El bazar de los ingenios: la literatura de cordel en España

Aquellos pliegos encerraban la flor de la fantasía popular y de la historia; los había de historia sagrada, de cuentos orientales, de epopeyas medievales del ciclo carolingio, de libros de caballerías, de las más celebradas ficciones de la literatura Europa, de la crema de la leyenda patria, de hazañas de bandidos, y de la guerra civil de los siete años. Eran el sedimento poético de los siglos, que después de haber nutrido los cantos y relatos que han consolado de la vida a tantas generaciones, rodando de boca en oído y de oído en boca, contados al amor de la lumbre, viven, por ministerio de los ciegos callejeros, en la fantasía, siempre verde, del pueblo.

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Ciego declamando un romance (INVENT/40787)

Esta evocación de Miguel de Unamuno en su novela Paz en la guerra (1897) da cuenta de que la literatura de cordel todavía permanecía viva a finales del siglo XIX, más de cuatro siglos después de su nacimiento, pues los pliegos sueltos habían surgido prácticamente a la par que la imprenta: el primer ejemplar conocido es el Regimiento de príncipes de Gómez Manrique, aparecido en Zamora en 1482.  Sin embargo, su vigencia estaba a punto de apagarse, y si hasta la Guerra Civil todavía se podía ver a ciegos que recitaban sus historias como traídas de otro tiempo a niños embelesados y adultos para los que quizá ya se trataba de una reminiscencia de otra época, su oficio estaba destinado a desaparecer y en la actualidad incluso su recuerdo ha sido casi borrado, pese a la enorme popularidad de la que gozó durante tanto tiempo y a la irrefutable influencia que tuvo en la literatura popular.

Ya que hoy en día apenas se tienen algunas nociones sobre este género, lo primero es aclarar algunos términos. La “literatura de cordel” es un concepto creado por Julio Caro Baroja en su clásico Ensayo sobre literatura de cordel (1969) que engloba una variedad de impresos de ínfima calidad en los que se recogían historias de todo tipo del gusto de un público iletrado, por lo que también se la conoció como la “literatura del pobre”. Los “pliegos de cordel”, siguiendo la definición del Diccionario de literatura popular española (1997), se llamaban así por “ser presentados a la venta colgados por la doblez principal y sujetos con cañitas en unos cordeles puestos horizontalmente en portales y tiendas”. Teniendo en cuenta que había gran variedad de tipos, el pliego común tenía un formato de 4º y una extensión de unas cuatro hojas (ocho páginas) que incluían alrededor de 500 versos y una imagen en su cabecera.

Según datos de Víctor Infantes, del periodo incunable se conservan 15 pliegos, del siglo XVI aproximadamente 1.600 (y se calcula que la producción real fue del doble), 2.800 del XVII y 2.000 del XVIII. Con una media de 1.000 ejemplares por tirada, esto da una cifra de siete millones de pliegos sueltos, indicador de la enorme difusión de la que gozaron durante estos tres siglos.

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Ciego tocando la guitarra (INVENT/40792)

La expresión más conocida de esta literatura fueron los romances de ciegos, que adoptaron el metro más popular de la poesía española, aunque también incluía otros estilos como la copla, la malagueña o el tango, que el ciego cantaba, a menudo con el acompañamiento de una vihuela o de otros instrumentos. Con el tiempo también se incorporaron formas teatralizadas (los pasillos) y narraciones en prosa. Al recitado y venta ambulante de estos pliegos era común añadir la oferta de otros productos, como las aleluyas o aucas en Cataluña (estampas de santos con pareados), abanicos, cajas de cerrillas o cartas de amor ya listas para su envío.

Como veremos a continuación, el contenido de esta literatura era de lo más diverso, pero se puede resumir su esencia en tres grandes bloques: información, entretenimiento y adoctrinamiento. Su enorme difusión prolongada en el tiempo pone de manifiesto las ansias de unas amplias capas de la población sin acceso a la cultura por disfrutar de una literatura que la crítica más desdeñosa consideró como marginal y para marginados, pero que supo mantener la viveza y el fulgor de la cultura popular incluso ante envites tan poderosos como los de la Inquisición y la Ilustración, poderes opuestos pero unidos en su ataque a una literatura que consideraban vulgar, insidiosa y decadente.

