La epopeya del libro

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo.
El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

                                                                                                              Jorge Luis Borges

 

[Aristides] , 1821

[Aristides] , 1821 (INVENT/5528)

Como dice la historiadora Mary Beard, las antiguas Grecia y Roma no son entidades congeladas en el tiempo, sino que hoy en día seguimos manteniendo una conversación con ellas. Su influjo nos sigue llegando de manera cotidiana. Su cultura, sus tradiciones, su manera de entender el mundo todavía nos es perfectamente comprensible. Y la manera más eficaz en que su pensamiento ha sido transportado al presente ha sido a través de uno de sus inventos más imperecederos: el libro.

 

[Profecías de Ezequiel], (entre 0100 y 0299?)

[Profecías de Ezequiel]

En realidad, la historia del libro se puede llevar mucho más atrás y considerar que tuvo su propia “prehistoria”. La necesidad del ser humano de comunicarse y permanecer se manifiesta en las pinturas rupestres, en las marcas realizadas sobre piedras o huesos, incluso en la propia piel por medio de tatuajes. Pero el antecedente más parecido a lo que entendemos como libro se encuentra en las tablillas de barro sumerias, utilizadas desde el IV milenio a. C.  como base de la escritura cuneiforme. El siguiente paso en la evolución de lo que acabaría siendo el libro fue la utilización del papiro, planta originaria de Egipto que gracias a su ductilidad, capacidad y posibilidades de movilidad se convertiría en el soporte preferido para la escritura durante gran parte de la Antigüedad.

La creación del alfabeto fue uno de los grandes saltos intelectuales de la historia de la humanidad. Su perfeccionamiento por parte de los fenicios, que influirían decisivamente en la formación del alfabeto griego, aproximadamente en el siglo X a. C., y posteriormente del romano, que es el que seguimos utilizando, facilitó enormemente la expansión de la escritura y del libro. Hasta entonces, la complicada escritura era exclusiva de los escribas, casta minoritaria y privilegiada que se situaba en la cúspide del poder.

[Alfabeto figurado], entre 1550 y 1600?

[Alfabeto figurado], entre 1550 y 1600?

Con el alfabeto la escritura se democratizó en cierta medida, iniciándose un proceso de alfabetización que todavía no ha concluido. Además, antes del alfabeto las historias se transmitían preferentemente de manera oral, dejándose el testimonio escrito mayoritariamente para cuestiones administrativas. La Ilíada y las grandes obras literarias creadas hasta entonces se difundían a viva voz, gracias a las memorias prodigiosas de rapsodas errantes. Aunque la primera escritora conocida es muy anterior, la poetisa acadia Enheduanna, que vivió en el III milenio a. C., solo a partir de la creación del alfabeto los autores empezarían a dejar su firma, literalmente.

[Retrato de Alejandro Magno]

[Retrato de Alejandro Magno], (entre 1801 y 1900?) ER/578 (1)

El libro, primero simple apoyo para la memoria, permitiría que las ideas y las historias pasaran incólumes de generación en generación, pero  su triunfo no llegó sin controversia. Incluso sabios como Sócrates abominaron de este invento: un libro es un ser inerte, decía, que no te responde cuando le preguntas. Sabemos que lo dijo porque está escrito. En cualquier caso, el libro estaba destinado a triunfar. Y su expansión tendría como centro casi inevitable un lugar en el que el origen material del papiro, Egipto, y la cultura dominante de la época, la griega, se unieron: Alejandría. Esta ciudad, una de las decenas a las que Alejandro Magno había bautizado con su nombre, fue sede de la biblioteca más famosa de la antigüedad, y verdadero faro cultural de su época.

