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Historia de la Biblioteca Nacional

Memorias de la BNE

La Biblioteca Nacional de España, en este año de celebración del Tricentenario, ha digitalizado todas las memorias administrativas que se conservan de los trabajos realizados en la Institución. Están a disposición de todos los usuarios interesados en la Hemeroteca Digital.

Portada de la primera Memoria de la BNE

Las memorias de la BNE comenzaron a redactarse en 1857 para dar cumplimiento a lo estipulado en el Art. 57 del Reglamento de la BNE de 7 de enero de 1857. En dicho artículo se establecía que el director de la BNE debía remitir cada año al gobierno, hacia fines de diciembre, una memoria expositiva del estado en que se hallara la biblioteca, de las adquisiciones y trabajos hechos durante el año, de las variaciones de personal y mejoras que se necesitasen, con un resumen del movimiento científico y literario de España comparado con otros países. Esta obligación se reitera y renueva a lo largo de la historia de la BNE en otros reglamentos, decretos y reales órdenes.

La primera memoria de la BNE editada como tal de la que tenemos noticia es la de 1857, elaborada por el entonces director D. Agustín Durán. Además de la de 1857 se conservan las de los años siguientes: 1858/1859-1875/1876, 1930/1932, 1992-1993, 2007-2010.

Sin embargo, el Archivo de la institución conserva también muchas de las memorias que no fueron editadas como tales. Nos referimos entre otras a la del año 1882, borrador manuscrito de lo que fue la memoria; las de 1949, 1959, 1961-1974, 1979-1988. Por otro lado, existen memorias parciales de la BNE por áreas de trabajo que, de momento, no se han digitalizado, pero cuya inclusión en esta recopilación confiamos poder hacer en breve.

Memoria de la BNE, 1930-1932

A través de las memorias de la BNE se puede emprender un interesante recorrido por la institución, conocer su historia más fidedigna, sus problemas, colecciones, organización, etc. Resulta curioso comprobar cuáles son los temas recurrentes en todas ellas. Además de dar cumplida cuenta de los trabajos realizados, de detallar las obras que han ingresado en la BNE y de recordar a los trabajadores de la BNE fallecidos en el año, los problemas que se exponen en la mayoría de ellas no están muy lejos de los que podríamos plantearnos hoy día:

  • Falta de espacio
  • Escasez de presupuesto
  • Personal insuficiente
  • Quejas por el incumplimiento de las diferentes leyes en vigor por la que impresores y editores estaban obligados a entregar ejemplares a la BNE.
  • Propuesta de obras y/o remodelaciones necesarias en el edificio o bien descripción de la que están curso. En unos casos dichas obras tenían como finalidad recuperar espacios y en otros subsanar deficiencias en el edificio.

Animamos a todos aquellos interesados tanto en la pequeña como en la historia más oficial  de la BNE a que recorran las páginas de las memorias. En ellas encontrarán multitud de anécdotas y curiosidades, y descubrirán una biblioteca siempre viva y empeñada en cumplir su misión lo más acertadamente posible.

Inmaculada Torrecillas
Departamento de control bibliográfico de revistas

Historia de la Biblioteca Nacional

¡Al ladrón!

La mejor noticia es que en los 300 años de historia de la Biblioteca no ha habido muchos robos. El de 1930, además, sacó a la luz muchos problemas organizativos que se solucionaron y contribuyeron a crear la BNE tal como hoy la conocemos.

La noticia salió a la luz el 17 de abril de 1930. El Heraldo de Madrid titulaba “En la Biblioteca Nacional fueron sustraídos unos grabados de Rembrandt, Durero y Lucas, que ahora están en Berlín” (los grabados, no los autores). Aprovechaba, además, para lanzar una puyita a la censura, como veis:

Heraldo de Madrid, 17/04/1930

La noticia se conocía ya en diciembre del año anterior pero la censura obligó a quitarla de todas las portadas. Durante este período de silencio se interrogó a varios sospechosos (aprovecha el diario madrileño para denunciar su situación de incomunicación: no dan puntada sin hilo) pero no había forma de resolver el misterio.