Fabulosas narraciones por historias

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Las aventuras de Don Quijote de la Mancha (INVENT/48285)

La tradición de los rapsodas ciegos se remonta a los mismos orígenes de la poesía occidental, con la figura de Homero como gran referente. Pero sin elevarse al Olimpo de la literatura, también en los callejones más apartados de las ciudades vemos aparecer esta figura emblemática, como ejemplifica el recordado ciego del Lazarillo de Tormes (1554). Con este arquetipo nos introducimos en la primera época de la literatura de cordel, un siglo XVI que abre la Edad Moderna, pero en el que todavía están vigentes muchos tópicos de la Edad Media, como deja traslucir la gran estima que se tenía por las novelas de caballería, también muy presentes en las composiciones recitadas por los ciegos, habitualmente a través de cantares de gesta resumidos o de la narración de las aventuras de héroes míticos o mitificados, de los caballeros de la ciclo artúrico a Carlomagno, y que acogen todos los arquetipos que Cervantes parodió en El Quijote. Un buen ejemplo de este tipo de composiciones, que como veremos seguirán siendo populares hasta el siglo XIX, es “Andrionico y el león. Romance en el que se refiere el cautiverio y aventuras de Andrionico. Dase cuenta de sus amores, y de lo que le sucedió con un León, que reconocido a los beneficios que de él había recibido, se humilló a sus pies”. 

Otra pervivencia de los gustos medievales y que se adentra también en los siglos XVII y XVIII está en las historias bizantinas, en las que se mezclaban peripecias amorosas y aventuras que incluían largos viajes y percances de todo tipo, con la intervención de piratas, secuestros, y seres fantásticos, con títulos como “Admirable y gustosa historia del Príncipe Filiberto de Esparta y la Princesa de Dinamarca”, obra de la que conocemos a su autor, Manuel Martín, el mismo del Andrionico, pese a que muchas veces se trataba de composiciones anónimas.

Además de basarse en personajes del acervo popular, muchas veces los romances también se inspiraban libremente en creaciones de autores consagrados como Lope de Vega (que abominaba de este tipo de literatura) o María de Zayas. Con esta tradición también engarza la figura de la mujer fuerte, una creación característica de la literatura española que se aparta de la moralidad clásica, en la que las mujeres muestran unos inusitados instintos sexuales y la diferencia entre buenos y malos queda difuminada. Esta figura rompedora se puede rastrear en romances como “Doña Rosa, la cautiva, y Don Gaspar de León. Curiosa relación en que se da cuenta y declara el cautiverio de una Dama, el rescate por un hermano suyo, y como se hallaba casada con el general de Turquía, y después vino en busca de su esposo para España. Y lo demás que verá el curioso lector”.

Un tipo de romance muy abundante fue el dedicado a sucesos históricos, como la batalla de Lepanto, o consagrado a personajes reales a través de breves perfiles biográficos, como el protagonizado por Inés de Castro. En ambos casos el rigor y la fidelidad a la realidad no eran valores que se tuvieran muy en cuenta.

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Doña Inés de Castro Cuello de Garza, de Portugal (U/9497(11))

Aunque estas fabulosas narraciones por historias fueron muy propagadas, el género por excelencia era el religioso, en el que abundaban las vidas de santos, especialmente sobre la Virgen María, y los milagros, en los que se mezclaba la intención moralizante con un indisimulado sensacionalismo y elementos fantásticos. Así, junto a títulos en los que la piedad se ve recompensada, como “Dionisia Pérez Losada.

 

Nueva y curiosa relación en que se da cuenta, del ejemplar castigo que Dios nuestro Señor ha obrado en la ciudad de Zaragoza en este presente año, contra un caballero por haber levantado un falso testimonio á una doncella honesta y virtuosa, la cual se vio libre de las asechanzas y engaños del demonio, por ser devota de la Virgen del Pilar, y llevar los Santos Evangelios”, nos encontramos con otros en los cuales el contexto religioso es apenas una excusa para narrar las historias más truculentas. Es el caso de “La vida de San Alvano, en dos partes”, un relato casi calcado del mito de Edipo pero más extremo, en el que Alvano nace de la unión incestuosa de un príncipe húngaro y su hermana, es abandonado, se casa con su madre, al enterarse pasa siete años de penitencia inmisericorde junto a sus progenitores, pero su padre recae y vuelve a abusar de su hermana-esposa, lo que lleva a Alvano a matarle, después pide perdón al Papa y este le conmina a pasar el resto de su vida como anacoreta. No es del todo seguro que esta historia se base en hechos reales.

