Archivos de Etiqueta: Patrimonio digital

Archivo web

Internet Archive y el archivo de la web española

Internet Archive es una institución sin ánimo de lucro, pionera en el campo de los archivos web. Archiva la web desde 1996 y desde 2001 da acceso abierto y gratuito a sus más de 150 billones de páginas web a través de la Wayback Machine. Esto le convierte en el mayor y más antiguo archivo web público.

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Archivo web Ciencia y tecnología

Aaron Swartz se suicida a los 26 años

En España, la figura de Aaron Swartz no es muy conocida. A decir verdad, tampoco mucha gente sabe quién es Tim Berners-Lee, y ello pese a que utilizamos la web, de la que él es considerado el creador, todos los días… Pues bien, Tim Berners-Lee (perdón, Sir Tim Berners-Lee) sí sabía quién era Aaron, y ha escrito sobre su muerte: “Aaron ha muerto.  Espíritus errabundos del mundo, hemos perdido a uno de nuestros sabios. Hackers por derecho, vamos uno a cero. Padres todos, hemos perdido un hijo. Lloremos” (la traducción es mía).

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Archivo web

Memorias del siglo XXI: el archivo de la web española

¿Cómo se enfrenta nuestra biblioteca a contrasentidos como el de que en la época de mayor tecnificación que ha conocido la Humanidad corramos el riesgo de perder todo el conocimiento que hemos generado? ¿Qué hace la BNE para proteger el patrimonio digital, la quintaesencia del mundo en que vivimos? ¿Cómo impedimos día a día desde nuestro edificio en el Paseo de Recoletos que páginas y sitios web que hoy funcionan pero mañana pueden haber desaparecido de la red se pierdan en un agujero negro de bits destruidos?

Desde 2009 la biblioteca se ha preocupado por tejer la urdimbre de la memoria de la contemporaneidad: el archivo web de la BNE permitirá que generaciones venideras accedan a las versiones archivadas de páginas y sitios web de contenido español (dominio .es y otros dominios y subdominios asociados, como el .com, .gob., .edu, .org, etc.). ¡Claro está que hasta que el archivo no esté públicamente accesible, nuestra imaginación apenas logrará trascender la abstracción y contagiarse de entusiasmo…! Pero el lanzamiento de una herramienta tan novedosa y colosal debería tener una enorme repercusión sobre nuestra manera de contemplar el presente: solemos zambullirnos en el océano de información que encontramos en Internet con despreocupación, dando por hecho que la información que está disponible hoy seguirá estándolo mañana. Y no es así.

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Archivo web Biblioteconomía Ciencia y tecnología

De vuelta a la Edad Oscura Digital (II)

Tom Chatfield, periodista experto en reportajes tecnológicos de la BBC, recogía el pasado septiembre en la web de la cadena inglesa algunos ejemplos de cómo está afectando hoy día la fragilidad de la web a la pervivencia de la memoria sociohistórica en un texto llamado “The decaying web and our disappearing history”, que podría traducirse –un tanto libremente- por “El deterioro de la web y nuestra historia sin rastro”. En él el autor relata su temor ante la volatilización progresiva de la “comunicación efímera” (tuits, comentarios, actualizaciones de contenido, etc.), esencial para comprender nuestra contemporaneidad. Para ello se servía del ejemplo de la desaparición de la web de un tuit de un usuario de Twitter llamado Farrah, que el 28 de enero de 2011, tercer día de las protestas populares egipcias que finalmente desembocarían en la deposición del régimen de Mubarak, habría colgado un enlace a una fotografía de un hombre supuestamente armado corriendo sobre un tejado durante las confrontaciones entre policía y manifestantes en Suez, y que a estas alturas del devenir histórico ya se habría esfumado caliginosamente, dejando en su lugar sendos mensajes de error informándonos de la inexistencia del enlace buscado e inutilizando la posibilidad de verificar su contenido. ¿Estaremos desprendiendo jirones de la retentiva del siglo XXI antes siquiera de reflexionar sobre si es importante o no conservarlos?