Cinco meses después, cuando apareció la noticia, ya estaba detenido el culpable y la censura permitió hablar del asunto. Y la información se dio según los usos de la época, es decir, con poco respeto a la intimidad. Se conoce el nombre completo del autor del robo, así como su dirección y la de su amante. ¿Tampoco podéis resistir la intriga?

Las pesquisas policiales llevaron a Antonio López Santos, trabajador de la Biblioteca. Conocía de sobra el valor de los documentos que sustraía y pudo acceder a ellos gracias a su puesto de trabajo en una época, además, en la que el control de entrada y salida no era como el actual: era casi inexistente

López lo tenía todo listo para marcharse a Berlín y vender los grabados en el mercado negro, aunque no era precisamente un as del crimen organizado. Las obras estaban guardadas de aquella manera en la casa (General Díaz Porlier, 10) de su amante, María Magdalena Díaz (soltera, 41 años, natural de Oviedo), junto a algunos documentos incriminatorios.

La Voz, 17/04/1930

El día de su detención acudió al Banco Alemán Transatlántico a cobrar un cheque de 53.000 pesetas. Sabiéndose vigilado, salió de la sucursal antes de hacerlo. Al volver a la casa de su amante fue detenido en la misma puerta del ascensor. El ladrón declaró que todos aquellos libros eran suyos, aunque tenían el sello de la BNE y fueron reconocidos como tales por el Segundo Jefe de la Biblioteca, Álvaro Gil Albacete. Con la coartada por los suelos, Antonio López ingresó en la Cárcel Modelo de Madrid.

Ante el juez declaró también María Magdalena, quien afirmó desconocer la procedencia de los libros y aseguró que las 53.000 pesetas eran suyas. Su historia debió de ser convincente, pues quedó en libertad, al contrario que su amante.

Esta noticia tuvo un gran revuelo mediático. Aunque se recuperaron todas las obras robadas (unas en casa de María Magdalena, otras en Berlín), el Director, Rodríguez Marín, presentó su dimisión al poco tiempo. Fue sustituido por Miguel Artigas (hasta entonces Director de la Biblioteca Menéndez Pelayo, de Santander), cuyo trabajo en la Biblioteca ayudó a que hoy sea una de las instituciones culturales más importantes de España.

Heraldo de Madrid 16/05/1930

Con Artigas se creó el Real Patronato de la BNE, para la “organización, enriquecimiento y defensa del desvalido y caótico palacio” (Heraldo de Madrid, 16 de mayo de 1930). Se hizo además una profunda reforma del edificio: se restauraron las cubiertas de cristal, se mejoró la calefacción, se cubrieron las conducciones eléctricas, se instaló el teléfono, se abrieron ventanales en el Salón de lectura, se protegió el edificio contra incendios, se mejoró la seguridad de los libros, especialmente los incunables y raros, y se abrieron nuevas salas especializadas, como la de Revistas y la de Exposiciones.

La Biblioteca no solo mejoró físicamente, también mejoró su servicio a los usuarios. Más horas de apertura, distintos tipos de carnés según la tipología de usuarios y pequeños detalles como instalar una sección de libre acceso o permitir la consulta de más de un documento a la vez hicieron la vida más fácil a los usuarios.

Para los curiosos, la lista completa de documentos robados por Antonio López se encuentra en este ejemplar de El Imparcial.

Javier Pavía Fernández
Servicio de Web

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La noche en que no ardió el Museo del Prado

Entre los hechos que nunca han ocurrido ocupa un lugar predominante el incendio imaginario del Museo del Prado el 25 de noviembre de 1891.

El mal estado en que se encontraban las instalaciones del museo sirvió de base a un artículo periodístico, tan dramático como falso, en el que se describía la catástrofe con todo lujo de detalles. La crónica del suceso apareció en el diario El Liberal y fue obra de uno de los grandes periodistas españoles del XIX, Mariano de Cavia, conocido por su carácter peculiar: vivía en un hotel, pero tenía un piso ocupado solamente por su biblioteca personal.

