¿Existe una ética de la catalogación? (Parte 1)

Como todas las profesiones, la de bibliotecario tiene también su corpus deontológico y códigos de buenas prácticas, derivado sobre todo de su función de servicio al público. En este contexto, el código ético del bibliotecario de IFLA detalla aspectos derivados de esta función de intermediarios, como son el garantizar el acceso universal a la información sin distinción de raza, religión, sexo, clase social o discapacidad, promover el acceso abierto y al mismo tiempo salvaguardar los derechos de los autores, velar por la confidencialidad de los datos personales de sus usuarios, mantener una saludable neutralidad ideológica en la formación de la colección y en la prestación de servicios y actuar con respeto y lealtad para con los compañeros de profesión. En España, tanto el código de SEDIC, aprobado por FESABID, como el del Col·legi Oficial de Bibliotecaris-Documentalistes de Catalunya, van en la misma dirección.

Mucho menos estudiado o incluso considerado, el trabajo de catalogación implica también una serie de decisiones, a menudo inconscientes, que podrían revisarse desde la luz de un comportamiento ético o de buenas prácticas. De modo muy superficial, el trabajo de catalogación se puede resumir como la tarea de extracción de información relacionada con el recurso que se está catalogando, y en la representación fiel de su contenido. Los datos que se reflejan en un registro tienen que bastar para sustituir al original, y transmitir de una manera sintética y suficiente la a menudo compleja red de colaboraciones que dan como fruto un producto editorial, o las relaciones que tiene el objeto catalogado con personas, entidades, temas o con otros objetos. Dan noticia, en suma, de una manera glacial, esquemática y necesariamente resumida del milagroso hecho de la creación intelectual.

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Las diferentes reglas o principios de catalogación dan a los catalogadores unos principios básicos generales de comportamiento a la hora de encontrarse con posibles situaciones conflictivas en esta labor de intermediario de la información. Dos de esos principios rectores tienen especial trascendencia: aquel que nos dice que debemos transcribir fielmente aquellos datos que el recurso catalogado nos proporciona, incluso reproduciendo erratas o falsedades, y aquel que nos dice que debemos ser igualmente fieles en respetar cómo un autor se denomina a sí mismo.

Fuera de estas líneas generales, no contamos con herramientas que nos orienten sobre cómo proceder en casos conflictivos, o incluso dentro de ellas, la casuística nos pone en ocasiones en algún aprieto. En esta serie vamos a reproducir algunos casos reales, dentro del anonimato general al que nos obliga nuestro código deontológico antes reseñado, cuyas peculiaridades nos han llevado a tomar decisiones que en algunos casos han tenido consecuencias no deseadas.

CASO 1. ME LO CREO TODO

El que esto suscribe es un escéptico profesional. Nada me dicen las cartas, ni las estrellas, ni los posos de café, no me puedo creer a los magos, curanderos, mercaderes del más allá, ni consigo trascender a las energías positivas o negativas, karmas, chacras, que al parecer inundan todo a nuestro alrededor. Esta maldición del materialismo que me acompaña la tengo que dejar en la puerta todos los días para abrazar el sacrosanto principio de neutralidad y representación antes aludidos. Los catalogadores nos vemos impelidos a creernos todo lo que un libro nos diga, tanto si lo ha escrito un perro, un muñeco, un personaje de ficción, un espíritu poseyendo a un médium, un extraterrestre o incluso las mismas energías primarias de la Tierra. De todo he visto en mis ya considerables años de experiencia. He dado por buenas biografías fabulosas de autores que nunca existieron, libros escritos por personas que vienen del futuro, por Dioses, personajes bíblicos, máquinas, animales de todo tipo… La actuación en estos casos es contradictoria, y genera tensiones relacionadas con el límite del deber de fidelidad a cómo una obra y un autor se presentan a sí mismos, y el deber de hacer un registro coherente, útil y creíble.

'Los catalogadores nos vemos impelidos a creernos todo lo que un libro nos diga' @3186Ricardo Clic para tuitear

Entre los autores de este tipo de productos, podemos distinguir varías categorías: personas que efectivamente creen en lo que están haciendo, y ante lo que se debe actuar con el debido respeto, y los meros seudónimos, creados con mayor o menor sentido del humor, buscando el anonimato, la ofensa o simplemente un efecto cómico. Me referiré más adelante a estos casos. En terreno de nadie están los fácilmente identificables embaucadores, timadores, o falsificadores. ¿Qué hacer en estos casos? ¿Qué se puede hacer con un supuesto profesor de una universidad inexistente que clama haber encontrado el Evangelio secreto de Dios, o una Biblia herética? ¿Debe tratarse con la misma pulcritud con la que tratamos una edición de un texto apócrifo bíblico, o las diferentes versiones de la Biblia? ¿Y si alguien edita el texto íntegro del Necronomicón? ¿Y si el Capitán Alatriste o el Holandés Errante escriben un libro? ¿Hasta dónde fingimos que nos creemos todo? Debo confesar que muchas veces me veo tentado a desvelarlo todo, sobre todo cuando imagino la sonrisa del autor en su cubil creyendo que nos ha engañado a todos….

