Bécquer y los cimientos de la Biblioteca Nacional

El poeta murió hace ahora 150 años en una casa frente al solar donde se construía el edificio que alberga la BNE y el Museo Arqueológico

Aunque el título de este post parezca un tanto pomposo y metafórico, es totalmente literal. Gustavo Adolfo Bécquer llegó a ver los cimientos del imponente edificio del paseo de Recoletos, las zanjas y las primeras obras de su construcción, dado que fue vecino en los últimos meses de su vida del lugar en el que se había comenzado a levantar la sede de la Biblioteca Nacional de España.

Tras morir su hermano Valeriano en septiembre de 1870, el gran poeta romántico, que vivía en otro lugar de Madrid, se trasladó con su mujer y sus hijos a una manzana situada enfrente de las obras en construcción de la Biblioteca, en concreto a Claudio Coello, 7 (ahora es el número 25). Sólo habitó allí tres meses antes de fallecer en diciembre de ese mismo año, por lo que se cumple ahora siglo y medio de su muerte.

Los primeros edificios en levantarse del barrio de Salamanca tras aprobarse en 1860 el plan de ensanche de Madrid, entre las actuales calles de Serrano y Claudio Coello, fueron precisamente las manzanas situadas en frente del solar que ocuparía el edificio de la BNE y el Museo Arqueológico. Bécquer, que murió con tan sólo 34 años, vivió pues los últimos meses de su vida en el extrarradio de una ciudad que empezaba a derribar sus viejas murallas, rodeado de huertas y junto al lugar donde estaba la antigua plaza de toros.

Este plano de Madrid del año 1866 que posee la BNE es muy ilustrador, dado que se ve a la derecha al ampliar la imagen, justo encima de la plaza de toros y sombreadas, las dos únicas manzanas recién construidas del barrio de Salamanca, la que habitó Bécquer en 1870 y la contigua frente a la antigua Casa de la Moneda, que ocupaba lo que son ahora los jardines de la Plaza de Colón.

Plano de Madrid, 1866. Sig.: MV/13

Plano de Madrid, 1866. Sig.: MV/13

 

En la huerta existente enfrente de la manzana de Bécquer se levantaría el llamado palacio de Biblioteca y Museos Nacionales. La colocación de la primera piedra fue un acto solemne y multitudinario celebrado el 21 de abril de 1866 presidido por la reina Isabel II y su hijo el futuro Alfonso XII. No se sabe si Bécquer estuvo en el acto, pero lo cierto es que en el solar de Recoletos estuvo el ‘todo Madrid’ de la época, como refleja la fotografía que hizo Gonzalo Langa desde la antigua Casa de la Moneda, luego derribada.

Colocación de la primera piedra de la Biblioteca y Museo Nacional, 21/04/1866. Sig.: 17/186/22

Colocación de la primera piedra de la Biblioteca y Museo Nacional, 21/04/1866. Sig.: 17/186/22

 

La imagen muestra una abigarrada muchedumbre, una marea humana en blanco y negro donde las sombrillas y faldas de ancho vuelo de las damas rivalizan con las levitas y sombreros de copa de los caballeros. Estaba entonces de moda entre las mujeres la crinolina, un armatoste que daba volumen a la falda, realzaba el cuerpo femenino y daba libertad a las piernas sin aprisionarlas como hacían las enaguas.

Existen fotos de Bécquer de esos años con sombrero de copa, a la moda burguesa del momento y no como lo pintó su hermano Valeriano, quien lo retrató unos años antes con esa pose de héroe romántico con la que figura en los libros de texto y en los antiguos billetes de cien pesetas, impresos por la Fábrica de Moneda y Timbre según el grabado del retrato que había hecho Bartolomé Maura y Montaner.

Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer. Sig.: IH/2636/4

Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer. Sig.: IH/2636/4

El poeta, siempre delicado de salud, había pasado un tiempo retirado en el monasterio de Veruela, al pie del Moncayo, pero en la fecha del acto de colocación de la primera piedra de la Biblioteca Nacional parece que estaba en Madrid, dado que había empezado a colaborar a finales de 1865 con el periódico satírico Gil Blas y a principios de 1866 había sido nombrado director literario del semanario ilustrado El Museo Universal. El escritor no abandonó la capital hasta septiembre, cuando viajó a la costa cantábrica por problemas de salud.

En El Museo Universal Bécquer escribía una sección llamada revista de la semana y redactaba todos los artículos que no estaban firmados, por lo que se conoce con exactitud lo que escribió en este periódico. Así, en el número del 29 de abril se incluye una amplia crónica de la ceremonia de la primera piedra junto con un grabado.

La crónica la podemos ver, casi la misma, en otros periódicos. Es una información oficial proporcionada a toda la prensa por el Gobierno. No parece haber un solo periódico en el que un reportero contara sus propias impresiones ante un acontecimiento tan excepcional, quizá el último acto de masas que protagonizó la reina antes de ser derrocada dos años más tarde y marchar al exilio. Su hijo y heredero, el futuro Alfonso XII, que era entonces un niño de 8 años, fue el encargado de echar tierra con una paleta de oro sobre la caja de zinc que guardaba los periódicos del día, una colección de monedas y la medalla con el busto de la reina.

En la crónica oficial se cita a pocas personas: la familia real, ministros del Gobierno, grandes de España y funcionarios de palacio, al director de la Biblioteca Nacional, Juan Eugenio Hartzenbusch, que pronunció un solemne discurso, y al maestro Barbieri, que dirigió una orquesta con 300 músicos y compuso una marcha triunfal especial para la ocasión. Del enorme gentío que asistió el acto sólo se dice que había personas de todas las clases sociales.

En ese mismo número de El Museo Universal, en la primera página que escribía Bécquer y en la que abordaba diversos temas, desde política internacional hasta crítica teatral pasando por la necesidad de construir un nuevo cementerio en Madrid, todo ello tratado como el consumado periodista profesional que ya era, hay una alusión a la ceremonia, pero de forma tan impersonal que hace dudar si Bécquer la había presenciado realmente. Tras destacar su importancia para las artes y las letras, se limita a decir que ha dejado un grato recuerdo en el ánimo de la multitud de personas notables en los círculos políticos, artísticos y literarios de la corte que acudieron a presenciarla.

Son palabras del otro yo de Bécquer, el maduro periodista político que ocupó un cargo oficial bien remunerado como censor de novelas gracias a su protector, el ministro González Bravo. No son las palabras que uno esperaría del autor sin edad de las Rimas y Leyendas, el poeta que cantó al fuego eterno del amor, el escritor intimista que sabía alzar el vuelo y plasmó sus sentimientos y visiones en el Libro de los gorriones, obra cuyo manuscrito conserva la BNE.

El 10 de junio de 1866, El Museo Universal vuelve a ocuparse del proyecto publicando un grabado de la fachada del Palacio de la Biblioteca según los planos del arquitecto Francisco Jareño. Es una bella recreación con calesas y jinetes frente al edificio por donde hoy circulan coches y autobuses de la EMT. Aunque la proyectada fachada fue posteriormente modificada.

El Museo Universal, 10/07/1866

El Museo Universal, 10/07/1866

 

Por esas mismas fechas comenzaban las obras. Así, en El Álbum de las Familias (11/06/1866) podemos leer:

Con el mayor placer hemos sabido que el contratista de las obras del grandioso edificio que se va a construir en el paseo de Recoletos destinado a Biblioteca y Museos Nacionales ha principiado a hacer las excavaciones para los cimientos.

El 11 de enero de 1868, otra noticia en La Época daba cuenta de los avances en las obras reproduciendo el lenguaje administrativo y recordándonos que aún no había entrado en vigor la peseta como unidad monetaria:

En virtud de lo propuesto por real orden de 24 de diciembre se ha señalado el día 31 de enero , a las doce de la mañana, para la adjudicación en pública subasta del acopio de 1.827 fanegas de cal de Valdemorillo para las obras de la Biblioteca y Museos Nacionales, cuyo presupuesto asciende a la suma de 2.192 escudos, 452 milésimas.

