Archivos de la Categoría: Biblioteconomía

Bibliotecas y bibliotecarios Biblioteconomía

Cinco millones de documentos recontados

Casi cinco millones de documentos han sido revisados por la Biblioteca Nacional de España desde el año 2008, cuando se decidió cerrar las puertas a los investigadores durante una semana todos los años para realizar el recuento de los fondos.

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Biblioteconomía

La Biblioteca Nacional remueve la historia

Los trabajadores de la Biblioteca Nacional de España están realizando labores de recuento de su fondo documental, pero ¿qué es el recuento? Se trata de una actividad, que se remonta al año 2008, fundamental para el correcto funcionamiento de esta institución que almacena y preserva desde 1712 el patrimonio bibliográfico español. Un total de 220 trabajadores –tanto en la sede del Paseo de Recoletos como en la de Alcalá de Henares- revisan un buen número de depósitos en busca de errores de catalogación y problemas de conservación de entre los 426.000 archivos que serán inspeccionados en esta ocasión.

El recuento se lleva a cabo la tercera semana del mes de enero y durante los siete días que dura se moviliza a la mayor parte del personal de la Biblioteca, aunque sus obligaciones diarias se encuentren lejos de los depósitos. El recuento no aumenta el volumen de trabajo de los profesionales. “Sería inviable”, dice Yolanda Ruiz, coordinadora del proceso. La sala de lectura y otras estancias de la Biblioteca permanecen cerradas al público, a excepción del Museo y las salas de exposiciones.

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Archivo web Biblioteconomía Ciencia y tecnología

De vuelta a la Edad Oscura Digital (II)

Tom Chatfield, periodista experto en reportajes tecnológicos de la BBC, recogía el pasado septiembre en la web de la cadena inglesa algunos ejemplos de cómo está afectando hoy día la fragilidad de la web a la pervivencia de la memoria sociohistórica en un texto llamado “The decaying web and our disappearing history”, que podría traducirse –un tanto libremente- por “El deterioro de la web y nuestra historia sin rastro”. En él el autor relata su temor ante la volatilización progresiva de la “comunicación efímera” (tuits, comentarios, actualizaciones de contenido, etc.), esencial para comprender nuestra contemporaneidad. Para ello se servía del ejemplo de la desaparición de la web de un tuit de un usuario de Twitter llamado Farrah, que el 28 de enero de 2011, tercer día de las protestas populares egipcias que finalmente desembocarían en la deposición del régimen de Mubarak, habría colgado un enlace a una fotografía de un hombre supuestamente armado corriendo sobre un tejado durante las confrontaciones entre policía y manifestantes en Suez, y que a estas alturas del devenir histórico ya se habría esfumado caliginosamente, dejando en su lugar sendos mensajes de error informándonos de la inexistencia del enlace buscado e inutilizando la posibilidad de verificar su contenido. ¿Estaremos desprendiendo jirones de la retentiva del siglo XXI antes siquiera de reflexionar sobre si es importante o no conservarlos?

En un artículo publicado por la Universidad de Cornell, los investigadores Hany M. SalahEldeen y Michael L. Nelson cifran (y el dato es aterradoramente revelador) que un 11% de los posts, tuits, etc. que se comparten a través de la red se disipa en el olvido al cabo de un año, llegando a perderse un 27% de contenidos al cabo de tan sólo dos años y medio. Para llevar a cabo su estudio los autores se centraron en seis acontecimientos producidos de junio de 2009 a marzo de 2012 (y ojo a la selección, que en la espuma de los tiempos hay burbujas informativas para todos los gustos): el brote epidémico del virus H1N1, la muerte de Michael Jackson, las elecciones iraníes, el Premio Nobel de la Paz otorgado a Barack Obama, la revolución egipcia y las revueltas en Siria. Resulta incongruente que la instantaneidad de estas incorpóreas comunicaciones facilite la espontaneidad del debate o la reflexión conjunta y al mismo tiempo contribuya a descontextualizar velozmente la información que contienen, inutilizándolas completamente. ¿Acaso estamos escribiendo la historia del siglo XXI sobre la arena?

La primera mención expresa del término “Digital Dark Age” (Edad Oscura Digital) data de 1997: durante el 63 Consejo y Conferencia General de la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias (IFLA), Terry Kuny emplearía por vez primera la referencia a una “edad oscura digital” para referirse a una hipotética situación futura en la que podría ser difícil o imposible abrir y leer ciertos tipos de archivos digitales que habrían desaparecido para siempre del acervo de la Humanidad por haber sido guardados en formatos obsoletos, cuya lectura requeriría de un software o un hardware determinado ya inexistente. Para Kuny, la clave de la preservación residiría en encontrar el equilibrio entre hardware, software y humanware, entendiendo por este último concepto el aprovechamiento inteligente de las relaciones que las organizaciones mantienen con las personas.