En su artículo describía la destrucción de la pinacoteca con todo lujo de detalles, pintando una imagen desastrosa del museo “coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes y de cuando en cuando haces de chispas, que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya… No ardía solo el ala de Poniente ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo entero, el Museo por los cuatro costados”.
Y no solo eso, incluía las supuestas opiniones de varios testigos y el relato de cómo algunos voluntarios se jugaban la vida para rescatar los lienzos del interior del edificio cortándolos con cuchillos y navajas.

Pero lo que quería Mariano de Cavia no era crear alarma, sino denunciar el estado deplorable del Prado, donde los trabajadores vivían con sus familias en los desvanes: “Allí se guisaba, allí se encendía fuego para toda clase de menesteres caseros (…), los suelos y la techumbre eran inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a su endeblez”.

El último párrafo de su noticia daba a entender que todo era una invención suya y que no existió tal incendio, aunque podría producirse cualquier día si no se tomaban medidas. Sin embargo, muchas personas no leyeron el artículo completo o no entendieron la sutil ironía del autor y se echaron a las calles a ver con sus propios ojos las ruinas del Museo del Prado.

Al día siguiente, El Liberal abría con un nuevo texto de Cavia, un artículo furibundo titulado “Por qué he incendiado el museo de pinturas”. En este enumeraba varios monumentos que habían sido pasto de las llamas (el Alcázar de Segovia, la Catedral de Sevilla…) y exigía medidas al gobierno para impedir que volviera a suceder. “Hemos inventado una catástrofe… para evitarla”, concluía.

Y lo que es mejor: funcionó. El día 28 de noviembre, el Ministro de Fomento Manuel Linares Rivas visitaba las instalaciones del Prado y quedaba sorprendido al descubrir, por ejemplo, un almacén de leña en sus sótanos. Se ordenaron una serie de medidas de remodelación, comenzando por desalojar a las familias que vivían hacinadas en las buhardillas. Además, se cambió la estructura del tejado por un andamiaje de metal y otra serie de medidas arquitectónicas encargadas a Jareño Alarcón, más recordado por haber proyectado el edificio de la Biblioteca Nacional de España.

No hay forma de saber si el Museo habría ardido realmente de no ser por Mariano de Cavia, pero ¿creéis que una buena causa justifica una información falsa?

Javier Pavía Fernández
Servicio de Coordinación de la Web

Fondos y colecciones destacadas Publicaciones periódicas

La prensa en las primeras Olimpiadas

Tal día como hoy, en 1896, se inauguraban los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Es de suponer que la prensa se volcó con semejante acontecimiento, ¿verdad? Pues no demasiado.

La Correspondencia de España le dedica únicamente un breve al acto de inauguración y otro, que podéis ver junto a estas líneas, al de clausura, celebrado el 15 de abril.

No se publicaron ni medalleros, ni reportajes en profundidad, ni entrevistas, ni suplementos especiales, ni hubo un aluvión de corresponsales llegados de los cinco continentes ¡ni mucho menos fotografías! Otros diarios españoles, como El Imparcial o El Siglo Futuro, publican exactamente los mismos textos, obtenidos de la agencia de noticias Fabra, antecesora de la actual EFE. A su vez, esta recibía la información de la agencia francesa Havas y se limitaba a traducirla. Solo el barcelonés La Dinastía profundiza algo al informar de que las pruebas de remo debieron suspenderse debido a la lluvia torrencial que azotaba Atenas, mientras La Ilustración Española y Americana critica veladamente la celebración, a la que dedica solamente tres líneas.

Esta aparente indiferencia, que podría deberse a que ningún atleta español participó en estos primeros Juegos modernos, no es total: El Imparcial publicó el programa de actividades completo, aunque se trataba de una traducción del trabajo del corresponsal del New York Times en Atenas.