Aunque tras su muerte en 323 a. C. quebró el imperio que el macedonio había forjado, la cultura helenística se mantuvo viva durante mucho más tiempo, siendo clave en la formación cultural romana, y más allá. La creación de la Biblioteca de Alejandría fue obra de Ptolomeo I, cuya intención fue formar una biblioteca universal que acogiera todos los libros que existieran. Para completar tan extraordinaria epopeya, y bajo la supervisión del bibliotecario Demetrio de Falero, envió emisarios por todo el mundo a la caza de cualquier ejemplar que no estuviera en su posesión. Sin parar en gastos, y engaños si fuera necesario, Ptolomeo I reunió una colección esplendorosa, en la que se seguía la división aristotélica del saber, de la que todavía somos deudores; una Biblioteca abierta a todos los estudiosos y que, junto al Museo aledaño, pretendía ser el centro de creación más importante que se hubiera conocido.

Pero la biblioteca de Alejandría no se limitó a ser un simple depósito de libros. Allí filólogos especializados se encargaron de realizar ediciones maestras que sirvieran como modelo para realizar copias lo más fiables posibles a los originales. Allí los eruditos pudieron reunir compendios de historia, de literatura, escribir extensas bibliografías de incalculable valor para los investigadores. Allí se realizaron traducciones al griego que permitieron la pervivencia de culturas diversas; tal fue el caso de la célebre Biblia de los Setenta o de la traducción de los escritos zoroástricos, que ocupaban dos millones de versos. Para poder guiarse en este laberinto, se realizaron completos catálogos bibliográficos, que llegaron a ocupar 120 rollos de papiro (para hacerse una idea, cinco veces la extensión de La Ilíada). En el siglo III a. C., Calímaco, considerado uno de los fundadores de la ciencia bibliotecaria, creó los pinakes, fichas bibliográficas de enorme utilidad para conocer la literatura griega.

Etymologiae, (entre 0801 y 0900?)

Etymologiae, (entre 0801 y 0900?) VITR/14/3

Con el auge de la civilización griega, las materias que trataban los libros se diversificaron. Poesía, filosofía, ciencia, astrología, manuales de enseñanza… También entonces surgió por primera vez un incipiente comercio del libro, y se formaron colecciones de gran relevancia: las bibliotecas privadas. Según cuenta la historia, en el siglo II a. C. la biblioteca de Pérgamo, gran rival de la de Alejandría, había empezado a utilizar un nuevo material de escritura para el que se utilizaba la piel de animales: el pergamino. El papiro tenía algunas limitaciones, como su escasa vida media, 200 años en el mejor de los casos, lo que explica que no se hayan conservado ejemplares en Europa, o el hecho de que los rollos hacían enormemente complicada la lectura. El pergamino era más caro, pero en contrapartida mucho más manejable y se podía reutilizar.

Ya fuera a través de papiros o pergaminos, el legado de la cultura helenística permaneció vivo durante la hegemonía de Roma. En un mundo en el que las comunicaciones eran difíciles y las distancias casi insalvables, la difusión de la cultura helenística sirvió para fortalecer un sentimiento de comunidad. De las colonias griegas en la península ibérica a sus asentamientos en Asia Menor, la educación era muy similar, basada en Homero y en una cosmovision que había permitido forjar una idea de unidad global en la que el idioma griego ejercía como lengua franca. De hecho, es gracias a la utilización de los textos clásicos en las escuelas que muchos de estos libros han llegado a nuestros días, ya que su proliferación ha permitido su supervivencia. Es sabido que los antiguos romanos adoptaron y adaptaron los mitos y las ideas griegas a sus necesidades. Esquilo, Sófocles, Eurípides, Herodoto, Jenofonte, Platón, Aristóteles, etc., siguieron siendo nombres populares para cualquier que se preciara de tener una buena formación. Incluso los autores latinos se vanagloriaban de ser imitadores de sus colosales antecesores.

Sin embargo, en los primeros siglos de la expansión romana la industria y el comercio del libro eran casi inexistentes. Las bibliotecas eran privativas de los más ricos, y a menudo se formaban con botines de guerra, como la de Escipión o Lúculo, y mayoritariamente con textos en griego. Por contraste, aunque el libro era un objeto de lujo solo al alcance de los más privilegiados, las manos que los hacían posible eran esclavas. Ellos eran los que se encargaban de su manufactura, de copiarlos e incluso de leerlos en voz alta para sus amos. La exclusividad del libro también llegaba a los autores, que no obtenían ningún beneficio económico de sus escritos. Así como los dueños de las bibliotecas privadas más deslumbrantes a menudo se movían más por la ostentación que por el interés en la lectura, los escritores se dedicaban a este oficio por pura satisfacción o en busca de gloria y fama, sostenidos por su propia fortuna o por la protección de mecenas.

