Cuando la vacunación era obligatoria

La prensa histórica es testigo de la resistencia a vacunarse y de cómo se imponían multas o, al contrario, se daban premios

Ahora la vacunación es voluntaria, salvo excepciones muy contadas, y la inmensa mayoría de la gente la acepta de buen grado, e incluso con entusiasmo, pero esto no ha sido siempre así en España, pese a que nuestro país fue unos de los pioneros de este procedimiento profiláctico.

Sólo unos años después de que el inglés Edward Jenner descubriera la inmunización contra la viruela inoculando a las personas la que padecían las vacas la Corona española llevó a cabo a principios del siglo XIX, en sus dominios de América y Asia, la primera gran vacunación masiva, la conocida como Expedición Balmis por el apellido del médico que la llevó a cabo.

Grabado de Edward Jenner, descubridor de la vacuna

Grabado de Edward Jenner, descubridor de la vacuna

España fue además de los primeros países en declarar obligatoria la vacunación en caso de epidemia. Lo hizo en 1815, pero ya desde ese primer momento hubo resistencia a dejarse vacunar. Las personas sanas que no veían morir o enfermar a nadie a su alrededor no veían la necesidad de correr riesgos. Era el miedo a lo desconocido y ocurría también en otros países. También en Inglaterra, la patria de Jenner, de cuyo retrato posee la BNE un antiguo grabado.

La prensa española se hizo eco en ocasiones de motines en todo el mundo protagonizados por ‘antivacunas’. Así por ejemplo, en La Iberia (13/10/1885) podemos leer con tintes sensacionalistas una ‘revolución’ en Canadá con motivo de la vacunación obligatoria.

La epidemia variolosa que tantos estragos viene haciendo en la ciudad canadiense de Montreal ha hecho que aquellas autoridades ordenasen la vacunación obligatoria en los barrios donde reina la dolencia. Ayer fue el primer día de la vacuna, y desde las primeras horas se manifestó entre los barrios aludidos, que son en su mayor parte de origen francés, un espíritu de rebeldía y violencia que se tradujo en acometidas a las personas encargadas de repartir y fijar en las paredes boletines sanitarios.

En 1904 se registraron incidentes muchos más graves en Río de Janeiro por la misma causa. Así lo contaba El Siglo Futuro (14/11/1904):

Se han producido graves manifestaciones contra la aplicación del reglamento sobre la vacunación obligatoria, degenerando en verdadero motín. Se han cortado las cañerías que surten de agua y gas a la población y han incendiado los tranvías. Las tropas han cargado varias veces contra los amotinados, cruzándose muchos disparos por ambas partes. Dícese que han resultado en la refriega doce muertos y sesenta heridos.

En España nunca se produjo una situación de rechazo tan violento a la vacuna, pero sí hubo resistencia a dejarse inocular, lo que se agravaba por la falta de consenso en la comunidad médica. Había facultativos que advertían de las posibles enfermedades que podía acarrear la inoculación, como se puede comprobar en este número del Boletín Clínico del Instituto Homeopático de Madrid de 30 de enero de 1881.

Y también lo vemos en este pequeño libro editado en 1908 con este rotundo título:
El alcohol, la carne y la vacuna. Opiniones de ilustres filósofos, científicos y moralistas acerca de estos tres azotes de la humanidad’.

En el libro se defendía la dieta vegetariana y la higiene y en el apartado dedicado a las vacunas se incluía una manifiesto de médicos alemanes que comenzaba así:

Los médicos abajo firmados declaran, bajo su honor, que en su opinión la vacunación —en primera línea la que se hace con vacuna de ternera (cow pox)—, es un atentado violento y peligroso a la naturaleza (constitución) del vacunado, quien, con no poca frecuencia, resulta gravemente perjudicado.

Pero la vacuna no había sido ningún azote sino, muy al contrario, un remedio casi milagroso cuando en 1885 se produjo una virulenta epidemia de cólera en la región de Valencia. En aquella ocasión, el suero preparado por primera vez contra esta enfermedad por el doctor Jaime Ferrán era la esperanza de escapar de una muerte casi segura y miles de personas se dejaron inocular por este auténtico héroe español de la vacuna.

En 1890 fue la viruela la que se propagó por Madrid y también los vecinos acudieron voluntariamente a vacunarse para escapar de la amenaza. En aquella ocasión, La Ilustración Española y Americana publicó un grabado a toda página mostrando cómo la gente era vacunada directamente del pus de una ternera echada sobre una mesa del Instituto de Vacunación del Estado, un organismo creado en 1873.