Aunque despacio, parece que las obras siguieron su curso hasta el derrocamiento de Isabel II en septiembre de 1868. Una información de dos meses antes habla de que trabajaban en ellas un enjambre de hasta 400 obreros laborando metidos en las profundas zanjas, tal y como leemos en La España (13/07/1868):

Según dice un periódico, estos días han estado a visitar las obras de la Biblioteca y Museos Nacionales que se están construyendo en Recoletos el señor presidente del Consejo de Ministros y los señores ministros de Fomento, Hacienda y Marina, el señor gobernador de la provincia y otra personas que les acompañaban, quedando satisfechos del progreso de las obras, y viendo a cuatrocientos operarios que reciben hoy jornal del Estado.

La conocida como ‘La Gloriosa’, la revolución que destronó a Isabel II, produjo la paralización de las obras. El nuevo Gobierno provisional tenía otras prioridades y además había estallado la guerra de la independencia de Cuba, lo  que iba a consumir cantidades ingentes del presupuesto nacional.

Cuando Bécquer vivía ya enfrente del enorme agujero abierto en Recoletos se puede leer alguna noticia del abandono en que estaba el proyecto. Así, en El Pensamiento español (31/10/1870):

Pero como un espantoso sarcasmo que hiela el corazón, hemos leído en otro periódico esta noticia horrible: ‘Nos ha llamado la atención el que haya presupuestados dos millones de reales para arreglo del patio del ministerio de la Guerra, y que al mismo tiempo estén detenidas por falta  de capitulo en el presupuesto de gastos las obras mucho más importantes y necesarias del edificio destinado a Biblioteca y Museos nacionales’

Aunque con altibajos, la llegada de Amadeo de Saboya al trono, rey que fue votado por el Parlamento, dio un nuevo impulso a las obras en 1871, pero para entonces ya Bécquer había fallecido y nada pudo ver. La esquela de su muerte apareció en El Imparcial (23/12/1870).

Esquela de Gustavo Adolfo Bécquer en El Imparcial (23/12/1870

Esquela de Gustavo Adolfo Bécquer en El Imparcial (23/12/1870

 

El último día del año 1870, el periódico cómico-teatral El Entreacto abrió su portada con la invitación al público a contribuir en una suscripción para editar un álbum con las obras literarias y artísticas de los hermanos Bécquer a fin de ayudar a sus familias. También se podía leer un panegírico de ambos:

Unidos ambos hermanos por un cariño sin límites, rodeados de su numerosa prole entre la cual ninguno de ellos distinguía al hijo del sobrino, y apoyados constantemente uno en otro, han llegado casi a un tiempo al término de su vida, dejando notable ejemplo de dignidad y honradez nunca desmentidas.

En abril de 1913, cuando ya la Biblioteca Nacional era una feliz realidad, su entonces director, Francisco Rodríguez Marín, presidió los actos de la exhumación en la sacramental de San Lorenzo de los restos de los hermanos Bécquer para ser colocados en un tren con destino a Sevilla, su ciudad natal. Se abrieron los féretros y una niña echó claveles en ellos. En octubre de ese mismo año el Ayuntamiento de Madrid aprobó colocar la artística placa que se puede ver hoy en la fachada de la casa de la calle de Claudio Coello donde falleció el poeta. Por alguna razón el acto de colocación no se llevó a cabo hasta 1928, como muestra este reportaje que le dedicó Mundo Gráfico.

En realidad, Bécquer, siempre con dificultades económicas, se había ido gratis a vivir allí con su familia y la de su hermano. Su amigo el periodista Ramón Rodríguez Correa le había hecho un hueco en el piso que a él le había cedido su protector, el marqués de Salamanca, uno de los hombres más ricos de la España de entonces. Todos estos detalles, contados por una sobrina del poeta, se pueden leer en el reportaje que con motivo del centenario de su nacimiento realizó la revista Estampa en febrero de 1936.

Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo fallecimiento apenas había motivado unas líneas en la Prensa, había alcanzado para entonces la gloria literaria. En realidad, su glorificación había comenzado poco después de su muerte. En 1873 ya se podía oír una romanza para piano compuesta con la letra de uno de sus poemas más conocidos: Volverán las oscuras golondrinas.

Este poema es tan popular que no hay duda de que mientras haya golondrinas yendo y viniendo, y aunque ya no cuelguen sus nidos en los balcones, el poeta que supo hablar de ellas con tanto sentimiento no será olvidado.

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