[Página del códice de Alfonso X]/ J. Laurent. Photo, 1863?

[Página del códice de Alfonso X]/ J. Laurent. Photo, 1863? (17/33/33)

Un avance fundamental en la formación del libro moderno fue la creación del códice en el siglo I d. C. Su origen fueron las tablillas de cera que se utilizaban para hacer ejercicios de escritura, y que permitían una encuadernación que facilitaba las labores de conservación e identificación, además de ampliar la superficie en la que se podía escribir. También la inclusión de índices, que hacía más sencillo encontrar el contenido deseado, favoreció su éxito. Los códices servían como una especie de bloc de notas y tuvieron un formato “de bolsillo”, los pugillares, de gran popularidad. En un principio todavía se alternaba el uso de papiro y pergamino, aunque con el tiempo el uso de los rollos de papiro se vería reducido a las ocasiones más solemnes.

Como dice Irene Vallejo en El infinito en un junco, “los nuevos inventos y los avances materiales suelen ir de la mano de las grandes revoluciones del conocimiento. En la civilización romana, el precio más asequible de los libros permitió que muchas personas hasta entonces excluidas del perímetro de los privilegios pudieran leer”. Si ya desde el siglo I. a. C. habían surgido las primeras librerías en Roma, que eran unos talleres de escritura en los que también se vendían libros, con la llegada del códice, que permitía una mayor movilidad y un considerable abaratamiento, el comercio del libro vivió una prosperidad inaudita. Los temas sobre los que se escribía se diversificaron y el número de lectores se multiplicó. También entonces aparecieron libros ilustrados tan llamativos como las Imágenes de Varrón, con 700 efigies de los autores más destacados. Y es que junto a escritores de la talla de Virgilio, Séneca u Ovidio, aparecieron los escritores espontáneos que dejaron su huella en grafittis y panfletos. De igual manera, se estableció la figura del librero, estable y ambulante, y surgieron numerosas bibliotecas públicas. La primera de ellas, ideada por Julio César pero erigida tras su asesinato, fue la que creó Asinio Polión en el Atrium Libertatis. Los primeros emperadores continuaron la tradición, como símbolo de su poder y magnanimidad, y así se fundaron las bibliotecas Octaviana y Palatina por orden de Augusto, o la de Ulpia, gracias a Trajano.

Beato de Liébana: códice de Fernando I y Dña. Sancha, 1047

Beato de Liébana: códice de Fernando I y Dña. Sancha, 1047

El impulso definitivo del códice llegaría a partir del siglo IV con los  cristianos, que utilizarían las facilidades que daba este formato -también para ser ocultado- en su labor de expansión de la fe. Con profusión de imágenes para ayudar a la comprensión del texto, la ilustración de los libros se convertiría en un arte en sí mismo que nos ha dejado algunas obras maestras por su belleza formal, más allá de su contenido. Estas obras fueron copiadas e iluminadas en manuscritos durante la Edad Media por monjes y monjas que hicieron posible la pervivencia de la cultura clásica durante las épocas más difíciles; hasta que llegó la imprenta y todo cambió.

Pero ya sea a través de libros impresos en papel, libros electrónicos o pantallas de ordenador, lo más esencial permanece, negro sobre blanco.

 

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Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. Me ha encantado el artículo la epopeya del libro. Y recomiendo el libro de Irene Vallejo “El Infinito en Junco” a quien no lo haya leído aún

  2. Magnífica epopeya, Antonio. Gran lectura para un tiempo «raro» lleno, espero, de lecturas. Como tú bien dices, lo esencial permanece, negro sobre blanco… Gracias!

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