Quienes se postulan a favor del papel como sustituto tangible de lo electrónico, solicitando un retorno tecnológico a la primacía de la celulosa sobre lo impalpable, plantean a menudo preguntas incómodas, como: “¿Qué tiene más visos de sobrevivirnos, una amarilleante foto impresa o un archivo fotográfico de 50 Megabytes alojado en el disco duro de nuestro portátil?”.

Un ejemplo muy conocido de ilegibilidad y entropía involucra a la tecnológicamente todopoderosa agencia espacial americana, la NASA, que permitió que las cintas magnéticas del amartizaje de la sonda Mars Viking mordieran el polvo durante los diez años que permanecieron sin procesar. Al cabo de esa década los datos se habían convertido en un rompecabezas: el testimonio del paso de la sonda por el planeta rojo resultaba indescifrable por estar escrito en un formato imposible de analizar, un formato cuyos programadores originales habían muerto o bien habían abandonado la agencia. Los resultados de la primera misión astrobiológica de la década de los setenta no podían darse por perdidos, así que durante meses un equipo técnico se dedicó a examinar las grabaciones, dedicando toda suerte de esfuerzos a recuperar para la Humanidad aquello que, paradójicamente, no se había extraviado en la infinitud del espacio exterior, sino sobre nuestro propio planeta.

¿Y el futuro, será digital o no será? Parece que sí: un estudio a cargo de la British Library refiere que, para el año 2020, el 40% de las monografías dedicadas a la investigación (libros de no ficción) estará disponible exclusivamente en formato electrónico, un 50% adicional se publicará en formato tanto impreso como digital y únicamente un 10% de las publicaciones monográficas de ensayo se imprimirá. En lo que se refiere a las publicaciones seriadas, un 76% estará disponible sólo en formato digital, un 20% coexistirá sobre el papel y los bits y sólo un 4% pasará por la tinta de la impresora. Cabe que nos lo preguntemos: ¿estamos diversificando el conocimiento que enviamos rumbo a los siglos venideros con sabiduría o, como decía el poeta Paul Valéry, “lo malo de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”?

Y como no hay dos sin tres, ¡más información en la tercera entrega de este post!

Icíar Muguerza López
Servicio de Web

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Archivo web Biblioteconomía Ciencia y tecnología

De vuelta a la Edad Oscura Digital (I)

La falta de fuentes que permitan recomponer el pasado oscurece ciertos periodos, desvaneciendo los contornos del espejo histórico en el que observamos el devenir de la Humanidad. Alrededor del 1200 a.C. el mundo micénico se desplomó, dejando tras de sí la estela debilitada de un venturoso florecimiento cultural. Cuatro siglos más tarde, el florecimiento de la época arcaica barrería los vestigios del colapso. A ese paréntesis de pobreza material y escasez de datos se le denominó Edad Oscura.

Pero no fue la única época que se granjeó un merecido puesto en los anales del catastrofismo. El colapso del Imperio Romano de Occidente o el siglo X, saeculum obscurum papal, son sólo algunas de las etapas de sombras que ha conocido la especie. Y quizás ahora se cierna sobre nosotros una nueva amenaza oscurantista: el advenimiento de una nueva Edad Oscura, esta vez digital.

En enero de 1995 el científico Jeff Rothenberg escribió un artículo en la revista Scientific American (“Ensuring the Longevity of Digital Documents”) en el que imaginaba la reacción de unos nietos imaginarios que, explorando el ático de casa de su abuelo en el año 2045, se hubieran encontrado con una carta fechada en 1995 y un CD-ROM. En el escenario inventado por Rothenberg, la carta explicaría que en el CD-ROM se conservaba un documento que contenía la llave de la fortuna de su abuelo. Los nietos, visiblemente excitados ante la promesa de heredar un gran capital, se tirarían de los pelos por no poder acceder a él, ya que no dispondrían del hardware ni del software requeridos para legibilizar la información contenida en el obsoleto artefacto. Paradójicamente, la humilde carta seguiría siendo tecnología punta, totalmente accesible.