En un artículo publicado por la Universidad de Cornell, los investigadores Hany M. SalahEldeen y Michael L. Nelson cifran (y el dato es aterradoramente revelador) que un 11% de los posts, tuits, etc. que se comparten a través de la red se disipa en el olvido al cabo de un año, llegando a perderse un 27% de contenidos al cabo de tan sólo dos años y medio. Para llevar a cabo su estudio los autores se centraron en seis acontecimientos producidos de junio de 2009 a marzo de 2012 (y ojo a la selección, que en la espuma de los tiempos hay burbujas informativas para todos los gustos): el brote epidémico del virus H1N1, la muerte de Michael Jackson, las elecciones iraníes, el Premio Nobel de la Paz otorgado a Barack Obama, la revolución egipcia y las revueltas en Siria. Resulta incongruente que la instantaneidad de estas incorpóreas comunicaciones facilite la espontaneidad del debate o la reflexión conjunta y al mismo tiempo contribuya a descontextualizar velozmente la información que contienen, inutilizándolas completamente. ¿Acaso estamos escribiendo la historia del siglo XXI sobre la arena?

La primera mención expresa del término “Digital Dark Age” (Edad Oscura Digital) data de 1997: durante el 63 Consejo y Conferencia General de la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias (IFLA), Terry Kuny emplearía por vez primera la referencia a una “edad oscura digital” para referirse a una hipotética situación futura en la que podría ser difícil o imposible abrir y leer ciertos tipos de archivos digitales que habrían desaparecido para siempre del acervo de la Humanidad por haber sido guardados en formatos obsoletos, cuya lectura requeriría de un software o un hardware determinado ya inexistente. Para Kuny, la clave de la preservación residiría en encontrar el equilibrio entre hardware, software y humanware, entendiendo por este último concepto el aprovechamiento inteligente de las relaciones que las organizaciones mantienen con las personas.

Quienes se postulan a favor del papel como sustituto tangible de lo electrónico, solicitando un retorno tecnológico a la primacía de la celulosa sobre lo impalpable, plantean a menudo preguntas incómodas, como: “¿Qué tiene más visos de sobrevivirnos, una amarilleante foto impresa o un archivo fotográfico de 50 Megabytes alojado en el disco duro de nuestro portátil?”.

Un ejemplo muy conocido de ilegibilidad y entropía involucra a la tecnológicamente todopoderosa agencia espacial americana, la NASA, que permitió que las cintas magnéticas del amartizaje de la sonda Mars Viking mordieran el polvo durante los diez años que permanecieron sin procesar. Al cabo de esa década los datos se habían convertido en un rompecabezas: el testimonio del paso de la sonda por el planeta rojo resultaba indescifrable por estar escrito en un formato imposible de analizar, un formato cuyos programadores originales habían muerto o bien habían abandonado la agencia. Los resultados de la primera misión astrobiológica de la década de los setenta no podían darse por perdidos, así que durante meses un equipo técnico se dedicó a examinar las grabaciones, dedicando toda suerte de esfuerzos a recuperar para la Humanidad aquello que, paradójicamente, no se había extraviado en la infinitud del espacio exterior, sino sobre nuestro propio planeta.

¿Y el futuro, será digital o no será? Parece que sí: un estudio a cargo de la British Library refiere que, para el año 2020, el 40% de las monografías dedicadas a la investigación (libros de no ficción) estará disponible exclusivamente en formato electrónico, un 50% adicional se publicará en formato tanto impreso como digital y únicamente un 10% de las publicaciones monográficas de ensayo se imprimirá. En lo que se refiere a las publicaciones seriadas, un 76% estará disponible sólo en formato digital, un 20% coexistirá sobre el papel y los bits y sólo un 4% pasará por la tinta de la impresora. Cabe que nos lo preguntemos: ¿estamos diversificando el conocimiento que enviamos rumbo a los siglos venideros con sabiduría o, como decía el poeta Paul Valéry, “lo malo de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”?