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Hermandad de San Juan Ante Portam Latinam (VE/25/35)

Sangre a borbotones

Aunque a partir del XVIII ya se puede detectar una decadencia irrevocable de la literatura de cordel, no se puede negar que su presencia en la sociedad sigue siendo manifiesta, expresada tanto en su carácter de caja de resonancia de los gustos populares como de difusora de ciertos lugares comunes. A partir del siglo XIX, cuando se va abandonado el verso por la prosa, la calidad sigue en descenso y la influencia de la prensa es cada vez más evidente. Así, los antiguos romances sobre crímenes que estaban relacionados con pecados adquieren un trasfondo realista que los emparenta con las crónicas de sucesos. Especialmente abundantes fueron los romances sobre adulterios, como “La venganza que don Manuel Silva prepara para castigar a su mujer”, en el que el aludido atacó a su mujer con un oso, pero la jugada le salió mal:

Aquel animal feroz

al ver a aquella mujer

compadecido de ella

se dirige a don Manuel

Dándole un terrible golpe

en el suelo le tiró

destrozando su cabeza

piernas y brazos le comió.

También hay amplia cobertura de incestos y parricidios, respectivamente: “Nuevo papel en el que se dá cuenta y declara el horroroso crimen ejecutado por un hermano y una hermana, que después de haber fallecido su padre y madre, han tenido un niño, al que lo han sepultado, sin que se enterase nadie y haber sido desenterrado por el perro de un pastorcito” y “Nuevo y lastimoso romance, en el que se refiere la crueldad que ejecutó un atrevido joven con su madre, quitándola la vida disparándola dos tiros”.

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Coplas de Antón Vaquerizo de Morana (R/9493)

Este gusto por lo grotesco igualmente se manifiesta en la prolija producción de romances sobre monstruos (“La fiera malvada”, “El fenómeno pez mujer”) o criminales (el romance de Francisco Pomares, sobre un asesino que mató a nueve personas y después fue descuartizado). Un apartado especial de esta última categoría fue sin duda el género más popular de toda la historia de la literatura de cordel: las historias de bandoleros, cuyos orígenes se pueden rastrear hasta la antigua Roma y que en muchos sentidos están emparentados con los célebres vaqueros de las películas del Oeste. Se trata de un tipo de relatos que, en palabras de Caro Baroja “sacian el apetito del pueblo por lo apasionado, violento y truculento”, con protagonistas idealizados que personifican la sed de venganza de los humillados frente a la autoridad. Su producción es tan abundante que se pueden encontrar varias subdivisiones, desde los primeros romances sobre contrabandistas del siglo XVI, pasando por los “guapos” típicamente andaluces, hasta los héroes del pueblo del XIX, con personajes glorificados como Luis Candelas o Diego Corrientes.

Nadie jabla mal de Diego,

¿no es verdad? Diego no es malo,

Siempre anda por los caminos

Y nadie le jace daño.

El cuando á un rico se encuentra

Si acaso le quita argo,

Es pa socorrer á los probes

Que están más necesitaos.

Frente a esta épica del pueblo, encontramos la inevitable burla, que abarca a todo tipo de arquetipos, con especial inclinación hacia la misoginia: “Relación burlesca de las quinientas dificultades que hay para no casarse según un soldado licenciado”. Pero las mujeres no eran ni mucho menos el único objeto la sátira, que también tenía como blancos predilectos a gallegos, alcaldes, campesinos, negros, pobres pretenciosos, hidalgos y presumidos.

En cierta medida, estos pliegos son un reflejo de la “España de pandereta” que ha perfilado la imagen del país fuera de nuestras fronteras, a menudo identificado con Andalucía, de donde provenían la mayor parte de estas obras. Durante el siglo XIX, la literatura de cordel se puebla de majos y señoritos, de gitanos y toreros, figuras que a través de obras como la Carmen de Mérimée o de las ilustraciones de Doré para L’Espagne de Davillier personificaron España para muchos extranjeros.