La Humanidad confía desde hace milenios en el papel como soporte de archivo de la memoria individual y colectiva, debido a que resulta relativamente económico de fabricar, no precisa de cuidados especiales  y no exige disponer de una tecnología adicional que facilite su lectura (a excepción quizás de unas gafas en caso de vista cansada).  En cambio, la tecnología que se ha quedado obsoleta (vetustos procesadores de textos, floppy disks ilegibles, software propietario en una versión desactualizada, etc.) tolera muy mal el abandono: para reproducir exitosamente la información contenida en un determinado soporte, el usuario debe recrear el ecosistema habitual en el que el documento concreto fue generado. Y para llevar a cabo esta emulación del entorno original que en el pasado permitía acceder a una información determinada, se necesita reproducir todo el sistema y aplicaciones de un software dado, así como disponer de una completa especificación del hardware necesario sobre el que ejecutarlo. De locos, si uno contrapone esto a la sencillez del acto de abrir un libro y comenzar a leer.

Y sin embargo, por mucho que a veces nos violente el farragoso encendido de un dispositivo mecánico de lectura que, para más inri, constantemente demanda ser conectado a una fuente de alimentación externa para comenzar a funcionar, no podemos renunciar a la tecnología. Los avances en materia de información y comunicación están cambiando la faz del mundo, abriendo rápidas vías de crecimiento (sobre todo para los países industrializados), generando continuas oportunidades. Sin el valor que añade a nuestra fuerza productiva el conocimiento que compartimos de forma instantánea a través de la red el mundo no prosperaría.  Y sin embargo somos ídolos progresistas con los pies incrustados en el barro indiferente del olvido. La posibilidad de que cuanto hemos creado se cimente sobre un presupuesto imperfecto y efímero, el de que “la tecnología está hecha para durar” (cosa incierta), es ominosa, pero no por ello menos real.

¡Más sobre este tema en el próximo post!

Icíar Muguerza López
Servicio de Coordinación de la Web

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Biblioteconomía Reuniones y conferencias

Inspiración, sorpresa y fortaleza

Las jornadas celebradas dentro del 78 Congreso de la IFLA no han defraudado las expectativas creadas por el lema que la organización escogió para titularlas este año: Libraries now! Inspiring, Surprising, Empowering. Al menos en el caso de las conferencias celebradas por la Sección de Libros Raros y Manuscritos, después de estos siete días de intercambio de experiencias, se respiraba este deseo de ser fuente de inspiración y de sorprender y, por supuesto, de salir fortalecidas.

Las bibliotecas ahora, en el momento en el que vivimos, en el que la cultura, en palabras del historiador de la cultura Siva Vaidhyanathan, está amenazada por la “googlización” masiva, deben replantearse su papel para seguir conectando con el usuario, aunque cambiando los instrumentos y los medios que han utilizado hasta ahora para conseguirlo.

En el caso de las bibliotecas patrimoniales, que custodian manuscritos, incunables y raros, la principal tarea es conseguir, no solo que la mayor parte de sus fondos estén digitalizados, sino que esta digitalización se realice con el debido rigor y respeto hacia los objetos físicos que se van a manipular y que su resultado sea de la mayor calidad. En esta línea se sitúan las Pautas para la digitalización de manuscritos e impresos antiguos, que han sido redactadas por la Sección y que, tras una serie de revisiones, esperamos que vean pronto la luz.

La utilización de las redes sociales en la difusión de los fondos y en el acercamiento de la biblioteca al usuario, las numerosas aplicaciones relacionadas con el libro, las exposiciones virtuales… El entorno virtual en el que nos movemos hace que el bibliotecario de fondo antiguo tenga que compaginar su labor como conservador de unos fondos de valor incalculable con el dominio de las herramientas más recientes si quiere que la biblioteca siga ocupando un lugar preeminente en nuestro entorno cultural.

La difusión, además, pasa por el proceso técnico previo de los materiales, y en este campo también tenemos un reto: adaptarnos a los nuevos estándares de catalogación, conociendo previamente las experiencias de otros países y fomentando la cooperación internacional con otras bibliotecas para intentar conseguir, en la medida de lo posible, una base de datos unificada que dé lugar a la unión de las distintas bibliografías nacionales retrospectivas, instrumento clave para la investigación.

Y también tenemos que aprender de experiencias previas en cuanto a la prevención de desastres: desgraciadamente, sucesos como el terremoto de Japón de 2011 hacen reflexionar sobre la necesidad de planificar las medidas necesarias para combatir los estragos que un desastre natural, hecho que escapa a toda planificación, puede causar, a veces de manera irreversible, en las bibliotecas.

De todo esto, unas veces de manera sorprendente, otras como fuente de inspiración para acciones futuras, y siempre de manera fortalecedora para los que estábamos allí escuchando y aprendiendo, se habló en el 78 Congreso de la IFLA, dentro de las actividades organizadas por la Sección de Libros Raros y Manuscritos.

Pilar Egoscozábal Carrasco
Servicio de Reserva Impresa

Información adicional:

Raros y manuscritos en el IFLA de Helsinki (pdf)