Cuando el cambio de hora era una fiesta

La noche del 15 de abril de 1918 la Puerta del Sol se encontraba atestada de gente como si fuera la Nochevieja. Pero no habían ido a comerse las uvas con las campanadas, sino a ver cómo bajaba la bola iluminada y adelantaban de golpe una hora las manecillas del reloj del Ministerio de la Gobernación, pasando de las once a las doce. Era la primera vez que el Gobierno de España implantaba el horario de verano, decisión que se había tomado en imitación de lo que habían hecho dos años antes los países europeos que luchaban en la I Guerra Mundial. En todas partes el ahorro de carbón era la justificación.

Todos los periódicos se ocuparon del acontecimiento. En La Acción podemos leer un relato detallado:

Al anochecer ya se decía por Madrid que el adelantar la hora oficial iba a ser un espectáculo. Por lo pronto, ya se aseguraba que un repique general de campanas y lanzamiento de cohetes desde Gobernación iban a amenizar el acto… A las diez y media ya había más de 6000 personas tomando posiciones e interrumpiendo la circulación de tranvías…A las once menos diez ya habría 15000 personas en la gran plaza… Desde los terrados y balcones mucha gente contribuía al esplendor de la fiesta encendiendo cerillas y quemando papeles. Un grito ensordecedor anunció que ya no faltaban más que cinco minutos…

En ese momento salió el ministro con otros altos cargos y periodistas al balcón a brindar con champán. Y poco después, entre el griterío y el agitar de pañuelos, sonaba la primera campanada y descendía la bola al tiempo que el relojero adelantaba las manecillas. La gente sacó entonces sus relojes de bolsillo o de pulsera (estos últimos eran muy recientes) y puso la nueva hora en medio del jolgorio generalizado. Hubo hasta quien se llevó el despertador para que sonara el timbre. No se produjeron incidentes de consideración y solo se robaron tres relojes esa noche.

En el resto de España, y eso que era lunes, la novedad fue también muy celebrada. En La Coruña muchas comparsas recorrieron las calles, en Castellón el público coreó las once campanadas primero, luego las doce y por último aplaudió, en Valencia hubo gran regocijo en cafés y otros establecimientos públicos, en Zaragoza media población acudió a la plaza de la Diputación, en Barcelona mucha gente recorrió las calles para situarse frente a los edificios públicos y cambiar la hora, y en San Sebastián se celebró una cena y un baile en el hotel María Cristina para festejar el acontecimiento.

El viejo reloj de la Puerta del Sol madrileña es prácticamente hoy el mismo que el de entonces. Aquí podemos verlo en una foto de la época presidiendo la plaza que atraviesan tranvías y algunos automóviles:

El viejo reloj presidiendo la Puerta del Sol en una fotografía del primer tercio del siglo XX, en Crónica

El viejo reloj presidiendo la Puerta del Sol en una fotografía del primer tercio del siglo XX, en Crónica

 

Reconociendo que la medida suponía un ahorro de combustible, el diario El Sol quiso salir a la calle para preguntar a la gente si el adelanto de la hora les beneficiaba o perjudicaba. Los serenos se quejaron de que tendrían que trabajar una hora más dado que ahora iba a amanecer más tarde, los horchateros se alegraban porque venderían más al alargarse el día, las verduleras madrugadoras con puestos en la calle protestaban porque les quitaban una hora de venta y en los teatros temían perder público en las funciones nocturnas.

De todas formas, todo volvió a la normalidad el 6 de octubre, cuando se retrasó la hora que se había ganado en abril. También hubo gente esa noche para ver como las manecillas volvían de la una a las doce, pero no tanta como en la primavera.

Ya unos años antes, al principio del siglo XX, se habían alterado los relojes. Aunque en esa ocasión fue para que España se pusiera en hora con el resto de Europa adoptando el meridiano inglés de Greenwich como el meridiano cero para contar el tiempo. Los relojes se adelantaron entonces 15 minutos. Hasta que la red ferroviaria se fue extendiendo desde mediados del siglo XIX, en cada ciudad española regía una hora distinta, de acuerdo con la altura que alcanzaba el Sol en cada lugar. Fue la necesidad de unificar los horarios de los trenes lo que indujo a que todo el país adoptara la hora de Madrid. Y con el desarrollo de las comunicaciones en el mundo España se sumó en 1901 al Tiempo Universal y al sistema de husos horarios.

Fue entonces cuando, para evitar la ambigüedad, se decidió que la numeración de los relojes llegara hasta 24, y que las dos de la tarde fueran las 14.00 horas y las diez de la noche las 22.00. Esto hizo que en las esferas de los relojes de las estaciones ferroviarias se pintara con tinta roja los números del 13 al 24. En los relojes de torre no se hizo el cambio porque no era posible desde la calle leer tantos números, y también se renunció a dar más de 12 campanadas para evitar la confusión que producirían tantos toques. Algunos periódicos críticos con la medida como El País sugirieron hacer en los relojes de pared de las casas y en los de bolsillo lo mismo que se había hecho en las estaciones:

Nada de reformar relojes pues será gasto inútil y peligro de estropearlos. Lo más sencillo sería dibujar las 12 horas nuevas debajo de las antiguas en números arábigos y de color distinto, poniendo las 13 bajo la 1, y así las 24 bajo las 12: no hay nada mejor…

Es curioso cómo se establecía entonces la hora oficial en toda España. En el número 384 de 1902 de la revista Madrid científico lo podemos leer:

Pocas serán las personas que, residiendo algún tiempo en Madrid, no hayan fijado su atención en la manera de anunciar el momento del mediodía en la capital de España. El Observatorio astronómico envía diariamente dos señales telegráficas al Ministerio de la Gobernación: una cinco minutos antes de las doce, y otra a las doce en punto. Al recibir la primera, el encargado de este servicio coloca una bola metálica en la parte superior del templete que corona la torre donde está situado el reloj, y al llegar la segunda tira de una cuerda y desciende la bola, que con su ruido anuncia el instante del mediodía. La caída de la bola es aprovechada por infinidad de curiosos para rectificar sus relojes, corrigiéndose el error de que pueda estar afectado el de la Puerta del Sol.