L´Espagne (GMG/1538)

Este trasvase de la literatura popular a la alta cultura también se produce en el propio país, como es evidente en el caso de la “Canción nueva del corregidor y la molinera”, que dio origen a la novela de Alarcón El sombrero de tres picos (1874) y a la famosísima obra de Manuel de Falla. En esta farsa también se intuye cierto erotismo que impregnaba gran parte de la producción de la época, que podía ser tolerada en este tipo de obras vulgares, pero que sería imposible encontrar en la literatura “seria”:

Levanta toda esa tienda

de ropa hasta la cintura….

¡válgame Dios!… criatura…

ya te tengo entre mis brazos.

Mercado de espejismos

La decadencia de la poesía popular del siglo XIX, que llevará a su práctica extinción en el siglo XX, favoreció que surgieran otros tipos de narraciones en prosa. Fue una época en la que se distribuyeron los “pasillos”, monólogos y diálogos de tono teatral frecuentemente burlescos y en los que también se practica el costumbrismo, lo que sirve para que más allá de su valor artístico hoy sigan siendo válidos para conocer los tipos y usos de aquellos años. De la misma manera, muy característicos del XIX, siglo en el que surgió el nacionalismo, fueron los relatos patrióticos, ya fuera en exaltación de figuras reales como Fernando VII, o escritos a la contra, contra “el moro” o “el francés”:

El quinto no matarás

de tu prójimo ninguno

los gabachos, uno a uno,

matarás los que podrás.

Mandamientos burlescos (VE/ 1458/13)

Aunque devaluados, en el siglo XIX siguieron publicándose muchos pliegos, como los editados por la Biblioteca Moderna, y su historia empezó a ser estudiada y recopilada por eruditos como Agustín Durán, Estébanez Calderón, Pascual de Gayangos y Luis Usoz. Todavía a estas alturas siguieron siendo difundidas novelas de caballería, reducidas a una veintena de páginas y todavía más inverosímiles que sus predecesoras, en las que se mezclaba amor, heroicidad y maravillas. Otro género que pervivía era el de las vidas de santos, aunque ahora completados por numerosos relatos anticlericales. Un tipo de literatura en alza fue la romántica, con resúmenes de obras como Los amantes de Teruel, al tiempo que se pusieron de moda los relatos biográficos, caso de los dedicados a Prim o el Tempranillo, muestra de la persistente popularidad de los bandoleros.

Los cambios sociales y económicos que trajo el siglo XX, con una mayor alfabetización, un acceso más amplio a la cultura y la reconfiguración urbana, avocaron a la literatura de cordel a su desaparición. Sin embargo, estas hojas de ínfima calidad hoy son piezas de coleccionista para bibliófilos y alcanzan un alto precio cuando se ponen a la venta. Además, su huella siguió siendo evidente durante mucho tiempo. Los autores de la Generación del 98 fueron especialmente admiradores de este tipo de obras, hasta el punto de que Pío Baroja escribió una versión personal en El horroroso crimen de Peñaranda del Campo (1926) y Valle Inclán además de firmar Los cuernos de don Friolera (1921), obra teatral de innegable aire cordelesco, adaptó el romance de ciegos a su época a través del esperpento. También García Lorca supo actualizar la tradición de la literatura del pueblo, en registros tan diversos como Mariana Pineda (1923) y Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín (1933); y Camilo José Cela, además de imbuir La familia de Pascual Duarte (1942) de un tremendismo enraizado en los pliegos de cordel, escribió el relato “Pregón de Feria”, en el que retrataba el mundo de los recitadores ciegos.

Si el influjo de la literatura de cordel en la alta cultura es manifiesto, su pervivencia en la literatura popular es todavía más evidente. Los folletines del XIX, la literatura de quiosco, la prensa de sucesos, las novelas pulp, la canción social, el cómic underground, el cine de serie B… Todas estas manifestaciones culturales, de una manera o de otra, consciente o inconscientemente, son herederas de un legado inmensamente rico que merece ser reivindicado y reconocido.

Famosos romances de El Cid Campeador (U/9497(273))

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