Grabado de la masiva vacunación con motivo de la epidemia de 1890 en Madrid, en La Ilustración Española y Americana

Grabado de la masiva vacunación con motivo de la epidemia de 1890 en Madrid, en La Ilustración Española y Americana

 

La revista contaba que el citado Instituto, además de vacunar en su sede de la calle Goya, facilitaba linfa en cristales a las personas que lo solicitaban e incluso proporcionaba las terneras a fábricas y establecimientos comerciales.

En enero de 1903, el ministro de la Gobernación, Antonio Maura, reconocía que la viruela seguía haciendo estragos en España mientras estaba casi extinguida en otros países europeos. Promulgó un decreto recordando que era absolutamente obligatoria la vacunación en caso de epidemia y especificando los deberes de cada autoridad local y las sanciones por incumplimiento. Se consideraba que había un brote epidémico y por tanto era obligatoria la vacuna desde que en el distrito municipal exista pluralidad de enfermos variolosos o las defunciones por viruela pasen de 1 por 1.000.

El diario El Liberal hacía en su edición del 20 de enero un elogioso juicio del decreto recordando algunas pavorosas estadísticas:

Desde 1889 á 1900 perdió Madrid 7.374 existencias por viruela, y año hubo, como el de 1890, en que los fallecidos llegaron a 2.695. Cerca de doce mil, 11.685, sumaron las que España perdió en los dos años de 1900 y 1901, y esto cuando algunos Estados, como Alemania, incomparablemente más poblados que nosotros, hace muchos años, más de un cuarto de siglo, que no han visto una epidemia en su vastísimo imperio, y cuando los ‘yankees’ acaban de exterminarlas en nuestras recientes perdidas colonias de Cuba y Puerto Rico, era un estigma al cual urgía oponer siquiera no fuese más que la protesta nacional de una ley, un decreto, algo, en fin, decisivo sobre la vacunación y revacunación obligatorias.

Pero la resistencia a inocularse continuaba. El periódico El Fusil (26/1/1903), de fuerte contenido satírico, recomendaba implantar con cierta sorna el cocido obligatorio:

Y bien, señor ministro: después de la vacuna obligatoria, voy a proponer a V.E. otra medida beneficiosísima en extremo: el cocido obligatorio. La viruela, señor ministro, es horriblemente mala, pero también son malas la flaqueza y el hambre. Un hombre o una mujer picados de viruelas son tipos desagradables; pero tampoco son agradables un hombre o una mujer flacos, amarillos, hambrientos. Entre un flaco limpio y un gordo picado de viruelas, es preferible el gordo.

Las autoridades recurrieron a la amenaza, con la imposición de multas a quien no se vacunase, pero también a hacer sorteos para premiar a quien lo hiciera; esto último con poco éxito, como leemos en este número de El Correo Español (21/3/1905)

El señor conde de Mejorada (alcalde de Madrid) lamenta amargamente le indiferencia que demuestra el vecindario para la vacunación. La lotería que ha organizado para interesar al vecindario en la lucha contra la viruela viene arrojando parecido resultado al que dio el acuerdo del Sr. Aguilera cuando fue alcalde, referente al abono de una cantidad determinada a cada persona que se vacunase. La cooperación del vecindario, ahora como entonces, desgraciadamente es nula.

Vacunación a domicilio en el barrio madrileño de Malasaña, en el diario El País

Vacunación a domicilio en el barrio madrileño de Malasaña, en el diario El País

En 1913 y con motivo de otra epidemia, se recurrió a la vacunación en las casas allí donde había focos de viruela. Bajo el título de ‘La vacunación a domicilio’, el diario republicano El País publicaba en su portada (22/08/1913) una información con la fotografía de un médico municipal de Madrid vacunando a vecinos del castizo barrio de Malasaña.

Un periodista acompaña al médico a la calle Jesús del Valle para vacunar y revacunar en algunas casas del vecindario y le pregunta mientras van de camino cómo es normalmente el recibimiento. Esta es la respuesta:

La resistencia a la vacuna es general en el vecindario. Hay que vencerla con paciencia y saliva. En cada casa hay que dar una conferencia para convencer a las gentes de que por vacunarse no se revuelven los humores, ni se pierden días de trabajo, ni el verano es peor que el invierno para prevenirse contra la viruela.

Afortunadamente, el médico pudo inyectar a un gran número de vecinos, salvo a algunos resistentes, entre ellos una joven a la que el periódico califica de ‘artista vacunófoba’. He aquí un extracto del diálogo entre la joven artista y el médico:

  -¡He dicho que no y no…Enseguida me dejo yo vacunar, cuando tengo que lucir los brazos en un escenario!

-Vacúnese usted en una pierna si le parece mejor

-En ninguna parte. Y si es preciso nos mudamos de la casa y nos marchamos de Madrid.

