonces a un revival del escritor y periodista, a quien por su honda sensibilidad para hablar de los males del país se le veía como el antecedente directo de los autores de la generación del 98 y su sentido dolor de España.

Dibujo de Larra en la portada de La Ilustación Artística en el centenario de su nacimiento

Dibujo de Larra en la portada de La Ilustación Artística en el centenario de su nacimiento

También la vinculación de Larra con el Carnaval debido a su desastrado fin nos ha acompañado hasta hoy. En ocasiones nos parece como si su absurda muerte no hubiera sido más que una representación teatral, una ficción y no una realidad trágica.

En 1935, en vísperas de la gran tragedia nacional de la Guerra Civil, el periódico La Nación publicó un artículo recordándole en el primer día del Carnaval madrileño. Su autor, que en un exceso de adoración por el escritor culpa de su muerte a su amante Dolores Armijo por abandonarle, escribió entonces estas sentidas líneas:

Yo he visto en los carnavales madrileños cruzar, entre el bullicio de la gran ciudad, el entierro romántico de Larra; el espíritu de su filosofía, azotando a la humanidad, enloquecido y epileptoide; su nobleza infinita, consolando a los Fígaros de ahora, perdonando a las Dolores de hoy, diciendo a todos la canción lejana de su romanticismo antiguo…

 

Comparte

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *