Entrevista musical imaginaria en la Biblioteca Nacional de España

Hace tiempo que don Marcelino Menéndez Pelayo, Director que fue de la Biblioteca Nacional de España entre 1898-1912, viene pensando en hacer un homenaje a la Biblioteca en este año 2012 en que se cumple el 300 aniversario de su fundación. En 1912 no le dio tiempo a celebrar el 200 aniversario.

Ha decidido finalmente que lo hará mediante un pequeño Simposio en el que se reúnan personalidades que hayan sido un referente en la Institución. No ha sido tarea fácil determinarse por cuáles de ellas decidirse, no solo porque hayan sido muchas y de gran talla las que han colaborado en su nacimiento y gestión a lo largo de estos tres siglos, sino por elegirlas en torno a un tema que fuera realmente significativo, de gran alcance y cohesión. Un tema que fuera, en fin, pilar de la cultura y, por tanto, un lugar de reflexión común en que todos los asistentes tuvieran ideas o proyectos importantes sobre los que hablar. También era importante elegir un tema que estuviera altamente representado en la Biblioteca y en la cultura general de todos los tiempos.

Biblioteca Nacional. Escalera principal. 17/228/17

Y no queriendo dejar a nadie al margen de esta elección, ya fueran autores de todas las épocas, o arquitectos y decoradores, ideólogos, mecenas… el asunto se le complicaba aun más.

Por ello D. Marcelino ha decidido ser absolutamente aséptico y decide no ser él quien elija a los participantes para esta reunión. Ya fueron elegidos en su día. Serán aquellas personalidades que están en la maravillosa escalinata y portada que flanquea la Biblioteca, que son, todos ellos –sin ninguna duda- personalidades de enorme relieve y transcendiencia en la cultura española de todos los tiempos, puestos allí porque representan precisamente los más altos grados de excelencia en el saber, la reflexión, la historia y el arte.

D. Marcelino se ha quedado muy satisfecho y tranquilo con esta decisión por estar seguro de que con ello no molestaría a nadie. Al repasarlos mentalmente se reafirma aun más en su buena y aséptica idea:

  • S. Isidoro de Sevilla (550-633)
  • Alfonso X El Sabio (1221-1284)
  • Antonio de Nebrija (1444-1522)
  • Luis Vives (1492-1540)
  • Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
  • Félix Lope de Vega Carpio (1562-1635)
  • P. Juan de Mariana (1536-1624)
  • Pedro Calderón de la Barca (1600-1681)
  • Fray Luis de León (1527-1591)
  • Teresa de Jesús (1515-1582)

Al observar que no hay ningún heterodoxo –que él sepa- en el grupo (dejemos al margen ahora el asunto de Vives) ha sonreído con una cierta malévola y pícara malicia, que tiene más de ironía que otra cosa. En todo caso piensa que no es él quien los ha elegido…

El tema común le ha venido dado sin esfuerzo, casi sin necesidad de pensarlo. Y, además, esta sorprendente coincidencia le ha alegrado mucho.

Comenzando con Isidoro de Sevilla y Alfonso X el Sabio, que son las dos formidables figuras sedentes en el centro de la escalinata y siguiendo hacia arriba con las cuatro figuras que están de pie, flanqueando dos a cada lado la puerta principal, Nebrija-Vives y Cervantes-Lope de Vega, y luego más arriba, en los medallones, donde se ve a Calderón de la Barca, Fr. Luis de León y a Teresa de Jesús…, don Marcelino caía en la cuenta de que a todos ellos les unía un tema común sobre el que precisamente él había trabajado y sobre el que sentía una interna necesidad por evaluarle con mayor exactitud y por dejarle bien asentado y justipreciado dentro del conjunto de los saberes y de la consideración filosófica o estética, cosa que no se había hecho en la modernidad. Y, por supuesto, pretendía también una valoración de los documentos que sobre el tema conservara o pudiera adquirir su Biblioteca.

Había publicado él hacía algún tiempo aquel famoso trabajo sobre Historia de las ideas estéticas en España, 1883, (que todavía hoy se lee con muchísimo provecho) en que dedica muy buenos capítulos a la estética española de la música, lo que viene a ser una agradable sorpresa para quienes leen crítica literaria de aquel entonces.

Dice en él que la mayor parte de la información que hay sobre música en su libro se la debe a don Francisco Asenjo Barbieri, músico famoso y también musicólogo de excelencia, con quien mantenía habitualmente conversaciones sobre el tema y a quien don Marcelino reconoce generosamente diciendo que “lo que haya de nuevo y de importante en este capítulo, al señor Barbieri se le deberá” [Se refiere al cap. XII, aunque también cabe decirlo de los anteriores y siguientes]. Había mucho de nuevo en la musicología de aquella época. Barbieri nos mostró muchas de esas novedades y, sobre todo, animó a los estudiosos de la música o de la estética en general a que situaran la música en el lugar de excelencia que le corresponde dentro de la historia de la cultura de todos los tiempos.

Don Marcelino ha caído en la cuenta de que la obra de los personajes citados a quienes quiere reunir tiene mucho que ver con la música. Es más, observa que todos ellos han hecho importante obra sobre la música. Lo descubre con cierta sorpresa conforme repasa mentalmente la actividad de cada uno de ellos. No es la sorpresa de conocer lo que él ya sabe que han hecho, sino la de comprobar de forma global que todos ellos han intervenido en el mundo de la música con una intensidad y amplitud en la que él nunca se había detenido a considerar. Y piensa que hay muchos estudios por hacer todavía. La música es en ellos el denominador común.

Isidoro de Sevilla tiene todo un tratado de Música en las Etimologías que es de los más citados a lo largo de toda la Edad Media; toda Europa nos envidia por la maravillosa colección de las Cantigas del Rey Alfonso X el Sabio; … Si subimos más arriba nos encontramos franqueando la puerta principal, a la derecha, Lope de Vega, que es el primer libretista de la ópera en España; a su derecha está su “íntimo amigo” Miguel de Cervantes, quien utiliza la música como un elemento constante y de gran presencia en toda su obra, sea por las enorme cantidad de instrumentos, danzas, bailes…que cita y utiliza como por los grandiosos momentos en que utiliza el silencio… que también es música… Hay que decir que hasta a Don Quijote le hace cantar y tocar la vigüela, aunque tuviese una voz algo “ronquilla”. Más arriba está Calderón de la Barca, en una medalla, autor a quien hay que considerarle asimismo de suma importancia en el nacimiento de la ópera en España y, desde luego, en la utilización de la música a lo largo de toda su obra, especialmente en los Autos Sacramentales.

¿Quién no conoce en todo occidente el famoso poema de Fray Luis de León al ciego organista Francisco de Salinas, poema que viene a significar uno de los momentos poéticos más importantes de la poesía de todos los tiempos, en el que se expone de forma aún no superada el matemático y poético mundo pitagórico y platónico: “El aire se serena / y viste de hermosura y luz no usada, / Salinas, cuando suena/ la música extremada / por vuestra hábil mano gobernada/ a cuyo son divino…? ¿Quién no sabe de los villancicos de Santa Teresa que se cantaban en los conventos y donde aparecen con tanta gracia los nombres clásicos de Blas, Pascuala, Menga…? Don Marcelino ha querido convocar a la santa de Ávila también por ser la única mujer que está en la fachada.

Bastaría lo que Nebrija dice en el Capítulo II de su Gramática de la lengua castellana sobre los acentos cuando dice de forma maravillosa que todos cantamos al hablar además del poeta y el músico.

El humanismo de Vives ensalza la música ante sus estudiantes paseando con ellos y haciéndoles ver y sentir la armonía de las cosas y el orden de lo que el hombre ve.

Más directo es Juan de Mariana, quien dedica todo un capítulo a la música en su obra Del Rey y la institución real, dando a la música la importancia que tiene en la formación del príncipe y el uso que debe hacer el Rey de ella. Por otra parte se muestra muy crítico en su influyente obra Sobre los juegos públicos cuando habla de la música teatral en el capítulo XI y más aun cuando habla de forma furibunda contra la zarabanda en el capítulo XII, Del aile y cantar llamado zarabanda.

No hay duda, el tema del que se hablará, como conocimiento histórico, como estética y como pilar de la cultura, será la música. Y lo harán estos autores que flanquean la entrada a la Biblioteca Nacional de España. Nadie mejor que ellos.

Tiene también don Marcelino una gran complacencia al observar que, exceptuando quizá a Isidoro de Sevilla, no hay ningún músico práctico ni ningún tratadista (ya sea de música teórica o práctica). Isidoro de Sevilla, en efecto, es recopilador que recoge, aunque a veces con una cierta elaboración personal, lo que conoce de Boecio, Casiodoro… Por otra parte Alfonso X el Sabio podría ser considerado músico práctico si se atiende a lo que dijo de él su preceptor y –esta vez sí- tratadista, fr. Juan Gil de Zamora: [More quoque Davidico etiam, ad preconium Virginis gloriosae, multas et perpulchras composuit cantilenas, sonis convenientibus et proportionibus musicis modulatas.» Gil de Zamora, Biografía de Alfonso el Sabio, núm. 21. -BOLETÍN, tomo V, pág. 321.], pero tiene la sensación de que con esta cita lo que se hace es dar mayor autoridad a las Cantigas, al igual que se hizo en su día (dos siglos antes, allá por 1065) con el hoy más famoso que nunca Codex Calixtinus, el cual -con esta misma lógica- habría sido hecho por el Papa Calixto.

Piensa que esto es bueno porque ya en su Historia de las ideas Estéticas habló de músicos prácticos y tratadistas. Y piensa también que queda mucha reflexión por hacer con respecto a la utilización de la música por otros autores que sin ser músicos o tratadistas la utilizan en sus obras como parte constitutiva esencial: poetas, dramaturgos, novelistas, sainetistas, arquitectos, liturgistas, reyes, trovadores…

Elegidos los participantes y el tema no faltaba sino elegir el lugar de la reunión y, para que no le fuera complicado a nadie decidió don Marcelino que sería en la hermosa y amplia estancia que se ubica enfrente de la entrada principal, desde donde parten dos excelentes escaleras de mármol al piso superior y desde donde se accede propiamente a la Biblioteca. Digamos que es un salón de recepción y un distribuidor. El lugar es muy accesible y próximo a todos los asistentes. El propio don Marcelino no tendrá que moverse pues tiene allí su sede en formidable sillón frailuno desde donde hace tiempo recibe diariamente a todos los usuarios. Parece que no se fija, leyendo como está, pero conoce bien el pulso de la Biblioteca. Los que están en los medallones puedan bajar cómodamente por la escaleras de mármol y quienes están en la fachada principal tienen fácil y pronto acceso por la entrada principal.

Don Marcelino, como Director que es, no ha tenido problema en encargar a dos empleados de la cafetería-restaurante que preparen discretamente un piscolabis -eso sí, que sea variado, por lo variado de las épocas y de los gustos- y que lo dispongan en el lugar de la reunión. Otros dos empleados han colocado en la estancia unas sillas de tijera, iguales o muy parecidas a las que usan Isidoro de Sevilla y Alfonso X en la escalinata. También se ha dispuesto en la sala de la reunión una serie de códices manuscritos y de libros impresos para que los vean o comenten los congresistas, si viene al caso. Se ha preocupado también don Marcelino de que la estancia tenga una iluminación adecuada y suficiente con velas muy bien dispuestas. Alguien también ha perfumado muy delicada y suavemente el lugar de la reunión, como si quisiera conectar con la sensibilidad de todos. Y se diría que lo ha logrado.

La reunión, naturalmente, se celebrará durante la noche. La discreción y la tranquilidad que se requiere así lo aconsejan. La puntualidad ha sido extraordinaria. A la hora señalada por don Marcelino se ve bajar por las escaleras a Teresa de Jesús y Fray Luis de León, que, aunque lo hacen cada uno por una escalera distinta, bajan saludándose y hablando a distancia con gran contento por verse. Lo mismo hace el P. Mariana, que baja detrás de la abulense. Por la puerta principal entran Isidoro de Sevilla y Alfonso X el Sabio seguidos de Nebrija, Vives, Cervantes y Lope. Al igual que en cualquier Congreso hay un gran porcentaje de personas que se conocen y se saludan o evitan, según los casos. Y –claro está- Cervantes y Lope, que se han saludado bastante más calurosamente de lo que se suponía, conocen a todos los otros, sea de oídas o de leídas. Les conocen muy bien, podría decirse. Mariana trabaja en una edición de las obras de Isidoro de Sevilla recientemente. Todos han leído a San Isidoro o, al menos, parcialmente. El Quijote o los poemas de fray Luis son conocidos…

Quien no conoce a nadie es Isidoro de Sevilla, y se le nota algo desorientado en un principio, pero se percibe enseguida que está acostumbrado a relacionarse con la gente en reuniones y asambleas de todo tipo. Eso suele suceder en todos los Congresos. Luego todo el mundo empieza hablar y todo se va aclarando. Igual ha sucedido aquí, y, además, con cortesía, elegancia y suma discreción.

No obstante que la inteligencia y buen humor de los participantes propicie una relación tan fluida y natural desde el comienzo hay que destacar el enorme clima de respeto y recíproca admiración que todos disfrutan. Aunque sea en distinto grado, todos son conocedores de la valía y aportaciones que los demás han hecho en el campo de la cultura y del pensamiento. Y ello hace que todos se sientan deudores del resto. La humildad del sabio hace su aparición de inmediato y sublima las relaciones.

Cuando ya han entrado todos, don Marcelino reclama la palabra y, después de invitarles a que tomen asiento y darles la bienvenida, agradeciéndoles su presencia, les indica que él va a ser el moderador, dado que les conoce a todos y conoce la temática en toda su extensión cronológica. Y dice que, sin embargo, no la conoce en profundidad y que por esa razón ha invitado a don Francisco Asenjo Barbieri, quien, además de conocerles a todos y a sus obras, conoce –o más bien estudia- en profundidad el asunto sobre el que se va a tratar.

Ha explicado que se tratarán todos de “don” a fin de evitar equívocos y posibles vacilaciones que limitaran de alguna manera el discurso y eficacia de la reunión. Y ha evitado decir lo complicado que hubiera sido un trato de santo o de sabio que, por otra parte, ellos desconocen. Todos estuvieron muy de acuerdo con ello.

Sin muchos más preámbulos don Marcelino entra en el asunto de la música diciendo que en la Edad Media, en realidad, no se ha pensado la música, sino que se ha pensado desde la música, que es la que funda y organiza el mundo “constituyendo el pedestal de una civilización que se quiere una y universal”. Brevemente ha fundamentado esta idea en Pitágoras y Boecio recordando sus ideas sobre la música como número y su consonancias hechas con las proporciones que están en la naturaleza y, en primer lugar, en el mundo de las esferas celestes, que suenan maravillosamente bien al moverse, como no puede ser de otra manera. Ha hecho un pequeño excursus con esta y otras ideas y su presencia en la cultura occidental hasta el tiempo presente.

A nadie le ha sorprendido esta introducción. Más bien se ha visto en todos los reunidos un asentimiento y conformidad generales. Sabiendo que este era lugar común, ha preferido comenzar con él, y da un paso hacia adelante para comenzar lo que quiere que sea un diálogo abierto donde cada uno intervenga cuando lo crea oportuno y sobre el tema que le parezca oportuno. Y así, le hace una pregunta muy directa al Obispo Isidoro de Sevilla, no sin antes advertir que no lo hace por seguir un orden cronológico, sino por pensar que se trata de un punto de reflexión importante para el diálogo posterior.

-Don Isidoro, dice Vd. en sus Etimologías, obra conocida de todos nosotros, que la música es la “disciplina de las disciplinas y que sin ella no puede haber ninguna disciplina ni ciencia perfecta”. ¿Podría hablarnos Vd. de este asunto tan sorprendente a primera vista? Digo “sorprendente” para nosotros.

Don Isidoro ha esbozado una leve sonrisa, como sabiendo que quizá esto necesite, en efecto, una explicación para los más modernos, y ha respondido con mucha gravedad.

– En el fondo, ya ha dicho Vd. algo en la elocución que nos ha hecho, don Marcelino. Mire, nosotros hemos leído muy a fondo a Pitágoras y a Platón. La Armonía, que es un concepto filosófico, está trasladado a la música através de la Armonía del Universo. Quiero decir que el Universo, con todas sus esferas está proporcionado armónicamente y, por tanto, en su movimiento, el sonido que produce ha de ser –es- necesariamente armónico o consonante. Produce música. Es un instrumento. Pitágoras, de hecho, dicen que lo oía. Este macrocosmos tiene su reflejo en el microcosmos, que es el hombre, de tal forma que el hombre, cuando tiene armonía entre sus principales componentes, es decir, el alma y el cuerpo, se dice que es músico.

Cuando canta o hace música con instrumentos lo hace imitando las proporciones musicales que están en el Universo, en las esferas. Por ello, la música que el hombre hace es a imitación de la que el Universo produce, que es infinitamente más perfecta y hermosa.

Esa es la razón de que Boecio divida a la música en Mundana (la música de las esferas), Humana (la que está en el hombre) e Instrumental (la que produce el hombre, a imitación de la Música de las esferas).

No quisiera cansarles con las razones numéricas y proporcionales en que está basado el universo y la música…, que por ello es ciencia, pero permítanme que les diga brevísimamente con Boecio que debido a este alto carácter científico de la música, se considera más importante a quien conoce estas leyes que a quien solo interpreta la música.

No ha habido ninguna interpelación sobre este asunto y sí un grado de aceptación que es notorio en las miradas y actitudes de los reunidos. Incluso se nota una cierta relajación. Solamente Lope de Vega ha añadido una apostilla para corroborar que en la actualidad también se piensa así, o sea, que el hombre también es música, es música Humana de la que habla Boecio. Ha citado de memoria en una traducción suya a Shakespeare en El mercader de Venecia (V,1) a fin de que no se piense que estas ideas están solo en los tratados de música:

“ El hombre que no tiene en sí música
ni se mueve con la concordia de los dulces sonidos
es capaz de traiciones, estratagemas y maldades;
los movimientos de su espíritu son sordos como la noche
y sus afectos tenebrosos como el Erebo:
no os fiéis de un hombre así…”

También fray Luis de León, que conoce bien estas cosas, ha abundado brevemente en el concepto de Música Humana recordando un pensamiento que recoge Luis Venegas de Henestrosa en su Libro de Cifra Nueva para Tecla, Arpa y Vihuela, publicado en Alcalá de Henares en 1527 y que él conoce porque un hermano en religión se lo comentó. Dice Venegas del famoso Cardenal Tavera, a quien dedica el libro:

“… considerando la música tan cabal que Dios puso en aquel hombre
interior del Cardenal Don Juan Tavera…”

Es decir –explica fray Luis-, el Cardenal es músico porque es hombre armonioso, concorde, equilibrado… y no porque sea un cantante o instrumentista. Dice lo mismo que Shakespeare.

Sorprende cómo todos escuchan con una gran atención, intentando retener y razonar sobre lo que oyen más que buscando argumentos en contra o solo buscando algo que decir, aunque sea redundacia, defecto muy propio de esta época nuestra.

Don Franciso Asenjo Barbieri ha aprovechado que don Isidoro habla sobre las Etimologías para hacerle una pregunta sobre un asunto que la musicología se viene cuestionando últimamente con insistencia, un asunto que aparece al principio de su libro de Música, y que trata sobre si los sonidos de la música se pueden escribir.

El musicólogo le ha citado muy deprisa y con un cierto nerviosismo la frase en cuestión:

“Nisi ab homine memoria teneantur, soni pereunt quia scribi non possunt”. Incluso le ha dicho la cita exacta dentro de las Etimologías. Y añade:

– Don Isidoro, se ha hablado mucho sobre el contenido de esta frase en una ciencia que hoy llamamos Musicología, entendiendo que se refiere Vd. a que no es posible escribir los sonidos como escribimos, por ejemplo, los textos narrativos o, más exactamente, que no se pueden escribir los intervalos de las melodías.

Don Isidoro ha quedado muy sorprendido por esta interpretación y dice que en su época se conocía de hecho una notación que indicaba los intervalos, la que utilizaba Boecio y que, por consiguiente, sí se podían escribir los intervalos.

– Lo que yo quiero decir es lo que dice Quintiliano –aunque podría citar a otros autores- cuando habla de que los dialectos de otros pueblos no se pueden escribir, algo que para nosotros en una doctrina común archisabida. Y eso es evidente. ¿Cómo se va a poder escribir la especial forma de un dialecto, sus modismos, sus acentuaciones, su entonación… su “deje”… Eso es imposible. No se puede dejar por escrito. En la música sucede lo mismo, pero no porque no se puedan escribir los intervalos, sino porque no se puede escribir su especial modo de ser en los distintos lugares, sus aires, sus cadencias, sus adornos, su timbres, … “su aquel”, en definitiva. Me sorprende que se haya entendido en otro sentido lo que venimos diciendo todos desde hace tiempo. ¿Han leído Vds. a Quintiliano? Viene a decir lo mismo que yo o, mejor dicho, digo yo lo mismo que él:

“También en lo que atañe a los modos de pronunciar ocurren faltas de
articulación y de lengua, que no se pueden poner por escrito”

(“et illa per sonos accidunt, quae demonstrari scripto non possunt, vitia oris et linguae” (Institutiones oratoriae, Lib. I, cap. V, 32)

Para nosotros –continúa- este asunto es un lugar común. Por eso me extraña que esa ciencia de la Musicología que Vd. dice … En fin –comenta luego con cierta ironía- le habría dicho la cita de Quintiliano en latín, pero ya veo que debo andar con cuidado…

Aquí ha intervenido Don Félix Lope de Vega:

– De hecho, esta errada interpretación más bien parece propia de eso que Vd. ha llamado Musicología porque varios autores que yo podría citar de mi época no lo entienden así. Si Vds. leen a Zarlino verán claramente que se refiere a lo mismo que dice Quintilinao, citando precisamente a Isidoro de Sevilla. Esto me lo comentó mi maestro Vicente Espinel, “padre de la música”. Dice así el tratadista italiano:

“… percioche se l’huomo non ritiene li suoni et gli intervalli
delle voci musicali nella memoria, no fa proposito alcuno: e
questo aviene: perche non si possono a via alcuna scrivere”.

(Zarlino, Le institutioni harmoniche, Venecia, 1561, Prima Parte, cap. 10, p.20)

Es evidente –continúa Lope, a la vez que pide disculpas por esta nueva cita- que no se refiere a las notas musicales ni a otro tipo de escritura, que estaba ya desarrolladísima en la época de Zarlino, sino a lo que se refieren Quintiliano e Isidoro de Sevilla. Y también yo podría citar otros casos.

Quizá esta ciencia que Vds. llaman Musicología se haya obsesionado con la búsqueda del origen de la notación y haya formulado mal una pregunta que ha conducido a distanciamientos mayores. Ya saben Vds. que lo importante no son las respuestas sino las preguntas.

– Y no solo eso –añade don Miguel de Cervantes-, porque es también muy posible que no solo no hayan entendido el texto, sino que –lo que es más lastimoso- hayan dejado de entender su auténtico significado, a saber, que siempre hay algo más allá de la sola escritura y que aunque se tuviera la escritura musical, no se tendría por ello la música.

– Efectivamente –ha terciado fr. Luis de León-: ¿No es Platón quien nos habla en el diálogo Fedro de la desconfianza que tiene en la escritura, la cual, sin la memoria, de nada o de poco sirve? Dice el filósofo que sin la palabra, sin el diálogo no hay –claro está- dialéctica y por consiguiente no hay progreso. La escritura es muda, no dialoga y, por tanto, solo sirve para aquel que ya sabe lo que está leyendo. No puede preguntarle a un libro por alguna cuestión que no entiende porque el libro –la escritura- le responderá con el más rotundo de los silencios. Por eso la escritura necesita de la memoria. Es decir, la escritura es recordatorio de lo que ya se sabe. Igual que la escritura musical, la escritura al uso necesita siempre de la memoria. Incluso la actual.

Alguien –sin que se sepa muy bien quién- ha añadido que en la actualidad hay un tal Ferdinand Saussure quien viene a decir que “la escritura es una contaminación del lenguaje hablado”. Es lógico.

También en este punto ha habido mucho consenso, como si fueran cosas harto sabidas, pero que no hubieran llegado con claridad a los tiempos modernos. Y parece que se adivina en los asistentes una especie de sorpresa por la ignorancia de aspectos tan elementales. Alguien cita a Cicerón, en El Orador, cuando decía de sí mismo: “yo por una parte comprendo que a menudo parezca que digo novedades cuando digo cosas viejísimas pero no conocidas por la mayoría…”

– Estas y otras cosas –tercia Alfonso X El Sabio- hay que estudiarlas en la Universidad, que para ello hemos fundado una cátedra de música en Salamanca hace muy poco tiempo. Si no recuerdo mal, en 1254.

– Efectivamente –tercia enseguida fr. Luis de León-, y aún sigue en activo.

– Sí, pero hoy ya no podemos decir lo mismo –ha apostillado enseguida Barbieri- y es una verdadera lástima que las cosas hayan ido por esos derroteros. Habría que tener mucho más tacto con las cosas de la música. Me viene a la mente aquello que decía San Agustín: “La ignorancia de algunas cosas que pertenecen a la música oculta y vela no pocas sentencias” (De Doctrina Christiana, Lib. II, cap. XVI).

Don Marcelino, como moderador, ha tenido que explicarle a don Isidoro que la Universidad es una institución para el estudio de todas las ciencias. Su nombre viene de universitas studiorum et studentum, es decir, el lugar de todos los estudios y de todos los estudiantes. Y luego, cuando le ha tenido que decir que en la actualidad y desde hace tiempo no se estudia en ella la Música, aunque se estudió siempre desde las primeras universidades, lo ha tenido que hacer con suma delicadeza para no herir la sensibilidad del sevillano.

– Perdón -ha dicho don Isidoro- : ¿Dice Vd. que la música no tiene cabida en esa Universidad de que Vd. habla?

– Sí…, eso es…

– ¿Cómo pueden, entonces decir que explican el Quadrivium?

– Bien, estas cosas han cambiado algo… Desde ya hace varios siglos –continúa don Marcelino- está organizado el programa de los saberes, como sabe Vd., en letras y ciencias, o trivium y quadrivium. Se ha hecho un gran esfuerzo por hacer esta síntesis. La Música un lugar extraordinariamente importante en el estudio y enseñanza de las artes liberales, como ciencia del número, al lado de la aritmética, la geometría y la astrología. De hecho, a eso me refería cuando aclarábamos al principio de esta reunión que sin ella no podía existir ciencia ni disciplina perfecta. No entiendo…

– Sí, nosotros también nos lamentamos mucho –interviene Barbieri- por esta ausencia de la Música en la Universidad, aunque dudo de que si estuviera esta disciplina en la Universidad tal y como debería estarlo y con las materias que le son propias, -dudo, digo- que pudiera servir con su prestigio para levantar a esa institución del postergado lugar en que hoy se encuentra.

– No habría podido suponer que las cosas pudieran ir por estos derroteros… La pérdida me parece irreparable, pero ya entiendo que si no hay una comprensión correcta de lo que se dice… o si no se lee…

Como el diálogo parece que podría derivarse hacia cuestiones algo espinosas, don Marcelino ha querido cambiar el rumbo de la charla y les ha rogado a todos que se acerquen a ver una serie documentos musicales pertenecientes a la Biblioteca Nacional y a algún otro lugar próximo a Madrid, como es el caso del Monasterio del Escorial, que ha expuesto en un elegante mueble colocado a lo largo de una de las paredes de la estancia. En el lado opuesto está dispuesto el piscolabis. Le ha pedido a don Francisco Asenjo Barbieri que haga una breve presentación de los documentos, no sin antes señalar que ha elegido una breve, pero significativa selección de la riquísima colección que guarda la Biblioteca: códices litúrgicos de todas las épocas, libros impresos de música, tratados, partituras manuscritas de música vocal y de todo tipo de instrumentos… y otros muchos soportes modernos que contienen música.

Se nota una nerviosa curiosidad en todos por ver los documentos y su contenido. Una curiosidad que les hace precipitarse hacia los que cada uno conoce a simple vista. No es fácil describir la cara de asombro de don Alfonso X el Sabio al ver tres de sus cuatro códices de la Cantigas (dos de ellos, los más importantes, les han traído del Monasterio del Escorial, para que el Rey pudiera verlos de nuevo. Les mira y acaricia con tal mimo que enternece verle.

– Eran cuatro libros –dice de repente-. ¿No se conserva el otro? ¿Cómo han llegado hasta aquí?…

– Sí, don Alfonso –ha contestado enseguida Barbieri-, se conservan los cuatro. El cuarto está en Florencia…

– ¿Qué hace allí?. ¿No dejé dicho…?

– Ya… comprenda Vd. que han pasado muchos años…

En este momento interrumpe don Isidoro para hacer un comentario sobre una de las dos versiones que hay en las exposición sobre las Cantigas y una de Officiis.

– Son estupendas estas copias –comenta-, aunque no me gusta mucho la traducción. ¿Por qué y para quiénes las traducen? ¿No es más universal el latín?

– Verá Vd. …, don Isidoro, -comenta Menéndez Pelayo como lamentándose- desde hace mucho tiempo se vienen haciendo traducciones del latín a las lenguas vernáculas porque ya no lo entienden ni los estudiosos…

– ¿Se lo tienen que traducir Vds. para que lo entiendan?

– Sí, … así es.

– No me extraña que no puedan entender mis Etimologías… o, por lo menos, que se les escape mucho de su contenido.

Esto lo ha dicho don Isidoro con un cierto lamento y lástima.

A pesar de que Barbieri dirigía más o menos la muestra de los documentos, se formaban, sin embargo, breves conversaciones al margen de sus comentarios:

-¿Se ha fijado Vd. –le dice Lope a Cervantes- en este manuscrito de comediantes?

Se refiere al manuscrito de La Novena.

Teresa le comenta con sorpresa a Luis de León algunos detalles al ver sus poesías tan bien editadas.

Barbieri tenía abiertas estas obras de la santa por un lugar en que se mostraban varias cancioncillas y villancicos para ser cantados. Lo mismo había hecho con las ediciones de fray Luis de León, que tenía abiertas por la Oda a Salinas.

En fin, se van sucediendo otros excitantes y precipitados comentarios provocados por la sorpresa de ver obras propias y ajenas, presentadas en su versión original o en magníficas ediciones posteriores. Algunos solo conocen las suyas, otros las conocen todas, e incluso las han estudiado.

Isidoro de Sevilla mira con curiosidad algunos códices visigóticos que tienen, en efecto, notación musical. Barbieri se le queda mirando, pero no le comenta nada. Ha mirado también el sevillano varios misales, breviarios de los siglos X y XI; lee los textos con cierta dificultad, pero reconoce –según comenta- todas las rúbricas.

Le llama la atención que el tratado de matemáticas de Pedro Ciruelo, Quattuor mathematicarum…, tenga también esos signos que luego le han dicho que se llaman notas musicales y que son para escribir la música en esa época. El tema de las matemáticas siempre le ha entusiasmado y conoce muy bien su relación con la música, tema del que él mismo habla por extenso en sus Etimologías. Lo de los signos no acaba de entenderlo muy bien.

Nebrija curiosea una gramática de Donato que Barbieri ha expuesto muy a propósito para que alguien vea la relación entre la música y la gramática.

Vives curiosea con verdadera fruición entre los códices de literatura carolinos y también le llaman la atención las numerosas formas de escribir la música en los diversos códices, visigóticos, carolinos, humanistas…

Barbieri y don Marcelino ven con curiosidad la enorme cantidad de conocimientos que, por una parte tienen los contertulios y, a la vez, la enorme carencia de otros conocimientos… Quisieran preguntarle a cada uno mil cosas y detalles, para solucionarlas de una vez por todas pero comprenden que no pueden monopolizar la conversación y optan por seguir – a pesar de la enorme tentación- con la idea primera de hacer que la conversación fluya y vaya por donde la dinámica natural lo diga. Por otra parte se dan cuenta de que no es fácil hacer las preguntas…

¿Cómo va a entender, por ejemplo, Alfonso X El Sabio, que no sepamos leer con exactitud sus cantigas y –mucho menos- interpretarlas? ¿No le sorprendería que se haya dilapidado el altísimo grado de cultura que ellos lograron? ¿Entenderían Isidoro o el propio Alfonso el que nosotros hayamos escrito -¡transcrito, ahí es nada!- sus maravillosas obras a otra notación, desconocidísima para ellos, aun a sabiendas de que no entendemos bien la suya propia? ¿Cabe mayor disparate? ¿No nos preguntarían por qué lo hacemos? ¿Es más científica nuestra notación que la suya? ¿Traducimos, acaso, por ejemplo, el poema a Francisco de de Salinas de fr. Luis, con unas palabras más adecuadas e inteligibles para nosotros? ¿No es preferible aprender el idioma?

Mientras tanto alguien se ha topado con el poema de fr. Luis y sugiere que se lea en voz alta. La propuesta ha sido muy bien aceptada. El poeta rehúsa hacerlo y se encarga finalmente a Luis Vives que lo lea. Todos han tomado asiento, muchos de ellos conservando en las manos el libro que ojeaban en ese momento.

El aire se serena

Y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

La música extremada

Por vuestra hábil mano gobernada.

A cuyo son divino

El alma, que en olvido está sumida,

Torna a cobrar el tino

Y memoria perdida,

De su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,

En suerte y pensamientos se mejora;

El oro desconoce

Que el vulgo vil adora,

La belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo

Hasta llegar a la más alta esfera,

Y oye allí otro modo

De no perecedera

Música, que es de todas la primera.

Ve cómo el gran maestro,

A aquesta inmensa cítara aplicado,

Con movimiento diestro

Produce el son sagrado

Con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta

De números concordes, luego envía

Consonante respuesta;

Y entrambos a porfía

Mezclan una dulcísima armonía.

Aquí el alma navega

Por un mar de dulzura, y, finalmente,

En él ansí se anega,

Que ningún accidente

Extraño y peregrino oye o siente.

¡Oh, desmayo dichoso!

¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce oolvido!

Durase en tu reposo

Sin ser restituido

Jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A aqueste bien os llamo,

Gloria del apolíneo, sacro coro,

Amigos a quien amo

Sobre todo tesoro;

Que todo lo demás es triste lloro.

¡Oh!, suene de contino,

Salinas, vuestro son en mis oídos,

Por quien al bien divino

Despiertan los sentidos,

Quedando a lo demás adormecidos.

No ha habido aplausos al final, sino un largo silencio para la meditación y el disfrute del eco interior que ha dejado tan formidable poema. La estancia ha cobrado una dimensión más noble si cabe. La armonía de los versos, la serenidad del pensamiento y la claridad de la música en todo él han trasladado a los oyentes.

Barbieri, que es consciente de este especial momento, ha querido que se oiga música sin solución de continuidad… y, así, comienza a oírse, no sin cierta sorpresa para todos (menos para don Marcelino -claro- que para eso es el Director) una música que llega en un perfecto estado de audición, aunque sin verse su procedencia. La sorpresa primera desaparece enseguida ante las aun mayores sorpresas que proporcionan poco a poco las músicas tan diferentes y desconocidas para muchos de ellos, especialmente para Isidoro de Sevilla.

[Aquí se van a oír durante unos diez minutos breves trozos de músicas españolas muy variadas y muy reconocibles, que deben ser cronológicamente progresivas para que las sorpresa no sea tan tremenda y todos vayan reconociendo su época… hasta que salen de ella y comienzan a no entender]

– Canto llano

– Canto visigótico

– Canto de la sibila?

– Codex Calixtinus

– Cantigas

– Huelgas

– Llivre Bermell

– Misteri de Elche (polifonía)

– ——————————————————–

– Anchieta

– Encina

– Morales, Guerrero, Victoria

– Vihuelistas (Mudarra)

– Organistas (Cabezón)

– Guitarra

– Soler (Fandango)

– Falla

– Mompou

– Barbieri (“El barberillo de lavapiés”)

– Montsalvatge (Canciones negras)

Cuando ha terminado la música se miran unos a otros con el cierto escepticismo y sorpresa que se dibuja en los rostros. Aunque la música que se ha presentado es cronológicamente progresiva, lo que ha hecho que, al menos, buena parte del auditorio, se compenetrara con ella, la entendiera y disfrutara, al final –para todos- se ha llegado a oír músicas que les superaban en muchos años. En esos momentos finales el escepticismo se mezclaba con sonrisillas y ciertas caras o gestos de aprobación.

La situación que don Marcelino había querido provocar se había conseguido plenamente. Y este era el momento de abrir aun más la reunión a los comentarios que surgieran. Cuando él, como moderador, ha dado la palabra a quien quisiera tomarla, fr. Luis de León se ha adelantado para agradecer a don Luis Vives la magnífica lectura que ha hecho de su poema. Nobleza obliga.

Don Miguel de Cervantes ha recitado también aquellos versos que había dedicado a en alabanza de fray Luis:

Quisiera rematar mi dulce canto

En tal sazón, pastores, con loaros

Un ingenio que al mundo pone espanto

Y que pudiera en éxtasis robaros.

En él cifro y recojo todo cuanto

He mostrado hasta aquí y he de mostraros

Fray Luis de León es el que digo,

A quien yo reverencio, adoro y sigo.

Al fraile agustino le han sorprendido mucho estos versos y se le nota algo ruborizado.

A continuación se ha abierto un acalorado, apasionado, desorganizado y riquísmo debate o turno de opiniones sobre los más variados y, asimismo, desorganizados, apasionados y acalorados temas. Don Marcelino y Barbieri disfrutan enormemente con ello porque era justo lo que buscaban. Tras la sorpresa manifestada por todos los presentes ante la variedad de músicas tan distintas, pueden verse, como se decía, muchas caras de sorpresa y admiración.

– Yo quisiera decir –tercia enseguida don Juan de Mariana- que no sabría distinguir cuál es la música religiosa y cuál la profana.

– Oiga, Don Francisco –interviene algo nerviosa Teresa de Ávila antes de que nadie responda a la pregunta anterior- ¿podría decirme cuáles son todos esos instrumentos que han sonado en la última obra? ¡¿Cuántos son?! ¿Quién hace música tan distinta como la que hemos escuchado? ¡¿Dónde están?!…

Barbieri ha escamoteado alguna de las preguntas más comprometedoras de la monja –muchas de las cuales vienen a ser las de todos los asistentes- y se ha centrado en describir lo que es una orquesta y sus instrumentos, diciendo que serían en torno a unos 100 instrumentistas. Eso ha causado aun mayor asombro. Luego don Marcelino ha vuelto a dar la palabra para que se opine libremente o se planteen cuestiones nuevas sobre lo oído o sobre lo visto en los libros.

Fray Luis comenta que conoce mucha de la música de órgano y vihuela que ha sonado y que le gustaría escuchar, si es posible –dado que hay tantos músicos- la Fantasía número X de Mudarra, la que “contrahace el harpa de Luduvico[sic]”. Barbieri dice que no hay ningún problema y se pasa a escuchar esta obra completa, pero no sin que el fraile agustino haga hincapié en que con esta obra aparece por primera vez la ironía en la historia de la música, dado que el instrumento toca de forma desafinada para producir, sin embargo, un efecto de gran interés. Además, Mudarra lo explica en la propia partitura, y, aunque podría parecer guasa, no es así: “Desde aquí fasta açerca del final ay algunas falsas tañéndose bien no pareçen mal”.

Se ha hecho un gran silencio después de escuchar la pieza. Después, poco a poco, se ha ido reanudando la conversación, e interviene Lope de Vega:

-Me ha gustado mucho ver esos cancioneros musicales en que se conervan varias de mis poesías puestas en música. Veo que hay una hermosa música puesta a mi romance “Entre dos álamos verdes”.

-Podríamos escucharla –propone amistosamente Cervantes- a Barbieri.

-Por supuesto.

Me ha gustado mucho –continúa luego Lope- ver el libreto de la ópera La selva sin amor, que se representó en el Palacio Real de Madrid en 1627. Con una maravillosa escenografía de Cosme Lotti, y que fue la primera ópera que se representó en España. Lo quiero resaltar por lo sorprendente del hecho y para decirles que lo menos que hubo allí fueron mis versos, tanta era la música y el aparato.

Efectivamente, así es –ha corroborado Barbieri- y transcurrieron más de treinta años hasta que se compuso otra ópera en España, La púrpura de la rosa, esta vez con el libreto de don Pedro Calderón de la Barca, y representada en el Buen Retiro de Madrid el 17 de enero de 1660. Quizá don Pedro nos podría decir algo.

– Con mucho gusto –respondió enseguida el dramaturgo-. Debo decir que esta obra intentaba introducir la ópera en España, pero con ciertos reparos. Por esa razón le hice decir a un personaje de la loa, que representaba al vulgo:

… ha de ser

toda música, que intenta

introducir este estilo,

porque otras naciones vean

competidos sus primores.

Y la tristeza responde:

¿No mira cuánto se ariesga

en que cólera española

sufra toda una comedia

cantada?

– Esos reparos, don Pedro –ha intervenido Barbieri- creo que todavía se pueden ver hoy en la “cólera española”, lo que habla muy bien de la enorme captación sicológica que tiene Vd. y del gran conocimiento del genio español.

Luego ha añadido que en diciembre del mismo año 1660 se representó una nueva ópera en el Palacio Real de Madrid, con libreto del propio don Pedro Calderón, Celos aun del aire matan, con música de Juan Hidalgo, arpista de la Capilla Real y buen compositor. Añade que se conserva esa música y que, por tanto, con ella estamos ante la primera música de ópera española. Finalmente ha destacado el enorme significado que ha tendio el hecho de que dos de nuestros más grandes dramaturgos hayan tenido esa presencia en el origen de la ópera en España. Propone una audición.

Al terminar la música ha tomado la palabra don Miguel de Cervantes para felicitar a los dos dramaturgos, que, en cierto sentido son colegas suyos. Don Pedro se lo agradece muy sinceramente y comenta la enorme importancia que tiene la música en sus obras y de modo especialísimo en los Autos Sacramentales, que no podrían concebirse sin la música. En este punto Barbieri comenta que, en efecto, es así.

Luego ha seguido don Miguel:

– Quisiera comentar que en mis obras dramáticas la música desempeña también un papel primordial. Y viene a ser el sustento de muchas tramas, no solo como complemento secundario. Y estoy seguro de que Lope piensa exactamente lo mismo.

– Sin duda –contesta don Félix- hay mil modos de música en nuestras comedias del siglo XVI y XVII. Y me refiero a todo tipo de comedias, sainetes, entremeses, sainetes… Y no digamos, tal como señalaba antes don Pedro, en los Autos Sacramentales.

– Sí, es muy cierto –dice don Marcelino-. Creo yo que forma parte sustancial del teatro que hacen Vds. En cierta ocasión hice un recuento de la música que se utiliza en las comedias y conseguí un listado bastante sorprendente de instrumentos, danzas, romances y canciones. Y he visto, especialmente en don Miguel, porque es en quien más me he fijado, que conoce muy bien los instrumentos cultos y los que son de pastores, o que diferencia muy bien las danzas de los bailes y cuáles son de la corte o del pueblo o de gitanos. Nombra y usa en mil ocasiones las seguidillas, chaconas, zarabandas, o los romances, canciones, villancicos… Y, como se decía antes, formando parte sustancial de la trama y la representación. Utilizándolos cuando conviene.

Sé muy bien, por otra parte, y no quisiera dejar de señalarlo, que don Félix Lope de Vega tiene sólidos y científicos conocimientos de música y que la utiliza, asimismo, con muchísima frecuencia y con idéntica finalidad que lo hace don Miguel. Les propongo que escuchemos una zarabanda.

Barbieri le ha recordado a don Miguel que habló del “Endemoniado son de la zarabanda” en El Celoso extremeño).

– ¡Y tiene toda la razón! – ha apostillado con enorme energía don Juan de Mariana.

Después ha sugerido don Marcelino que se oiga una chacona.

Casi sin dejar finalizar la chacona don Juan de Mariana ha pronunciado un discurso contra semejante música, tal como lo tiene en el lugar citado. Luego ha aprovechado para ensalzar, aunque brevemente, la figura de Isidoro de Sevilla, de quien hace ahora una edición de sus obras.

– Bien –interviene Teresa de Ávila, a quien se le nota con ganas de intervenir desde hace tiempo-: estoy tan sorprendida por una infinidad de cosas sobre la música, que quisiera saber si a Vds. les sucede lo que a mí, que me han gustado muchas de las músicas a pesar de no conocerlas ni entenderlas, pero otras me producen desasosiego o me asustan. Otras, esa es la verdad, me dan risa…

Después de su intervención ha habido un inmediato murmullo en el hemiciclo aprobando lo que acababa de decir la monja. Isidioro de Sevilla y Alfonso X el Sabio han levantado a la vez la mano y con cierta rapidez y energía, pero Barbieri, que sabe mucho de la variedad de los gustos en cuestiones musicales a través de la historia y de lo difícil que es aceptar en este arte los cambios, hasta el punto que es una de las artes que más polémicas ha ocasionado y ocasiona a lo largo de toda la historia, se ha apresurado a decir que es muy normal que le suceda eso a ella y a todos los presentes. Y aprovecha para quitar rápidamente hierro al asunto. Los músicos pertenecen al “genus irritabile” y se suele decir “genus irritabile musicorum”, es decir, el género irritable de los músicos, y que debe ser precisamente por la difícil aceptación de los distintos gustos que se plantean en los diversos pueblos, regiones, épocas… estilos… por lo que hay tanto de “irritabile”.

Sabe bien que con esto no aplaca los ánimos, pero al menos ha distanciado y sosegado las preguntas y cuestiones. Luego ha dado la palabra a Isidoro de Sevilla, con la plena complacencia de Alfonso X, que también la había pedido.

– Bien. Seré breve. No entiendo nunca los textos cantados. Eso, para mí, independientemente del resultado sonoro, es una aberración. No entiendo por qué ponen unas voces sobre otras. Me ha parecido distinguir hasta cuatro o cinco que suenan a la vez, que van diciendo un mismo texto –me ha parecido entender-, pero no a la vez, con lo cual en mi caso es tarea ociosa pretender entender lo que se dice. ¡En otras me ha parecido oir textos distintos a la vez! En fin, no sigo.

Barbieri y don Marcelino sabían muy bien que se llegaría a este punto. Los más modernos escuchan sin sobresalto y con gusto las músicas del pasado, pero las del futuro les producen siempre sorpresa e incluso sobresalto o risa. Esta cuestión estética se produciría asimismo en el resto de las artes. Don Marcelino ha dado la palabra a Barbieri para que intente responder a Isidoro de Sevilla. Le explica que tiene mucha razón en lo que dice y le comenta que, en efecto, esa falta de inteligibilidad del texto se criticó tanto en su día que dio lugar a otro estilo musical y que de ahí precisamente surgió la ópera. Brevemente: al eliminar las muchas voces por pensar que es ridículo expresar un afecto a través de todas ellas, puesto que el afecto se expresa a través de la palabra y su melodía, surgió la melodía acompañada (una sola voz) y de ahí la ópera. De modo que la crítica de Isidoro de Sevilla estaba bien fundamentada. No obstante, la polifonía clásica –que así se llama a la polifonía por excelencia que se empleaba en el siglo XVI, esa cuyo texto no se entiende- tenía otras muchísimas virtudes estéticas y artísticas que justificaron su uso y que no cabe explicar aquí, como tampoco cabe justificar estilística y estéticamente esas obras con textos distintos a la vez. Ni tampoco hay tiempo para explicar a don Isidoro lo que es la ópera. El obispo, con un gesto de aplacar ánimos, da a entender que justifica lo que se le dice y permanece a la escucha de otras opiniones. Don Alfonso interviene ahora.

– Estoy muy de acuerdo en lo que dice don Isidoro. Yo añadiría a lo que él dice que noto una métrica pobrísima en todo lo que he oído. En mi época –y las Cantigas de Santa María son un buen ejemplo de ello- usábamos una variedad enorme de metros diferentes. En la música que oigo solo percibo ritmos de dos o de tres. Y pienso que quizá sea esta la razón de que no se entienden suficientemente las Cantigas. ¿Han probado a transcribirlas –mejor dicho- a interpretarlas (sin transcribirlas) conforme a los pies métricos en lugar de hacerlo con eso que ahora llaman Vds. compases?

De todos modos debo decir que he escuchado una música sorprendente y estupenda. Aunque me resulta muy distante, he comprendido muy bien determinadas canciones y obras instrumentales. Dentro de estas últimas me parece muy meritorio el que se puedan manejar hasta un centenar de instrumentistas sin que se produzca una algarabía, sino todo lo contrario. Me parece un avance importante.

A estas observaciones de don Alfonso han seguido otras muchas, muy acaloradas a veces, durante una buena parte de la velada. Todas ellas de sumo interés. Entre ellas se han mezclado las risas con muy altas consideraciones estéticas.

Se ha hablado largo y tendido sobre la presencia de la música en la vida del hombre, sea en su vertiente social o individual, religiosa o profana, de baile o de canto… Se ha hablado también de la enorme cantidad de música que hay en los archivos y bibliotecas, ya sean públicos o privados. Se ha hablado de la riqueza de música que hay en la Biblioteca Nacional de España y en otros muchos lugares, y de cómo es importante conocerla para conocer bien asimismo la historia del arte. Alguien ha apuntado que desde la música se entienden mejor las otras artes y a la vez ha señalado que le parece sorprendentemente extraño que se estudien con tanto esmero otras artes mientras se deja tan abandonado este campo en la música, incluso en la enseñanza, algo que es tan contrario a lo que ha sido la tradición occidental.

A raíz de esta reflexión se propone que la conclusión del Congreso sea la de proponer allí donde corresponda que la música debe ser mejor estudiada en todas sus manifestaciones, sus documentos, su estética, su ciencia, su historia y utilización en las sociedades cultas de ahora y del pasado a fin de que pueda ser valorada y degustada en toda su gran dimensión, tal como lo han hecho todos los que han asistido al Congreso, de épocas y situaciones vitales tan diferentes.

Y alguien propone también que el director de la Biblioteca debería idear algún programa para dar a entender a los usuarios que los personajes que ven todos los días en la portada del edificio, puestos allí como referentes de los saberes y las artes, han tenido una relación en sus obras con la música que ha sido de enorme importancia.

Finalmente don Marcelino ha tomado la palabra para agradecer a todos su asistencia al Congreso y se despide de cada uno en particular con un abrazo, igual que todos ellos hacen entre sí. Luego todos se dirigen muy satisfechos a su lugar de origen mientras se oye una última obra que todos entienden y aprecian, dedicada a la patrona de la música, que Barbieri y Menéndez Pelayo han elegido muy a propósito, porque, además hoy es día de Santa Cecilia.

José Sierra Pérez

 

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