Ver bajar la bola a mediodía era uno de los espectáculos que no se perdían los forasteros que visitaban Madrid. En esta fotografía de la revista Crónica de algunos años después podemos ver al empleado que se ocupaba del descenso y el izado de la bola. Para entonces ya había radio y un micrófono colocado en las campanas comunicaba la hora oficial a toda España.

El encargado de hacer bajar la bola en la torre del reloj de la Puerta del Sol, en Crónica

El encargado de hacer bajar la bola en la torre del reloj de la Puerta del Sol, en Crónica

Pese a haber concluido ya la guerra mundial, el carbón todavía escaseaba y en 1919 se volvió a establecer el horario de verano. No se hizo en los años siguientes hasta el de 1924, cuando el Gobierno del general Primo de Rivera recuperó la medida para acompasar la hora con el resto de Europa, donde se comenzaba a ver las ventajas de hacer en tiempo de paz lo que se había hecho durante la guerra. Aunque ya se había perdido el aliciente de la novedad, hubo mucha gente que acudió a la Puerta del Sol la noche del 16 de abril a ver el adelanto de las manecillas y a poner sus relojes en hora.

La hora de la verdad

Reloj de oro sorteado en un original concurso entre los lectores del diario La Libertad

Por entonces los relojes de bolsillo o pulsera eran ya muy comunes e incluso se ofrecían como regalo en la prensa. Por ejemplo, el diario La Libertad (6/4/1924), el de mayor difusión en Madrid, sorteó un cronómetro de oro entre sus lectores con un curioso concurso. Se dio cuerda al reloj y se guardó en un estuche que quedó depositado en el despacho de un notario. Desde el 7 de abril hasta el 14 de mayo los lectores podían enviar al periódico un cupón rellenando sus datos personales y la hora, minuto y segundo en que se pararía el reloj al acabársele la cuerda. En la última de las fechas citadas se abriría el estuche y la persona que acertara o más se hubiera aproximado ganaría el reloj.

El cronómetro de oro había sido donado por el relojero Coppel y el periódico, hábilmente y con espíritu comercial, relacionaba el concurso con el cambio de hora oficial:

Gracias a la generosidad del Sr. Coppel, a los lectores de La Libertad puede importarles muy poco el nuevo horario de verano, cuya implantación no tardará en perturbar la vida del país. Para aquéllos no habrá más hora hábil que la del cronómetro de oro del afamado relojero: esa será la hora de la verdad; la misteriosa hora que todos esperamos, que todos perseguimos, y que Coppel pone, por nuestra mediación, al alcance de todos.

No se cambió la hora en 1925, pero sí los siguientes años. Ya en 1927 un editorial del prestigioso diario El Sol había criticado la medida señalando la oposición de la industria y el comercio a la misma, así como de los agricultores y los sindicatos obreros. El cambio de hora había dejado de ser una fiesta. Como las críticas arreciaban, no hubo horario de verano en 1930.

No obstante, y debido a que se comenzaban a sentir en Europa los problemas económicos derivados del hundimiento de la Bolsa de New York en 1929, el último Gobierno de la monarquía decidió que hubiese horario de verano en 1931. Pero eso solo quedó en proyecto, pues el recién constituido Gobierno republicano, atendiendo las protestas, anuló el adelanto de la hora previsto para el 18 de abril.

Durante la Guerra Civil cada bando tuvo su propia hora oficial y, tras acabar el conflicto, en 1940 el Gobierno de Franco decidió que España tuviera el mismo huso horario que Alemania y los países de Europa central, lo que no ha sido modificado desde entonces. Se cambió sólo unos años la hora durante la dictadura, pero el horario de verano resucitó en España y en toda Europa con la crisis del petróleo de la década de 1970 y así continúa hasta la actualidad esperando una decisión definitiva que no acaba de llegar.

Chiste sobre el cambio de hora en 1929 en La Correspondencia militar

Chiste sobre el cambio de hora en 1929 en La Correspondencia militar

Tanto ahora como hace un siglo el cambio de hora ha sido objeto de bromas y chascarrillos. Aquí vemos un chiste gráfico publicado en la portada de La Correspondencia militar el 6 de octubre de 1929, al término del horario de verano:

Una madre lleva a su hijo a la consulta del médico

—¿Qué tiene el niño?
—Pues verá usted, doctor. Hace tiempo se tragó un reloj y… no le ocurrió nada. Marchaba muy bien y de noche se levantaba a dar las horas, y ahora lo traigo a ver si puede usted ponerlo con el horario de invierno.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Ay…llega este cambio que odio….pero el artículo es estupendo ¡Muchas gracias, Antonio! Lo bueno este año es que, quizás, ahora la guerra acabe una hora antes……

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