Los Juegos Olímpicos resucitaron gracias a los esfuerzos de Pierre de Coubertin, que tomó la idea de las pequeñas “Olimpiadas” organizadas y financiadas por Evangelis Zappas en 1859, 1870 y 1875. Para la celebración de unos juegos verdaderamente internacionales se estableció un Comité Olímpico en 1894, que decidió por unanimidad celebrar los primeros Juegos en Atenas dos años después y los segundos en 1900 en París, coincidiendo con la Exposición Universal.

Gran parte del presupuesto de estas Olimpiadas fue aportado por donativos populares y los atletas, lejos de ser las grandes estrellas mediáticas que son hoy, compaginaban su actividad con otros empleos y debían pagarse el alojamiento en Atenas de su propio bolsillo. Es más, la normativa del COI establecía que no podrían participar atletas profesionales, además de la descabellada norma de que por encima de las decisiones de los árbitros y del jurado pesaba el voto decisivo e inapelable del Príncipe Jorge.

Pero no fue esta la única norma que resulta chocante hoy en día. El error más sonado fue prohibir la participación de mujeres bajo argumentos tan peregrinos como que serían una distracción para los atletas. Pese a ello, una mujer llamada Stamata Revithi decidió correr la maratón. Lo hizo al día siguiente de la carrera masculina en un tiempo de 5 horas y media. Pese a que recogió firmas y testimonios de su participación, a día de hoy no figura como una participante oficial de los Juegos. Es más, la maratón femenina no sería un deporte olímpico hasta casi un siglo después, en 1984.

Los deportes olímpicos de 1896 fueron atletismo, gimnasia, tiro, ciclismo, levantamiento de peso, tenis, lucha, esgrima y natación. La falta de instalaciones apropiadas obligó a los nadadores a realizar sus pruebas en mar abierto.

Los ganadores de las pruebas recibieron medallas de plata, un diploma y una rama de olivo, y para los segundos clasificados, medallas de cobre. No hubo ni medallas de oro ni ningún tipo de premio o reconocimiento para los terceros de cada competición. Además, no existían equipos nacionales como se entienden hoy día, por lo que es muy difícil especificar qué países compitieron y por ende cuáles consiguieron más medallas.

Javier Pavía Fernández
Servicio de Coordinación de la Web

Divulgación Fondos y colecciones destacadas

¿Sabes cuándo surge la prensa para niños?

Aunque nos parezca difícil de imaginar, no siempre ha existido la literatura dedicada a los niños. De hecho, la primera publicación periódica pensada para la infancia es la titulada La Gazeta de los niños, que carecía de ilustraciones y su finalidad era marcadamente educativa. Desde esta primera revista, que muchos niños de ahora considerarían aburrida por la ausencia de imágenes, hasta las revistas actuales que se centran precisamente en las ilustraciones como modo de atraer a los lectores más jóvenes, ha habido un enorme cambio que refleja la misma evolución de la prensa y revistas para adultos. Todas estas publicaciones tienen en común, sean de la época que sean, que buscan entretener al mismo tiempo que instruir.

La BNE posee un fondo realmente importante, tanto por cantidad como por calidad, de estas publicaciones. Así encontramos la ya nombrada La Gazeta de los niños, publicada según todos los indicios en 1798 por Antonio de Sancha, uno de los impresores más importantes de la época. Durante el siglo XIX van surgiendo diversas obras con esta temática, hasta llegar a más de sesenta cabeceras. Por primera vez se considerará al niño como lector asiduo con unos intereses propios. Las páginas de estas publicaciones se ofrecieron como nuevo soporte, sencillo y poco encorsetado, para relatos, poesía y composiciones teatrales.

A pesar de que su finalidad primera era la educación, sobre todo religiosa, siempre se intentó que ésta fuera lo más amena posible, gracias a la inclusión de pasatiempos, juegos, etc. Posteriormente se fueron introduciendo las ilustraciones para apoyar los textos y luego fueron adquiriendo importancia por sí mismas cuando surgieron los primeros comics. Ya en el siglo XX destaca la revista Los Niños: revista de educación y recreo (1870-1872), que utiliza las primeras viñetas con gran expresividad gráfica y vinculación entre ellas para contar historietas.

