De la reina enfermera a los ángeles republicanos

La prensa histórica es testigo de la abnegación con que las enfermeras han llevado a cabo siempre su trabajo

Seré una fiel asistente de los médicos y dedicaré mi vida al bienestar de las personas confiadas a mi cuidado.

Florence Nightingale (IBR/148)

Esta frase del llamado juramento Nightingale forma parte del código ético de las primeras escuelas de enfermería de finales del siglo XIX en el mundo y resume bien el espíritu de una profesión en el que la vocación lo es todo y más que un oficio parece un sacerdocio.

Hasta mediados del siglo XX en que se creó la figura del Ayudante Técnico Sanitario (ATS), sin distinción entre sexos, el cuidado y la atención a los enfermos en España, salvo excepciones, era mayoritariamente un trabajo femenino. Poner un vendaje, dar un medicamento o dar de comer a un paciente era cosa de mujeres. Desde antiguo las que realizaban la labor fueron monjas, como las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl o la Congregación de las Siervas de María, llamadas ministras de los enfermos, hasta que en el siglo XIX empezaron a hacerlo también enfermeras laicas o civiles, es decir, mujeres que no pertenecían a ninguna orden religiosa.

Fue en Londres donde se creó, en 1860, la primera escuela de enfermería moderna. Su fundadora fue Florence Nightingale, que da nombre al juramento antes citado y de quien la BNE posee un grabado de sus años de juventud. Esta pionera asistió a los heridos en la Guerra de Crimea y fue la inspiración del suizo Henry Dunant para la creación de la Cruz Roja como una organización internacional con un cuerpo de enfermeras voluntarias para cuidar de los heridos en los conflictos bélicos.

Con la fundación de la Cruz Roja, empezaron a hacer labores de enfermería en España enfermeras laicas, entre ellas y de forma destacada Concepción Arenal, mujer por tantas razones admirable. No solo escribió libros como ‘El Visitador del Pobre’, precursor en la enfermería de salud pública, sino que ella misma se implicó personalmente y como secretaria de la sección femenina de la Cruz Roja dirigió un hospital de campaña en Miranda de Ebro durante la última Guerra Carlista.

En la Ilustración española y americana (15/5/1874) podemos ver el grabado de un hospital montado para socorrer a los muchos heridos durante esa guerra. Estaba en Santander y era atendido por la Asociación de Señoras.

Hospital atendido por mujeres en la guerra carlista
Hospital atendido por mujeres para cuidar a los heridos en la guerra carlista

En España la primera escuela de enfermería con enseñanza gratuita, la Escuela de Santa Isabel de Hungría, la fundó en 1896 el doctor Federico Rubio y Galí. Era una salida laboral aceptable socialmente para las mujeres, cuyo trabajo fuera de casa todavía no era bien visto. En el diario La Dinastía 27/8/1896, podemos leer:

Una nueva carrera se va a abrir para la mujer en España por iniciativa particular; la de enfermeras… El número de alumnas podrá llegar a ser hasta 24 externas y ocho internas. Las condiciones fundamentales para la admisión de unas y otras son: tener 23 a 40 años de edad; saber leer, escribir y contar; ser sanas, robustas y dóciles; proceder de familias honradas, con preferencia de la clase media, huérfanas y desvalidas; ser de una moralidad intachable y de arraigados sentimientos cristianos, guiándoles más que toda idea de lucro (aún siendo lícita), la bendita virtud de la Caridad y el amor al prójimo, llevado hasta la abnegación.

Como se ve, era una institución laica pero todavía la orientación en el cuidado de los enfermos tenía una gran componente religiosa. Un ejemplo gráfico de esta arraigada mentalidad cristiana está reflejada en la portada de Nuevo Mundo de 10 de agosto de 1898, en la que vemos el dibujo imaginario de una monja atendiendo en pleno campo de batalla a un herido de la Guerra de Cuba.

En España eran muy raras situaciones de expulsión de religiosas de los hospitales, algo que sí podía pasar en la Francia republicana, como se ve por esta noticia que El Imparcial (16/1/1908) llevó a su portada sobre el hospital más antiguo de París:

En cumplimiento de la orden dictada por el gobierno para laicificar los hospitales, hoy han salido del hospital Hôtel Dieu las religiosas agustinas para ser reemplazadas por enfermeras civiles…

Una-monja-enfermera-asistiendo-a-un-combatiente-herido-en-la-Guerra-de-Cuba-en-la-portada-de-Nuevo-Mundo
Una monja enfermera asistiendo a un combatiente herido en la Guerra de Cuba en la portada de Nuevo Mundo