En el siglo XIX la vacunación era gratuita para los pobres pero no para quien la podía pagar. En el país del Lazarillo de Tormes no podía faltar la picaresca y con frecuencia se producían fraudes haciendo pasar por líquido de la vacuna un mejunje que no lo era.

Por esta razón, en la publicidad se solían dar garantías al consumidor. Así, en la revista El Genio médico-quirúrgico (31/08/1876)  vemos un curioso anuncio bajo el título ‘Vacuna verdadera’ en el que se ofrece Linfa vacuna de origen o de procedencia legítima inglesa, obtenida y garantizada por el médico especialista de la vacuna Sr. Balaguer.

Curiosamente el anuncio aparece sobre otro de un ‘Café nervino medicinal, secreto árabe del doctor Morales’, del que se asegura que cura infaliblemente toda clase de dolor de cabeza, con lo que podemos conjeturar lo poco fiable que era esta publicidad.

Todavía a principios del siglo XX la vacunación era gratuita solo para los pobres que no podían pagarla, algo que empezó a cambiar poco a poco, sobre todo cuando la obligatoriedad de vacunarse se hizo realmente efectiva, con aplicación de medidas extraordinarias, como la relatada en la revista España médica (10/10/1918)

Los periódicos publican estos días, con carácter oficioso, la noticia de que se han llevado al Juzgado a unos individuos por negarse a ser vacunados. ¿Y qué? ¿No es la vacunación obligatoria? ¿Por qué, pues, se da ahora esta noticia? Pues sencillamente, porque hasta ahora no se ha cumplido la ley, que impone castigo al rebelde, puesto que si así hubiera venido haciéndose no tenía que llevarse a la prensa tamaña novedad.

Lo que ocurría era que se estaba propagando la viruela en el momento en que hacía estragos la pandemia de gripe de 1918, para la que no existía vacuna alguna. A comienzos de 1919 el gobernador civil de la provincia de Madrid dictó un bando en el que amenazaba con fuertes sanciones a quienes se resistieran a inocularse. Uno de los puntos del bando que podemos leer en el periódico La Acción (9/1/1919) decía lo siguiente:

Queda prohibida la circulación por los caminos y carreteras de la provincia a quienes no estén vacunados, pudiendo todas las autoridades gubernativas exigir el correspondiente certificado, o en su defecto comprobar la vacunación. Los no vacunados serán trasladados al pueblo más próximo, donde se les vacunará, y si se resistiesen pagarán 500 pesetas o quince días de arresto.

En otro periódico, El Día, podemos leer al día siguiente una noticia según la cual se calculaba que quedaban por vacunar en Madrid 400.000 personas y que el gobernador, de acuerdo con el alcalde, se disponía a pedir al ejército 100 tiendas de campaña para instalar puntos de vacunación por toda la ciudad.

En 1921 es cuando realmente se hizo obligatoria la vacuna contra la viruela en las escuelas de España. De acuerdo con un decreto del ministro de la Gobernación, todos los años por el mes de mayo se procedería a inocular a los niños, según informaba El Sol el 23 de marzo de ese año. También se hacía obligatoria la vacunación contra el tifus, como era ya corriente en varios países europeos.

Aprovechando que la dictadura del general Primo de Rivera se había implantado el año anterior en España, El Imparcial llegó a hablar en su portada (21/9/1924) de la necesidad de aplicar la ‘dictadura sanitaria’.

Vacunación en la Asociación de la Prensa de Madrid, en el diario El Sol

Vacunación en la Asociación de la Prensa de Madrid, en el diario El Sol

Lo cierto es que la vacunación iba ganando cada vez más apoyo popular. En El Sol (8/10/1924) podemos ver una foto de mujeres trabajadoras acudiendo a vacunarse con total normalidad. En una nota facilitada a la prensa, el Ayuntamiento indicaba que ha podido advertirse en el vecindario de Madrid un decidido propósito de cooperar de manera entusiasta en la campaña de vacunación.

Con el descubrimiento de nuevas vacunas contra enfermedades infectocontagiosas, la vacunación ya era algo que la inmensa mayoría de la población empezaba a considerar como algo normal y que no era necesario imponer, aunque no hubiera epidemia.

En esta fotografía de la revista La Esfera (31/12/1927) se puede ver cómo se inocula a un niño contra la temible tuberculosis con una vacuna preparada por el doctor Jaime Ferrán, que aparece justo detrás del muchacho con otros facultativos y personal sanitario. La vacunación contra todo tipo de enfermedades infecciosas empezaba a verse ya como uno de los mayores frutos de la ciencia, la gran esperanza de la humanidad.

Inyectando a un niño la vacuna antituberculosa del doctor Ferrán, en la revista La Esfera

Inyectando a un niño la vacuna antituberculosa del doctor Ferrán, en la revista La Esfera

 

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