Y si todo esto debemos hacerlo así por neutralidad, ¿por qué ignoramos constantemente a todos esos autores de leyendas o libros de caballerías medievales que claman en sus obras haberse encontrado un manuscrito con las hazañas de sus héroes, y en cambio, consignamos aplicadamente como autores reales a lo que se anuncia como meros transcriptores? ¿Cuándo caduca la presunción de inocencia, entonces?

El Quijote, ¿obra de Cide Hamete Benengeli?

El Quijote, ¿obra de Cide Hamete Benengeli?

CASO 2. EL AUTOR ARREPENTIDO O LA DOBLE VIDA

Desde que el hombre quiso poner por escrito sus vivencias o sus fantasías, surgió el dilema de la auto-identificación. Y desde que pudo comprobar los destructivos efectos del arma arrojadiza que puede ser la materia escrita sintió la necesidad de esconderse después de tirar la piedra, de aguantar la risa agazapado entre los arbustos, esperando a que se propague el incendio. La etiología del seudónimo es variada: por juego, por necesidad, por supervivencia, por atractivo comercial, por burla a un conocido autor.

'El trato con seudónimos puede suscitar al catalogador sensible dilemas éticos' @3186Ricardo Clic para tuitear

La ortodoxia catalogadora o la catalogación comparada (una gran rama antropológica aún por explotar) varían mucho de un país o de una tradición a otra. Hay lugares de máximo respeto al autor en cuando a la constitución de lo que en la jerga se llaman “identidades bibliográficas” (llamadas en ocasiones en inglés persona, no confundir con nuestra palabra de igual escritura y diferente significado, valga de aviso a traductores), es decir, considerar de facto a cada seudónimo como un autor independiente. En otros países, en cambio, el catalogador pasa por encima de cualquiera de estas consideraciones y atropella y aglutina todas las vidas ficticias de un autor en una sola identidad. La tradición española queda a medio camino, respetando las dobles o triples vidas de un autor sólo en algunos casos (autores contemporáneos, véase vivos, o seudónimos especializados en algún tipo de obras). Las tendencias actuales en esta materia van a separar completamente cada uno de estos seudónimos en sus vidas separadas. Los que más saben sobre esto de los nombres (la Autoridad Internacional que asigna el número ISNI, un número que identifica unívocamente a los artistas y creadores), asignan un identificador a cada identidad distinta. Lo consideran esencial para la gestión de derechos. ¿Pero le encontraríamos sentido hoy a desperdigar la obra de Larra o Lope de Vega a través de sus numerosos seudónimos, por ejemplo?

'¿Encontraríamos sentido hoy a desperdigar la obra de Larra a través de sus numerosos seudónimos?' @3186Ricardo Clic para tuitear

El trato con seudónimos puede suscitar al catalogador sensible dilemas éticos que me gustaría sacar a consideración. Un buen amigo mío me confesó que firmó en su juventud unas biografías de personajes célebres para sacar algo de dinero. Rápidamente me ofrecí a identificarle correctamente como el autor de estas obras, lo que rechazó con urgencia tajantemente, al no estar muy orgulloso de aquel trabajo. ¿Actuamos entonces correctamente cuando averiguamos el nombre real de algún seudónimo de juventud y de algún modo lo relacionamos o lo hacemos constar en nuestros datos? Desde luego, un autor en activo puede hacer constar su oposición a este hecho, pero ¿tiene fecha de caducidad este respeto? ¿Qué opinarán los estudiosos del futuro, cuando no puedan rastrear correctamente la producción de algún autor?

Por otra parte, el principio general “ético” es respetar la forma en que un autor se da a conocer o es conocido en la posteridad, pero ¿qué tal se sentiría nuestro querido Dr. Thebussem si supiera que aún hoy aún le conocemos por su seudónimo, y que su nombre real no es más que un dato olvidado en algún registro? Pero hay otros casos más dudosos hoy. ¿Escogió Cecilia Böhl de Faber el seudónimo “Fernán Caballero” porque así quería darse a conocer o fueron las convenciones de la época las que le empujaron a adoptar el nombre de un hombre? ¿Aún hoy debe ser la forma preferente en los catálogos, publicaciones, etc el nombre de tal seudónimo?

El Dr. Thebussem, ¿un autor fagocitado por su seudónimo?

El Dr. Thebussem, ¿un autor fagocitado por su seudónimo?

Cecila Böhl de Faber = Fernán Caballero. ¿Un seudónimo "voluntario"?

Cecila Böhl de Faber = Fernán Caballero. ¿Un seudónimo «voluntario»?

 

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Me ha parecido súper interesante lo que plantéas y describes, muchas gracias, espero otro post relacionado con la nueva forma de catalogación RDA.

  2. Suscribo las opiniones (y dudas éticas) de Ricardo Santos en lo relativo a seudónimos y, especialmente, en lo relativo al «derecho al olvido».

    Sugiero una segundo post referido a la ética al asignar materias ya que esta es una tarea difícil y en la que con una relativa frecuencia se atribuyen segundas intenciones al catalogador (¡que en el 99% de los casos no han existido!).

    Hay temas como la política, los genocidios, etc. que siempre despiertan suspicacias por más aséptico que haya sido el catalogador…

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