El aval del judío

Catálogo de fichas de la BNEComo tenía mucho tiempo libre, me dediqué también a ir a la Biblioteca Nacional de España, a investigar en la sección de raros. Por aquel entonces me interesaba averiguar qué había pasado con los benedictinos de Asturias a raíz de la Reforma de Cluny. Y encontré que el Monasterio de [San Salvador de] Cornellana es el más vinculado al Cid porque es el que se negó a entrar en Cluny y no lo hizo hasta muchísimo tiempo después. Recuerdo que los otros usuarios de la Biblioteca me miraban con extrañeza, mientras yo leía y leía libros raros –comenzaban todos con la signatura “R”– acerca de la Orden Benedictina. Como tenía el Bachillerato, e iba a ser universitario, tenía derecho a consultarlos…

Y fue entonces cuando “salvé” a un judío… es decir, lo “salvé” para la ciencia.

Yo, cada cierto tiempo, tenía que renovar el carnet de la Biblioteca. En una de estas ocasiones, estando a la cola, vi a un señor mayor –en mi recuerdo es canoso y va pobremente, aunque correctamente, vestido– que discutía con el funcionario de la Biblioteca.  Aún le oigo decir, en un castellano muy correcto, aunque con un fuerte acento extranjero: “Pero es que yo he huido, salgo esta misma noche para Norteamérica”. Pero su interlocutor se mostraba inflexible: “Si no trae usted el pasaporte de su país no le podemos dar el permiso”. Y aquel hombre insistiendo: “Es que yo soy judío, me han acogido aquí en España porque me persiguen, y ésta es mi única ocasión para consultar unos libros que solamente están aquí, en la Biblioteca Nacional, antes de salir hacia los Estados Unidos…”. El funcionario no parecía dar su brazo a torcer y le repetía una y otra vez que no era posible obtener un pase sin aportar un pasaporte. “¿Pero cómo quiere que tenga un pasaporte? Sólo dispongo de estos papeles provisionales”. –“Esto no sirve de nada, usted o me da el pasaporte o no hay nada que hacer, puesto que tampoco dispone usted de ningún aval de un español” –“¿El aval de un español? Pero si acabo de llegar a España…”

Me daba tanta pena ese hombre que intervine y dije: “Yo avalo a este señor, lo conozco de toda la vida, y firmo donde haga falta”. -“Ah, bueno, pues si usted lo firma, perfecto…”. Aquel hombre no paraba de darme las gracias una y otra vez… Siempre me ha quedado la curiosidad de saber a quién habré avalado en aquella ocasión. ¿Quién sería ese pobre refugiado judío que, en plena huida hacia los Estados Unidos, aprovechaba para consultar materiales en la Biblioteca Nacional? ¿Sería algún investigador destacadísimo? ¿Algún erudito eminente…?

Extracto de una entrevista realizada al profesor Juan Velarde por el economista alemán Thomas Baumert.

Los registros de usuarios de la Biblioteca Nacional no permiten averiguar de forma concluyente de quién se trataba. Juan Velarde obtuvo el carnet de usuario de la Biblioteca Nacional nº 25452. El único extranjero dado de alta ese día (con el nº 25463) fue Radu L. Azdril, -Azdril es un nombre usual entre judíos- acerca del cual, lamentablemente, no hemos podido obtener más información.

Juan Velarde Fuertes (Asturias 1927). Licenciado en Ciencias Económicas en la primera promoción de esta carrera, se doctoró en ella con Premio Extraordinario en 1956. Director de la Escuela Asturiana de Estudios Hispánicos de la Universidad de Oviedo. Profesor emérito de las Universidades Complutense de Madrid y San Pablo CEU. Consejero del Tribunal de Cuentas. Presidente de la Real Sociedad Geográfica.Vicepresidente de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. Premio “Príncipe de Asturias” de Ciencias Sociales (1992).

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Me ha gustado mucho esta historia y no me sorprende en absoluto. Tuve el placer de cruzarme en la vida con el Profesor Don Juan Velarde Fuertes como alumna en el Colegio Universitario Cardenal Cisneros durante mi tercer año de carrera. Hace ya veinte años de eso!!!. Pude disfrutar enormemente de sus clases y de su persona. Nos transmitió además de su conocimiento, su gran amor por la lectura y su gran humanidad, dos cosas que quedan patentes en este bello relato. Se despide una orgullosa alumna de este querido Profesor (el mejor que he tenido),

    Concha Docando Lasa.

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