De vuelta a la Edad Oscura Digital (I)

La falta de fuentes que permitan recomponer el pasado oscurece ciertos periodos, desvaneciendo los contornos del espejo histórico en el que observamos el devenir de la Humanidad. Alrededor del 1200 a.C. el mundo micénico se desplomó, dejando tras de sí la estela debilitada de un venturoso florecimiento cultural. Cuatro siglos más tarde, el florecimiento de la época arcaica barrería los vestigios del colapso. A ese paréntesis de pobreza material y escasez de datos se le denominó Edad Oscura.

Pero no fue la única época que se granjeó un merecido puesto en los anales del catastrofismo. El colapso del Imperio Romano de Occidente o el siglo X, saeculum obscurum papal, son sólo algunas de las etapas de sombras que ha conocido la especie. Y quizás ahora se cierna sobre nosotros una nueva amenaza oscurantista: el advenimiento de una nueva Edad Oscura, esta vez digital.

En enero de 1995 el científico Jeff Rothenberg escribió un artículo en la revista Scientific American (“Ensuring the Longevity of Digital Documents”) en el que imaginaba la reacción de unos nietos imaginarios que, explorando el ático de casa de su abuelo en el año 2045, se hubieran encontrado con una carta fechada en 1995 y un CD-ROM. En el escenario inventado por Rothenberg, la carta explicaría que en el CD-ROM se conservaba un documento que contenía la llave de la fortuna de su abuelo. Los nietos, visiblemente excitados ante la promesa de heredar un gran capital, se tirarían de los pelos por no poder acceder a él, ya que no dispondrían del hardware ni del software requeridos para legibilizar la información contenida en el obsoleto artefacto. Paradójicamente, la humilde carta seguiría siendo tecnología punta, totalmente accesible.

La Humanidad confía desde hace milenios en el papel como soporte de archivo de la memoria individual y colectiva, debido a que resulta relativamente económico de fabricar, no precisa de cuidados especiales  y no exige disponer de una tecnología adicional que facilite su lectura (a excepción quizás de unas gafas en caso de vista cansada).  En cambio, la tecnología que se ha quedado obsoleta (vetustos procesadores de textos, floppy disks ilegibles, software propietario en una versión desactualizada, etc.) tolera muy mal el abandono: para reproducir exitosamente la información contenida en un determinado soporte, el usuario debe recrear el ecosistema habitual en el que el documento concreto fue generado. Y para llevar a cabo esta emulación del entorno original que en el pasado permitía acceder a una información determinada, se necesita reproducir todo el sistema y aplicaciones de un software dado, así como disponer de una completa especificación del hardware necesario sobre el que ejecutarlo. De locos, si uno contrapone esto a la sencillez del acto de abrir un libro y comenzar a leer.

Y sin embargo, por mucho que a veces nos violente el farragoso encendido de un dispositivo mecánico de lectura que, para más inri, constantemente demanda ser conectado a una fuente de alimentación externa para comenzar a funcionar, no podemos renunciar a la tecnología. Los avances en materia de información y comunicación están cambiando la faz del mundo, abriendo rápidas vías de crecimiento (sobre todo para los países industrializados), generando continuas oportunidades. Sin el valor que añade a nuestra fuerza productiva el conocimiento que compartimos de forma instantánea a través de la red el mundo no prosperaría.  Y sin embargo somos ídolos progresistas con los pies incrustados en el barro indiferente del olvido. La posibilidad de que cuanto hemos creado se cimente sobre un presupuesto imperfecto y efímero, el de que “la tecnología está hecha para durar” (cosa incierta), es ominosa, pero no por ello menos real.

¡Más sobre este tema en el próximo post!

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