Y como no hay dos sin tres, ¡más información en la tercera entrega de este post!

Icíar Muguerza López
Servicio de Web

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Archivo web Biblioteconomía Ciencia y tecnología

De vuelta a la Edad Oscura Digital (I)

La falta de fuentes que permitan recomponer el pasado oscurece ciertos periodos, desvaneciendo los contornos del espejo histórico en el que observamos el devenir de la Humanidad. Alrededor del 1200 a.C. el mundo micénico se desplomó, dejando tras de sí la estela debilitada de un venturoso florecimiento cultural. Cuatro siglos más tarde, el florecimiento de la época arcaica barrería los vestigios del colapso. A ese paréntesis de pobreza material y escasez de datos se le denominó Edad Oscura.

Pero no fue la única época que se granjeó un merecido puesto en los anales del catastrofismo. El colapso del Imperio Romano de Occidente o el siglo X, saeculum obscurum papal, son sólo algunas de las etapas de sombras que ha conocido la especie. Y quizás ahora se cierna sobre nosotros una nueva amenaza oscurantista: el advenimiento de una nueva Edad Oscura, esta vez digital.

En enero de 1995 el científico Jeff Rothenberg escribió un artículo en la revista Scientific American (“Ensuring the Longevity of Digital Documents”) en el que imaginaba la reacción de unos nietos imaginarios que, explorando el ático de casa de su abuelo en el año 2045, se hubieran encontrado con una carta fechada en 1995 y un CD-ROM. En el escenario inventado por Rothenberg, la carta explicaría que en el CD-ROM se conservaba un documento que contenía la llave de la fortuna de su abuelo. Los nietos, visiblemente excitados ante la promesa de heredar un gran capital, se tirarían de los pelos por no poder acceder a él, ya que no dispondrían del hardware ni del software requeridos para legibilizar la información contenida en el obsoleto artefacto. Paradójicamente, la humilde carta seguiría siendo tecnología punta, totalmente accesible.

La Humanidad confía desde hace milenios en el papel como soporte de archivo de la memoria individual y colectiva, debido a que resulta relativamente económico de fabricar, no precisa de cuidados especiales  y no exige disponer de una tecnología adicional que facilite su lectura (a excepción quizás de unas gafas en caso de vista cansada).  En cambio, la tecnología que se ha quedado obsoleta (vetustos procesadores de textos, floppy disks ilegibles, software propietario en una versión desactualizada, etc.) tolera muy mal el abandono: para reproducir exitosamente la información contenida en un determinado soporte, el usuario debe recrear el ecosistema habitual en el que el documento concreto fue generado. Y para llevar a cabo esta emulación del entorno original que en el pasado permitía acceder a una información determinada, se necesita reproducir todo el sistema y aplicaciones de un software dado, así como disponer de una completa especificación del hardware necesario sobre el que ejecutarlo. De locos, si uno contrapone esto a la sencillez del acto de abrir un libro y comenzar a leer.

Y sin embargo, por mucho que a veces nos violente el farragoso encendido de un dispositivo mecánico de lectura que, para más inri, constantemente demanda ser conectado a una fuente de alimentación externa para comenzar a funcionar, no podemos renunciar a la tecnología. Los avances en materia de información y comunicación están cambiando la faz del mundo, abriendo rápidas vías de crecimiento (sobre todo para los países industrializados), generando continuas oportunidades. Sin el valor que añade a nuestra fuerza productiva el conocimiento que compartimos de forma instantánea a través de la red el mundo no prosperaría.  Y sin embargo somos ídolos progresistas con los pies incrustados en el barro indiferente del olvido. La posibilidad de que cuanto hemos creado se cimente sobre un presupuesto imperfecto y efímero, el de que “la tecnología está hecha para durar” (cosa incierta), es ominosa, pero no por ello menos real.

¡Más sobre este tema en el próximo post!

Icíar Muguerza López
Servicio de Coordinación de la Web

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