Esta situación se había comenzado a dar en Francia a finales del siglo XIX y en la prensa española hay testimonios de la polémica que había suscitado pese a que era un conflicto que no se producía en nuestro país. Así, La Controversia (9/10/1888) recogía esta opinión de un médico francés acerca del laicismo en los hospitales:

En tiempos de las Hermanas (monjas) la mortalidad era del 1%, ahora es del 5%; ¿y por qué? Porque las Hermanas nunca salían del hospital, acudían al primer llamamiento de los enfermos; en una palabra, porque no desempeñaban un oficio sino un sagrado deber…Una enfermera laica cuesta un 66% más que una religiosa para servir mucho menos que ésta, y por eso no me cansaré de repetir cuan perjudicial ha sido la aplicación del laicismo en los hospitales

Para valorar esta opinión en su justa medida hay que tener en cuenta que La Controversia era un periódico católico y que como toda la prensa confesional deploraba la sustitución de las monjas por enfermeras civiles que se estaba produciendo en Francia.  

A comienzo del siglo XX, tras la apertura de la escuela laica del doctor Federico Rubio, ya había enfermeras profesionales en España, civiles y religiosas. En 1912 se produjo una de las primeras polémicas en España que recuerdan a las producidas en Francia años antes. El patronato de señoras del instituto del doctor Rubio dimitió de sus cargos y retiró su protección al centro porque no fue aceptada su propuesta de que las Hermanas de San Vicente de Paúl sustituyeran a las enfermeras laicas. Y eso que éstas últimas debían aportar un certificado parroquial para acreditar su moralidad y buenas costumbres.

El asunto indujo a escribir una brillante columna al dramaturgo Jacinto Benavente en los prestigiosos Lunes de El Imparcial (17/6/1912):

Cuando alguien cumple con su deber, no debe preguntársele en nombre de qué ideal lo cumple. A buen seguro que si esas señoras de la Junta se hallaran en peligro de muerte y supieran que solo un doctor especialista podía salvarlas, no se andarían preguntando si era buen católico, protestante o librepensador…

Las enfermeras no fueron reconocidas con el título oficial hasta 1915, en plena I Guerra Mundial. El título otorgado por el Instituto Rubio se obtenía mediante una permanencia en la Escuela de tres años, durante los cuales el primer año se daban nociones de anatomía y fisiología; el  segundo, nociones de higiene, desinfección y anestesia y el tercer año, asistencia de los enfermos de todas clases y especialmente de las paridas y recién nacidos.

Fue también durante la I Guerra Mundial cuando se creó el cuerpo de damas enfermeras. Siguiendo el ejemplo de lo que ocurría en los países beligerantes, la reina Victoria Eugenia animó a las damas de la aristocracia a participar personalmente en los cuidados a los enfermos.

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Un oficial herido besa la mano de la reina en el hospital de la Cruz Roja, en Mundo Gráfico

Posteriormente, se crearía otro cuerpo de enfermeras profesionales, éstas sí retribuidas, que se formarían en la escuela del hospital central de la Cruz Roja abierto en 1918, el Hospital de san José y santa Adela, situado en la avenida madrileña que lleva el nombre de la reina Victoria. Con el apoyo de la soberana, la reina enfermera como era conocida, los hospitales de la Cruz Roja se extendieron enseguida por toda España.

Con ocasión del Desastre de Annual, en el que murieron y resultaron heridos miles de soldados en Marruecos y del que se cumple este año el centenario, los hospitales de la Cruz Roja se llenaron de convalecientes. La reina y las enfermeras, profesionales o no, se volcaron en su atención. En esta imagen de Mundo Gráfico (16/11/1921) se ve a doña Victoria Eugenia visitando a militares heridos en el hospital de la Cruz Roja en Madrid.

Pero la reina no sólo iba de visita, sino que se implicó personalmente y vestida con el uniforme de dama enfermera supervisaba los cuidados a los heridos. Unos días después de la fotografía anterior podemos ver esta otra en La Esfera (19/11/1921) en la que se la ve rodeada de médicos y enfermeras:

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La reina Victoria Eugenia, de enfermera de la Cruz Roja con médicos y otras enfermeras, en La Esfera

El voluntariado de las señoras de la aristocracia y de la clase alta no fue siempre  bien visto. Los periódicos de ideario republicano se mostraban críticos. En algunos de ellos como El Liberal (30/6/1926) la periodista Magda Donato, seudónimo de Carmen Eva Nelken, hermana de Margarita Nelken, que años después sería diputada socialista, decía lo siguiente:

Esta profesión (enfermera), algo subalterna quizá en su ejercicio, constituye, sin embargo, una especie de sacerdocio en el cual la mujer tiene ocasión de prodigar el caudal de abnegación que suele desbordarse del corazón femenino o embotarse por falta de empleo en las mujeres que se quedan aisladas en la vida. De la necesidad de esta válvula de escape sentimental habla elocuentemente el número de damas de la Cruz Roja, enfermeras voluntarias de una utilidad social menguada…Su labor resulta sobre todo beneficiosa para ellas mismas, para su espíritu de mujeres adineradas y ociosas, para su alma, forzada así a inclinarse directamente sobre el dolor y la miseria humanas, de que están tan apartadas en la vida…

Un juicio demasiado rotundo a la vista de algunas circunstancias en las que las mujeres de la clase alta se volcaron en la ayuda de los heridos. Así, en tiempos de la II República y tras la conocida como Revolución de Asturias, las damas enfermeras de la Cruz Roja desempeñaron una labor ejemplar cuidando de enfermos sin distinción de bando o ideología.

En la revista Estampa (17/11/1934) se puede ver un amplio reportaje con fotografías como ésta en la que una de las enfermeras escribe en el hospital de Oviedo una carta para uno de los heridos:

Una enfermera escribe una carta para uno de los heridos de la Revolución de Asturias, en la revista Estampa

O esta otra imagen que es todo un poema gráfico a la fraternidad entre las clases sociales con la hija de la duquesa de Tovar poniendo un vendaje al hermano de uno de los líderes mineros de Mieres:

La hija de un duquesa cura a un minero herido en la Revolución de Asturias, en la revista Estampa

La hija de un duquesa cura a un minero herido en la Revolución de Asturias, en la revista Estampa

En los años de la II República se intensificó la profesionalización de las enfermeras. Entre otras medidas, se puso en marcha la Escuela Nacional de Enfermeras Visitadoras Sanitarias, especializadas en el campo de la medicina preventiva y que habían empezado a formarse unos años antes de manera no reglada. En un artículo con el título ‘Sacerdocio femenino’ publicado en Mundo Gráfico (13/3/1929) el doctor César Juarros hacía ver la necesidad de contar con enfermeras que visitaran los barrios y las familias pobres para luchar contra las enfermedades contagiosas como la tuberculosis, la sífilis o las enfermedades infantiles.

Para el articulista, la dificultad de contar con estas enfermeras visitadoras que velaran por la higiene y sirvieran de puente entre el médico y las familias radicaba en:

 La formación espiritual de estas mujeres, precisadas a un heroísmo crónico, silencioso… Heroísmo de todas las horas, en una tensión psíquica y somática perenne. Heroísmo humilde; desconocedor de la conveniencia, la comodidad y el engreimiento. También para ello hácese indispensable contar con una simpatía cordial, pública…

Nieves González Barrio, una de las primeras doctoras en medicina de España, que ya en 1930 planteaba la necesidad de contar con una buena escuela de carácter público capaz de dar a la enfermería el valor académico de las otras profesiones sanitarias, escribió un libro sobre la organización de las enfermeras visitadoras. En él habla de la falta de higiene en las clases menesterosas y del papel de estas profesionales para ayudar a resolver lo que la autora califica como pequeños problemas: la manera de poner una lavativa o una cataplasma, de utilizar el termómetro, de esterilizar los esputos, de lavar la ropa de los enfermos contagiosos, de desinfectar los retretes, etc.

Comenzada la Guerra Civil, cada bando contará con su ejército de entregadas enfermeras. En el lado republicano la revista Estampa (1/5/1937) hizo un reportaje de las chicas madrileñas de 14 a 20 años que se alistaban para aprender el oficio de enfermera. De su entusiasmo y dedicación da prueba esta bellísima fotografía en la que se las ve felices, luciendo una sonrisa angelical, fotografía de la que nadie adivinaría que está hecha en plena guerra:

Muchachas aprendices de enfermeras en plena Guerra Civil en la revista Estampa
Muchachas aprendices de enfermeras en plena Guerra Civil en la revista Estampa

En la pandemia que estamos sufriendo desde hace ya más de un año hemos visto a enfermeras y enfermeros, y en general a todo el personal sanitario,  trabajar con una abnegación y entrega que a muchos les ha costado la vida. Vaya este post en homenaje a todos ellos, que han hecho bueno el lema sagrado que dejó escrito en ‘El Visitador del Pobre’ Concepción Arenal para asistir a los desvalidos: Un enfermo no es bueno, ni perverso, ni sabio ni ignorante: es un enfermo.

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