De vuelta a la Edad Oscura Digital (II)

Tom Chatfield, periodista experto en reportajes tecnológicos de la BBC, recogía el pasado septiembre en la web de la cadena inglesa algunos ejemplos de cómo está afectando hoy día la fragilidad de la web a la pervivencia de la memoria sociohistórica en un texto llamado “The decaying web and our disappearing history”, que podría traducirse –un tanto libremente- por “El deterioro de la web y nuestra historia sin rastro”. En él el autor relata su temor ante la volatilización progresiva de la “comunicación efímera” (tuits, comentarios, actualizaciones de contenido, etc.), esencial para comprender nuestra contemporaneidad. Para ello se servía del ejemplo de la desaparición de la web de un tuit de un usuario de Twitter llamado Farrah, que el 28 de enero de 2011, tercer día de las protestas populares egipcias que finalmente desembocarían en la deposición del régimen de Mubarak, habría colgado un enlace a una fotografía de un hombre supuestamente armado corriendo sobre un tejado durante las confrontaciones entre policía y manifestantes en Suez, y que a estas alturas del devenir histórico ya se habría esfumado caliginosamente, dejando en su lugar sendos mensajes de error informándonos de la inexistencia del enlace buscado e inutilizando la posibilidad de verificar su contenido. ¿Estaremos desprendiendo jirones de la retentiva del siglo XXI antes siquiera de reflexionar sobre si es importante o no conservarlos?

En un artículo publicado por la Universidad de Cornell, los investigadores Hany M. SalahEldeen y Michael L. Nelson cifran (y el dato es aterradoramente revelador) que un 11% de los posts, tuits, etc. que se comparten a través de la red se disipa en el olvido al cabo de un año, llegando a perderse un 27% de contenidos al cabo de tan sólo dos años y medio. Para llevar a cabo su estudio los autores se centraron en seis acontecimientos producidos de junio de 2009 a marzo de 2012 (y ojo a la selección, que en la espuma de los tiempos hay burbujas informativas para todos los gustos): el brote epidémico del virus H1N1, la muerte de Michael Jackson, las elecciones iraníes, el Premio Nobel de la Paz otorgado a Barack Obama, la revolución egipcia y las revueltas en Siria. Resulta incongruente que la instantaneidad de estas incorpóreas comunicaciones facilite la espontaneidad del debate o la reflexión conjunta y al mismo tiempo contribuya a descontextualizar velozmente la información que contienen, inutilizándolas completamente. ¿Acaso estamos escribiendo la historia del siglo XXI sobre la arena?

La primera mención expresa del término “Digital Dark Age” (Edad Oscura Digital) data de 1997: durante el 63 Consejo y Conferencia General de la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias (IFLA), Terry Kuny emplearía por vez primera la referencia a una “edad oscura digital” para referirse a una hipotética situación futura en la que podría ser difícil o imposible abrir y leer ciertos tipos de archivos digitales que habrían desaparecido para siempre del acervo de la Humanidad por haber sido guardados en formatos obsoletos, cuya lectura requeriría de un software o un hardware determinado ya inexistente. Para Kuny, la clave de la preservación residiría en encontrar el equilibrio entre hardware, software y humanware, entendiendo por este último concepto el aprovechamiento inteligente de las relaciones que las organizaciones mantienen con las personas.

Quienes se postulan a favor del papel como sustituto tangible de lo electrónico, solicitando un retorno tecnológico a la primacía de la celulosa sobre lo impalpable, plantean a menudo preguntas incómodas, como: “¿Qué tiene más visos de sobrevivirnos, una amarilleante foto impresa o un archivo fotográfico de 50 Megabytes alojado en el disco duro de nuestro portátil?”.

Un ejemplo muy conocido de ilegibilidad y entropía involucra a la tecnológicamente todopoderosa agencia espacial americana, la NASA, que permitió que las cintas magnéticas del amartizaje de la sonda Mars Viking mordieran el polvo durante los diez años que permanecieron sin procesar. Al cabo de esa década los datos se habían convertido en un rompecabezas: el testimonio del paso de la sonda por el planeta rojo resultaba indescifrable por estar escrito en un formato imposible de analizar, un formato cuyos programadores originales habían muerto o bien habían abandonado la agencia. Los resultados de la primera misión astrobiológica de la década de los setenta no podían darse por perdidos, así que durante meses un equipo técnico se dedicó a examinar las grabaciones, dedicando toda suerte de esfuerzos a recuperar para la Humanidad aquello que, paradójicamente, no se había extraviado en la infinitud del espacio exterior, sino sobre nuestro propio planeta.

¿Y el futuro, será digital o no será? Parece que sí: un estudio a cargo de la British Library refiere que, para el año 2020, el 40% de las monografías dedicadas a la investigación (libros de no ficción) estará disponible exclusivamente en formato electrónico, un 50% adicional se publicará en formato tanto impreso como digital y únicamente un 10% de las publicaciones monográficas de ensayo se imprimirá. En lo que se refiere a las publicaciones seriadas, un 76% estará disponible sólo en formato digital, un 20% coexistirá sobre el papel y los bits y sólo un 4% pasará por la tinta de la impresora. Cabe que nos lo preguntemos: ¿estamos diversificando el conocimiento que enviamos rumbo a los siglos venideros con sabiduría o, como decía el poeta Paul Valéry, “lo malo de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”?

Y como no hay dos sin tres, ¡más información en la tercera entrega de este post!

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Entre la obsolescencia programada y la volatilidad de la información en la red estamos aviados, todo un desafío para los «archiveros de la web» y sus «máquinas del eterno retorno».

    Enhorabuena por tus posts Iciar.

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