Julio Caro Baroja (Madrid 1914-Vera de Bidasoa, Navarra 1995)

….Si hay una identidad hay que buscarla en el amor. Ni más ni menos. Amor al país en que hemos nacido o vivido. Amar a sus montes, prados, bosques, amar a su idioma y sus costumbres, sin exclusivismos. Amor a sus grandes hombres y no solo a un grupito de ellos. Amor también a los vecinos y a «los que no son como nosotros». Lo demás, es decir, la coacción, el ordenancismo, la agresividad, el lanzar las patas por alto ni es signo de «identidad» ni es vía para construir o reconstruir un país que pasa acaso por la mayor crisis de su Historia y que está muy desintegrado desde todos los puntos de vista

(Julio Caro Baroja. El Laberinto vasco, 1984)

Podríamos etiquetarle como Polígrafo ya que encaja perfectamente en la definición que da el diccionario de la RAE de este término como aquel autor que ha escrito sobre materias diferentes. El volumen, la amplitud y variedad temática y cronológica de su obra ha hecho a veces difícil su clasificación en un área concreta del conocimiento. Él mismo se autocalificó como antropólogo, etnógrafo y folklorista aunque prefería la de historiador cultural. Sus estudios están centrados en especial en la antropología histórica y la historia de las ideas.

Julio Caro Baroja

Hombre liberal por genética y educación, nació en una familia de creadores y artistas y siempre reconoció que sin la biblioteca de sus tíos Pío y Ricardo Baroja no hubiera sido lo que llegó a ser en el campo de las Humanidades. Su vida es un continuo proceso de estudio e investigación en el terreno de las humanidades, acompañado siempre de un espíritu crítico y una ética que imprimió a su vida y a su obra.  A su gran erudición unía sus excelentes dotes de observador. Pero su erudición no era cansina o aburrida sino profunda y diversa.

Siempre recurría a los clásicos pues consideraba que en ellos estaba el origen del pensamiento occidental y además tenía una visión algo pesimista de la historia española contemporánea.

Su estricta y exigente metodología investigadora le llevó a recurrir a las fuentes primarias, bien a través de la consulta de documentos históricos y fuentes literarias, o bien directamente de testimonios de la tradición oral,  que recogía y anotaba en sus múltiples cuadernillos de bolsillo.

Viajó por Europa, África y América y en cada país frecuentó a los grandes especialistas de cada materia que trataba. Su viaje por África, en concreto por Sahara y Marruecos, adonde fue de la mano de Tomás García Figueras, el mejor estudioso de nuestro antiguo Protectorado en Marruecos, tuvo una misión etnográfica y desembocó en 1955 en su libro Estudios saharianos, que sigue siendo de consulta obligada.

Posee una inmensa obra publicada en el campo de la  antropología y etnografía. En 1929 publica su primer escrito en el Anuario de Eusko-Folklore. Otras publicaciones tempranas son La vida rural en Vera de Bidasoa (1944), Los Pueblos de España, ensayo de etnología (1946), o Los vascos (1946).

De los años 60 a los 80 es su etapa más fructífera. Recopilador de costumbres antiguas, fiestas, ritos, tradiciones, conjuros y brujerías. Sobre estos temas publicará, entre otros, Las Brujas y su mundo (1961), El carnaval (1965) o El señor inquisidor y otras vidas por oficio (1968).

Es necesario destacar también sus estudios en torno a minorías tan importantes en la historia de España como los  Judíos, moriscos o gitanos, en los que analizaba al mismo tiempo la mentalidad y el desarrollo de una sociedad que veía en estas minorías los causantes de sus desgracias:  La historia entre los nómadas saharianos (1955), Los moriscos del reino de Granada (1957) o Los judíos en la España moderna y contemporánea (1961) se han convertido en obras de referencia en esta materia.

Otra de las mejores maneras de aproximarnos a él es a través del estudio de su obra sobre el País Vasco como  Estudios vascos (1973), o El laberinto vasco (1984). En ellos aborda  la historia desde diversas perspectivas,  sin desligar el aspecto antropológico del arqueológico, lingüístico, histórico o político. Para Caro Baroja la historia y la antropología están indisolublemente unidos.

Fue miembro de la Real Academia de la Historia desde 1963,  y de la Real Academia Española  desde 1986. Entre sus galardones figuran el Premio Príncipe de Asturias (1983) y el  Premio Nacional de las Letras Españolas (1985), que  demuestran el reconocimiento a la calidad de su obra.

Sus trabajos constituyen, sin duda,  un punto de referencia de la literatura científica en todo el mundo.

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