Esta es una pequeña selección de los documentos localizados en los fondos de la BNE, pertenecientes todos ellos al siglo XIX:

- El Mentor de la infancia: periódico de los niños por una sociedad de padres de familia (1843-1845), un periódico con ilustraciones que salía los domingos y que es considerado la segunda publicación creada para los niños. Los textos iban acompañados por grabados, sobre todo de distintos juegos, como la gallina ciega (dibujo de Eusebio Zarza, dibujante y grabador fundamental del siglo XIX).

- La Educación de los niños: publicación pintoresca (1849-1850), publicación ilustrada-pintoresca, después llamada “”La Ilustración de los niños”". Dice su creador Francisco Morales de Castilla: “”Nosotros creemos que esta clase de obras deben disponerse de un modo tal que concilie sin la menor fatiga el interés del espíritu y la distracción de la fantasía“”.

- El faro de la niñez: enciclopedia general de instrucción primaria, moralidad y recreo infantil : oficial de la Sociedad de Socorros Mutuos de Instrucción Pública (1850-1851), un tipo de prensa de “”educación“”, con diversidad de formatos literarios, y siempre con un fin moralizante. Gozó de la distinción de “”acogido por los ayuntamientos“”, lo que garantizaba la suscripción de todas las escuelas, ya que los municipios costeaban el precio a aquellas escuelas que no podían permitírselo por razones económicas. De hecho, los inspectores de enseñanza obligaban a suscribirse a esta publicación.

- El Instructor: periódico de enseñanza popular, dedicado a los niños de ambos sexos (1852-1856), esta publicación trataba de enseñar no sólo a aquellos niños que acudían a las escuelas, sino también a los que no podían acudir a ellas. Reunía todo tipo de enseñanzas: historia, religión, mitología, lectura, escritura, gramática, etc.

- Flor de la infancia: periódico de niños (1868), periódico centrado en la enseñanza religiosa.

- La primera edad (1873) se idea para llegar a los niños más pequeños, con una lectura escogida, amena, moral e instructiva, además de ilustraciones y figurines para las niñas y sus muñecas.

- La Ilustración de la infancia : revista tipo-autógrafa de educación y recreo (1877-1879), esta publicación tiene la curiosidad de que algunos de los relatos están manuscritos y así se han impreso junto a la letra de imprenta. Ofrecía relatos, cuentos, fábulas con ilustraciones…

- La Niñez : revista de Educación y Recreo (1879-1882), ofrece la alternativa a “”la árida lectura del libro didáctico“”, mediante una enseñanza más amena de la moral religiosa, y las buenas costumbres, ilustrándose con grabados xilográficos.

- El Amigo de la infancia : periódico ilustrado (1880-1932), cuidó especialmente de la formación del niño con un lenguaje claro y directo. Había una sección didáctica, otra llamada “”Nuestra correspondencia“”, que recibía cartas y pequeñas contribuciones de los niños de las Escuelas Dominicales, y la “”Sección recreativa“”, espacio para el humor y los juegos de ingenio.

Además, algunas de las publicaciones infantiles del siglo XIX ya se pueden consultar a través de la Hemeroteca Digital, como son Álbum de las familias , Museo de los Niños y Educación pintoresca.

Para saber más se pueden consultar diversas obras de referencia:

- Mercedes Chivelet: La prensa infantil en España : desde el siglo XVIII hasta nuestros días (2009)
- Jesús María Vázquez: Estudio sociográfico de la actual prensa infantil y juvenil en España (1974)
- Jesús María Vázquez : La prensa infantil en España (1963).
- Antonio Rodríguez Almodovar: Literatura infantil de tradición popular (1993)

María Toral España
Sala de Prensa y Revistas