Filantropía o especulación. Las motivaciones del coleccionista de arte (de mediados del siglo XIX a finales del XX)

19 octubre, 2018

Laura Arias Serrano

Revista de museología, ISSN 1134-0576, n. 72, 2018, p. 10-29

 

Una colección, como ya intuyera Krzysztof Pomian, no es más que “un conjunto de objetos expuestos a la mirada”, pues al contrario que los de uso cotidiano, estos no se usan ni se valoran en función de su utilidad, sino que se contemplan, estudian y exponen por su propio valor intrínseco. Esto nos lleva a considerar que desde sus orígenes “la mirada” es uno de los usos básicos de una colección. Hay dos tipos de motivaciones que suelen influir en el coleccionista, por un lado las de carácter social y por otro, las que están estrechamente ligadas a la psicología individual. Pese a la carga de subjetividad que encierra el tema que nos ocupa, hay algo que ayuda a diferenciar a los verdaderos coleccionistas, y es la carga emocional que se establece entre estos y sus piezas. En este estudio se analizan los diferentes tipos de coleccionismo que ha habido a lo largo de los siglos XIX y XX, además de los protagonistas más importantes dentro de este ámbito, como son: Jacques Doucet, Solomon Guggenheim y la baronesa Hilla Rebay, John Pierpont Morgan, Calouste Gulbenkian, Mario Praz, Henry Clay Frick, Duncan Phillip, Francesc Cambó, Louisine Havemeyer, etc. A la hora de entender una colección debemos tener en cuenta a su creador, puesto que esa persona vuelca todo su afecto y sentimiento en la agrupación de los bienes preciados, así como sus emociones y deseos. Siendo precisamente esta cercanía emocional la que ayuda a agruparlos tipológicamente. Resulta curioso lo poco que ha variado, a lo largo de los años e incluso de los siglos, las motivaciones de los coleccionistas de arte. El contenido suele cambiar dependiendo de la época, y sin embargo, las personas  a la hora de elegir un objeto siguen dando protagonismo a “su mirada” y a ese “impulso innato” que, desde el principio de los tiempos, ha empujado al hombre a coleccionar. Se ha comprobado que la mayoría de los verdaderos coleccionistas, comparten la misma intranquilidad, porque una vez hayan muerto, sus herederos acaben vendiendo o dispersando lo que les ha costado una vida entera reunir. De ahí que algunos prefieran crear a sus expensas un museo o fundación privada donde albergar su colección, mientras otros acaban donando todo al Estado. Hay que recordar que tras la Primera Guerra Mundial, el coleccionismo privado empezó a verse superado por otro tipo de recopilación más profesional e institucional, la del propio museo.

Resumen realizado por José María Amate Sánchez

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